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La «informadura»

I. La desigualdad en el terreno socioeconómico se verifica también en el de las comunicaciones. Al fin de cuentas, bajo el sistema capitalista todo se traduce en dinero, y más todavía en su variante neoliberal.
Algunos de los grandes medios de comunicación terminaron convirtiéndose en gigantes corporativos. Muchos de ellos ampliaron considerablemente sus actividades y diversificaron sus intereses. De tal modo, el «negocio» de informar dejó de ser su principal desvelo y fue reemplazado por el de acumular poder económico que, como bien se sabe, es poder político.
Un conocido dirigente español afirmó recientemente que las grandes corporaciones mediáticas «tienen secuestrada a la democracia». No es el único que piensa así. Muchos otros -sin pertenecer necesariamente a espacios de la izquierda radicalizada- comparten esa idea. Hasta el Papa Francisco viene advirtiendo sobre las consecuencias negativas de la hiperconcentración.
Argentina no ha escapado a este fenómeno. El Grupo Clarín es un exponente paradigmático de esta transformación. Inicialmente fue un periódico, al que la última dictadura militar le permitió apropiarse de la principal fábrica de papel de diarios del país; un caso único en el mundo. Su especialidad más destacada fue la presión sobre los gobiernos para lograr expandirse a otros rubros, en principio de las comunicaciones y después a nuevos horizontes: radios, televisión abierta y por cable, telefonía celular, internet, negocios inmobiliarios, fútbol, agronegocios, finanzas, etcétera. Sus dueños pertenecen al selecto club de los más ricos del país, y su CEO se permitió desafiar a un presidente argentino espetándole que no aspiraba a reemplazarlo pues lo consideraba «un cargo menor».

II. El poder de fuego mediático acumulado ha convertido al Grupo en un arma temible. Ha sabido sumar a otras grandes empresas de las comunicaciones bajo sus banderas para multiplicar su voz de mando. También tiene activa militancia en la Asociación Empresaria Argentina (AEA), que nuclea a los hombres de negocios más poderosos del país.
No son muchas las figuras públicas de la política, la economía o la justicia que se atreven a desafiarlo. El ejército de «periodistas» -por llamarlos de alguna manera- que tiene a su disposición se ha especializado en campañas de hostigamiento y mortificación y no duda en usar sistemáticamente noticias falsas para cumplir con su objetivo. Sobran los ejemplos.
En estos tiempos de pandemia la estrategia de la prensa corporativa apuesta fuerte a la multiplicación de noticias escandalosas, de debates estériles y altisonantes, para disimular entre tanto griterío la información que puede beneficiar al gobierno nacional (aumento de los cargamentos de vacunas que llegan y la consecuente aceleración de la campaña de inmunización; fabricación de vacunas en el país; recuperación del Fondo de Garantía de la Anses; etc.), o perjudicar a su sector político mimado: el macrismo (causas por corrupción contra Macri y sus exfuncionarios; investigaciones sobre el espionaje ilegal y la persecución a opositores; visitas furtivas de jueces y fiscales al expresidente o a la exministra de Seguridad, etc.).

III. El poderío económico y, en consecuencia, mediático le permite a la corporación imponer la agenda informativa diaria. Le ayuda mucho, hay que decirlo, cierto periodismo que, desde otras posiciones aunque con menores recursos, se engancha en exceso con los ladridos de la jauría clarinetista. Así se le facilita la tarea de imponer una voz única (no un pensamiento único porque no son ideas, precisamente, lo que debate o propone). En verdad, la Argentina no padece una «infectadura», como pretenden hacernos creer, sino una «informadura». No hay un gobierno dictatorial; de hecho, fue elegido por el voto popular. En cambio el poder de los holdings mediáticos no emana de la ciudadanía sino de un proceso de acumulación de capital mediante concesiones abusivas, cuando no fraudulentas, otorgadas por gobiernos de facto y de jure en el último medio siglo.