La hora más oscura

DOMINICALES

Quienes crecimos como periodistas en La Arena escuchamos, más de una vez, a un ex director del diario narrando anécdotas de Winston Churchill, que había adquirido leyéndolas en uno de los pocos libros disponibles mientras se encontraba ilegalmente preso durante la última dictadura militar. El que fuera primer ministro británico durante la Segunda Guerra Mundial terminó siendo, así, una figura familiar y hasta simpática en esta redacción.

Filme.
Acaso la película más relevante en la última entrega de premios Oscar haya sido “La hora más oscura”, protagonizada por Gary Oldman, quien se llevó el premio por su interpretación de Churchill. El relato se concentra en el breve período en que, apenas asumido como primer ministro, nuestro Winston debió luchar para convencer al establishment de su país de la necesidad de enfrentar la amenaza guerrera de la Alemania nazi. Créase o no, buena parte del partido conservador gobernante, y hasta la propia corona, planeaban capitular, entregar la isla a los alemanes, y mudar la corte a Canadá, “a la portuguesa”.
Pero la película, que es rica en la recreación de la época, muestra con elocuencia un aspecto poco mentado en la personalidad de Churchill: su consumo alcohólico, que se elevaba a proporciones bíblicas. El primer ministro nunca desayunaba sin una buena dosis de gin. Siempre acompañaba sus comidas con una botella de champán, y sus sobremesas con brandy. Durante un viaje a los EE.UU., donde todavía imperaba la ley seca, su médico lo munió de un certificado explicando que, en su caso, el consumo alcohólico era una cuestión de salud (la dosis diaria “prescripta” equivalía a prácticamente una botella entera de bebida blanca).
Cabe preguntarse cómo este hombre -que conforme la medicina moderna bien podría calificarse como un toxicómano- fue capaz no sólo de tener la visión política y la fortaleza de carácter para conducir un país en crisis, sino también, para tomar las intrincadas decisiones de estrategia militar y de política internacional que demandaron los cinco años de la mayor guerra de la historia mundial a fin de derrotar el formidable aparato militar alemán, y a su líder -riguroso abstemio- Adolf Hitler.

Fundadores.
Este no es el único ejemplo histórico. Acaso el más notable fue la convención llevada a cabo en Filadelfia en 1787, que tuvo por resultado el dictado de la Constitución de los Estados Unidos, documento señero que inspiró la conformación de casi todas las democracias liberales del mundo (la Constitución argentina claramente la tomó como modelo).
Pues bien, conforme documentos históricos irrefutables -en el mundo anglosajón las cuentas públicas suelen ser puntillosas- nos enteramos que dos días antes de firmar este augusto documento, los 55 delegados, entre los que se encontraban presentes Benjamin Franklin, James Madison y el mismísimo George Washington, se reunieron en una taberna de la ciudad, donde conforme la cuenta pagada por el Estado, consumieron 54 botellas de vino Madeira, 60 de clarete, 22 de oporto, 8 de whisky, 8 de sidra fuerte, 8 de cerveza, y ocho tambores de ponche.
Cabe preguntarse cómo estos caballeros lograron, con la imaginable resaca resultante, completar un documento que influyó los siguientes dos siglos de historia humana, y entre cuyas cláusulas -acaso no por casualidad- se pregona la voluntad de garantizar a todos los ciudadanos su derecho a “la búsqueda de la felicidad”.

Tampoco la pavada.
Desde luego, no es intención de esta columna promover el consumo de alcohol, y mucho menos entre quienes tienen a su cargo tomar decisiones que afectan a todos. Durante la ya mencionada dictadura argentina, hubo un “presidente” que llevó a nuestro país a la guerra con el Reino Unido de Churchill. Tal como se pudo ver incluso en actos públicos, pese a beber copiosamente, este militar argentino no le llegaba ni a los tobillos al rollizo primer ministro inglés. Los resultados, se sabe, fueron desastrosos.
Por estos días arrecia en la crónica diaria la preocupante cantidad de pampeanos que conduce automóviles con altos niveles de alcohol en sangre. Una práctica irresponsable que, a no dudarlo, influye en un porcentaje considerable en las miles de muertes que producen anualmente los accidentes de tránsito en el país. Esto, para no hablar de los daños que la adicción al alcohol -como todas las adicciones- provoca en la salud de quienes las padecen.
Estos datos, en realidad, son bien conocidos. No es por falta de información que se cometen irresponsabilidades con el alcohol. El discurso científico al respecto está presente, como nunca, en los medios de comunicación y en las campañas oficiales de salud.
Lo que cabe preguntarse, en realidad, es si no debería existir un enfoque menos unilateral para abordar el problema del alcohol. Al fin y al cabo, esta sustancia -conforme lo confirman los hallazgos arqueológicos- ha estado acompañando a la humanidad desde el mismo momento en que se iniciaron la agricultura, el sedentarismo y el culto a los muertos.
No parece una buena idea subirse a un auto conducido por Churchill o por Franklin. Pero cuando llega la hora más oscura, la de luchar contra el fascismo o de promover la libertad, parecería poco inteligente prescindir de ellos.

PETRONIO