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La invención de la soledad

DOMINICALES

No existe una sola cuarentena. Casi podría decirse que hay tantas cuarentenas como seres humanos, ya que para cada quien la experiencia deviene singular. Por supuesto, esto excluye a los negacionistas, imbéciles preocupados por expresar su individualidad patética. A uno de ellos, el primer ministro británico, ya le cayó la justicia poética. Por otro lado están los que, en el conurbano bonaerense, o en las grandes urbes del tercer mundo (¿qué pasará cuando empiecen a circular las cifras de contagios y muerte en la India, por ejemplo?) sonreirán con ironía cuando se les pide «quedarse en casa», ya que entre muchas otras cosas, carecen de algo que pueda llamarse hogar.

Angustia.
Esta columna se ocupará, no sin un dejo de auto-indulgencia, de los que descubren en la cuarentena una instancia de la soledad. Entendiendo por tal, un estado interior, que no necesariamente excluye la presencia cercana de otros seres humanos. Como se decía en ciertos círculos, hace unas décadas atrás, «la angustia es un lujo burgués».
No ocurre de inmediato. Como en el proceso psicológico del duelo, las primeras instancias suelen incluir la negación, o la incredulidad. Los primeros días se siente que el aislamiento, por su propia irrealidad, no puede estar ocurriendo o no ocurrirá por mucho tiempo. Sin embargo, al cabo de una semana, más o menos, y con las noticias que hablan de una segura prolongación de estas medidas, ya no hay Netflix que pueda atajar la caída en la realidad.
De pronto tenemos que mirar cara a cara -y en lo posible, saludar- a nuestra soledad. Una situación que, por cierto, conlleva no pocos tabúes sociales, asociados con sentimientos de vergüenza. Un sentimiento no reconocido ni estudiado, que nos lleva a concluir que la soledad es un castigo por el fracaso social, por nuestra inhabilidad para ser lo bastante populares para cosechar suficientes «likes» en las redes sociales

Paranoia.
El neurólogo John Cacioppo y su equipo de la Universidad de Chicago descubrieron que el sentimiento de soledad -la experiencia subjetiva, no el mero hecho de estar solo- provoca una hipervigilancia contra la amenaza social. En este estado, el individuo desarrolla, sin darse cuenta, una alerta permanente a las señales de rechazo o exclusión, y tiende a ignorar los mensajes de calidez o amistad. En un círculo vicioso, estas reacciones sólo provocan una mayor retracción, y una profundización de los sentimientos de aislamiento.
Nada que los «millenials» no experimenten a diario: ese terror recóndito a que nuestros mensajes por Whatsapp sean ignorados, y que los dos tildes azules que indican que nos han leído, se queden suspendidos sin una respuesta. Esta humillación suprema («me clavó el visto») que representa no ya una amenaza de rechazo, sino la posibilidad de ser completamente abandonado a nuestra suerte: la pesadilla de todo animal social.
Por estos días se nos hace frecuente el recuerdo de novelas o películas apocalípticas, como «Soy leyenda» de Will Smith, o «La ruta» de Corman McCarthy. Esos cuentos del fin del mundo en que el protagonista avanza desolado por un mundo desierto y amenazante. Entre otras cosas, para eso sirve la literatura: para volvernos familiar lo inesperado. Alguien ya imaginó, antes de nosotros, este lugar extraño.

Aceptación.
Sin embargo, hay mucho positivo para decir de la soledad. En primer lugar, y como este momento lo atestigua, es un estado compartido: estamos juntos en nuestro aislamiento y compartiendo los mismos temores.
También, se lo quiera o no, es un estado que invita a la profundidad. Virginia Woolf escribió alguna vez sobre su experiencia de «percibir la canción del mundo real» cuando se encontraba sola y en silencio, cosa que a lo largo de su trágica vida ocurrió con frecuencia.
Ordenar los recuerdos y el relato de la propia infancia. Ponerse al día con las propias creencias, y comprobar cómo se han visto afectadas, o no, por la experiencia acumulada. Detectar mecanismos de pensamiento vicioso, o comportamientos automáticos que empobrecen nuestra experiencia y nuestra percepción del mundo. Hay miles de formas en que la soledad puede llevar a cada quien al crecimiento.
Sin ir más lejos, estas paredes y estas habitaciones de la casa que nos parecen familiares, de pronto adquieren otra dimensión. Hay sectores de la casa, rincones de los cuartos, que nunca miramos en nuestros desplazamientos diarios. Y por el principio de entropía, es en esos lugares donde suele acumularse la mayor cantidad de trastos y de vestigios de civilizaciones perdidas en la historia.
Quizá en ese aleph doméstico se encuentre algo fantástico: el pasaje a Narnia, los calcetines solteros perdidos, los dientes de leche que olvidó el Ratón Pérez. ¡Manos a la obra!

PETRONIO