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La inteligencia emocional de los multimillonarios

DOMINICALES

La gran prensa argentina tuvo un orgasmo simultáneo, esta semana, al publicar el discurso de Jeff Bezos ante el Congreso de los Estados Unidos. Elogiaron especialmente la «inteligencia emocional» del fundador del gigante de internet Amazon -el hombre más rico del mundo según la revista Forbes- quien se explayó sobre sus orígenes humildes y su no tan humilde autoevaluación. El típico ejemplo, según filósofos de la talla de José Espert o Carlos Tévez, de alguien a quien «le fue bien» y por ende no habría que cobrarle impuestos.

Albuquerque.
Bezos nació de una madre soltera y adolescente, discriminada en la escuela por su embarazo, allá lejos y hace tiempo en Albuquerque, Nuevo México (ciudad de donde provienen varios luchadores de UFC y también Walter White, héroe narco de «Breaking bad»).
Luego el niño fue adoptado por un padre cubano, que al llegar a EEUU no hablaba una palabra de inglés, quien le inculcó el ansia de superación y la mitología del «sueño americano», del que Jeff pasaría a ser la viva encarnación.
Dentro de esta narrativa se encuentra este extraño afán, encarnado por Forbes, de llevar un ránking de los millonarios, que ha sido cuestionado por un jeque árabe, quien sostiene que esas cuentas están mal hechas, ya que él mismo debería estar a la cabeza (alguien debería explicarle que Forbes es un club de blancos).
Casualidad o no, fue de Arabia Saudita que provino el mensaje de Whatsapp por el cual hackearon el teléfono de Bezos, y gracias a lo cual todos pudimos enterarnos de sus intimidades, incluyendo fotos sexys enviadas a una amante mientras tramitaba su juicio de divorcio.

Big tech.
Lo curioso es que, tal como fue presentado por la prensa argentina este discurso -donde por momentos se confunde la «inteligencia emocional» con la manipulación psicopática- hasta podría pensarse que fue dicho en ocasión de recibir una condecoración del Congreso. Muy lejos de ello, Bezos debió comparecer allí en el marco de una investigación por prácticas monopólicas y contrarias a la libre competencia comercial.
Así como en algún momento le llegó su hora a la industria tabacalera, hoy las grandes compañías tecnológicas investigadas (Amazon, Apple, Google y Facebook) parecen haber llegado al punto en que se acabó la vista gorda y se vienen regulaciones más estrictas. Estas empresas gigantes que, en conjunto, equivalen en valor al producto bruto de Japón (tercera economía mundial) acaban de reportar jugosas ganancias, en plena pandemia, justo cuando se conoció que la economía nacional norteamericana se contrajo en un tercio.
Curiosamente, legisladores de ambos partidos -que hasta hace pocos años no podían distinguir a Instagram de Nesquick- pusieron «en la parrilla» a Bezos y sus colegas, formulándoles preguntas duras y específicas sobre sus conductas monopólicas, como por ejemplo la absorción de Instagram por parte de Facebook. Pero de esto no te van a informar en Argentina, no sea cosa de que se te ocurra preguntarte cómo es que aquí Multicanal, Cablevisión, Fibertel, Clarín, TN y tantas otras compañías están dentro del mismo grupo económico.
Hay que decir que, a diferencia de lo que ocurre con los monopolios locales, Amazon cuenta con un alto nivel de satisfacción de sus clientes. No así de sus empleados, que sufren sueldos miserables y malas condiciones de trabajo, al punto que hubo varios focos de contagio del coronavirus por falta de medidas de seguridad en la empresa. Cosas que suelen pasar cuando los trabajadores no están sindicalizados.

Caras.
Lo que llama la atención en esta cobertura de la prensa nacional no es tanto el sesgo ideológico, que siempre ha sido retrógrado. Lo novedoso parece ser, en estos momentos en que se insinúa la posibilidad (¡horror!) de que los ricos tributen en función de su capacidad contributiva, los grandes medios se han dado a la tarea no ya de defenderlos, sino también de succionarles los calcetines.
Esta función la cumplían habitualmente las llamadas «revistas del corazón», que informaban a un público selecto -y levemente disfuncional- de los matrimonios de la realeza y la decoración de sus lujosas mansiones. Como la revista «Caras», que en estos días cometió la burrada de dedicar todo un artículo a comentar lo gorda que está una de las princesas de Holanda, demostrando que, para algunas mentes retrógradas, el progreso social y cultural no existe.
¿Es esta nueva actitud una sobreactuación de estos periodistas para con sus amos económicos? ¿O acaso es que los super-ricos no se conforman ya con todo el privilegio de que gozan, y necesitan también de la adulación? En tal caso, habrá que concluir con Joaquín Sabina, en su oda a la infeliz millonaria Cristina Onassis: «era tan pobre que no tenía más que dinero».

PETRONIO