La lección del Manuel Belgrano

La airada reacción de las chicas y chicos del colegio Manuel Belgrano fue un toque de atención no solo para la comunidad educativa de esa institución sino para toda la ciudad. Muchas cosas debieron funcionar mal adentro del edificio escolar como para provocar semejante explosión de malestar. Las declaraciones públicas que se animaron a expresar muchas chicas son contundentes. Como también los testimonios recogidos en una urna instalada en el lugar en donde se introdujeron 70 denuncias, nada menos. Era un número demasiado alto como para fingir que no estaba pasando nada.
La pregunta ineludible que muchos, entre sorprendidos e indignados, se formulan es: ¿qué hicieron las autoridades del colegio para evitar que se acumule semejante nivel de indignación en tan alta cantidad de estudiantes? Todo indica que hay que darles la razón a estos últimos cuando afirmaron, ante los medios que cubrieron los sucesos, que no fueron escuchados, que los directivos del establecimiento estuvieron mirado para otro lado; peor todavía, que incluso habrían llegado a encubrir a los denunciados por protagonizar situaciones de acoso a muchas chicas.
Los estudiantes fueron muy claros al señalar que esta situación no es nueva y que el arresto de un docente del colegio, al ser sorprendido en compañía de una menor en el interior de un automóvil, solo operó como el disparador de un profundo malestar que venía de mucho antes.
La decisión del Ministerio de Educación de intervenir el colegio y de apartar a cuatro docentes aparece como lo más indicado ante la gravedad de las denuncias y la negativa a ingresar de las y los estudiantes. Hasta ese momento el organismo se había manifestado en forma muy escueta a través de un comunicado que no aportaba demasiada información con respecto a un conflicto que escaló a un nivel que sobrepasó los muros del colegio. La separación de los docentes es un punto no menor porque las chicas y chicos habían mencionado los nombres de quienes, en su opinión, hicieron oídos sordos a sus reclamos y no mostraron compromiso para la búsqueda de una solución a un problema de tanta envergadura.
De cara al desarrollo de este conflicto hay un aspecto positivo que merece destacarse. Y es la conciencia que hoy manifiestan tener las y los adolescentes de sus derechos frente al mundo adulto que no siempre actúa haciendo gala del “equilibrio” y la “madurez” que presume tener. Sin ir más lejos, en medio de las protestas los estudiantes parecieron estar bastante solos sin la compañía de la cantidad de padres que cabría esperar ante la gravedad de las denuncias formuladas. Las imágenes y los testimonios que recogió el periodismo estarían poniendo de manifiesto esa inexplicable ausencia.
Fue la indignada reacción pública de las chicas y los chicos y no los procedimientos internos del colegio y del ministerio, que llegaron después de desatado el conflicto, la que abrió las puertas a la intervención y a la asunción de las responsabilidades por parte de los adultos. Fueron ellas y ellos con su determinación a visibilizar un conflicto que se quería mantener en las sombras las que dieron el paso fundamental. No es una lección menor.