La lengua como motivo de negocios importantes

Señor Director:
En los últimos días ha tenido trascendencia y va tomando la forma de una gran batalla en todo el inmenso ámbito de la lengua castellana, un acuerdo firmado por la Universidad de Buenos Aires con el Instituto Cervantes, de España, la Universidad de Salamanca y la Universidad Autónoma de México.
Este acuerdo procura unificar distintos procedimientos existentes para certificar la capacidad en el habla de la lengua castellana, a semejanza del First Certificate para la lengua inglesa. La importancia de esta certificación tiene que ver con lo que importa como acreditación de la calidad de sistemas de aprendizaje, venta de diccionarios y otras aplicaciones. En el caso argentino tiene que ver con que, desde 2001, la UBA tiene su propia certificación, el CELU, que rige en la Argentina y en otros once países y es líder. El convenio o memorándum ahora firmado, propone la creación del SIELE, con perfil panhispánico, aunque contempla las diferentes variantes del castellano y no impediría que continúe el CELU, según los trascendidos. El SIELE quedaría como un evaluador privilegiado. Según escribe Jorge Fondebrider, del Club de Traductores Literarios de Buenos Airees, lo acordado deja a españoles y al Instituto Cervantes “en hegemonía absoluta para juzgar lo que es correcto en castellano. Esto significa seguir la norma española y fortificar la marca “España” con lo que implica: manejar un mercado gigantesco…”.
Se vienen produciendo numerosas declaraciones y artículos en los medios periodísticos. En Página/12 Silvina Friera asume que “la soberanía lingüística está en peligro” por la maquinaria de negocios que implica certificar el correcto uso de la lengua y avisa que hay una lista de repudio que incluye numerosas firmas de argentinos y de todo el mundo, la cual crece con los días.
Para ilustrar la parte material de lo que está en juego, Friera dice que un examen de acreditación universal del español cuesta 150 euros. Con solo contar los 60.000 exámenes rendidos recientemente en el mundo con el sistema SIELE, se tiene una cifra importante, que sería divida entre los cuatro firmantes.
Mempo Giardinelli recuerda que ha venido escribiendo desde hace años sobre “el imperialismo cultural de la llamada Marca España y los intereses de mercado y neocolonización que infectan este asunto”, dice que no solamente está en juego la soberanía lingüística pues tiene que ver con la identidad cultural. Agrega que muchos intelectuales latinoamericanos vienen (venimos, dice) advirtiendo desde hace décadas que lo que siempre se llamó “la lengua de Cervantes” es también la lengua de Sor Juana y de Sarmiento, y de Borges, Cortázar, Neruda, Rulfo, García Márquez y miles de creadores. Nuestra literatura, recuerda, representa a unos 500 millones de personas y no se escribe en lengua “española” sino en castellano americano. Rechaza llamar Español a esa lengua, y no Castellano, porque estaríamos ante una apropiación que responde al eterno interés colonial y económico del Reino de España. Recuerda que en l992 España impuso el mandato de que en América celebrásemos los 500 años de la llegada de Colón “como un manso fenómeno cultural”. Evoca la Gramática de Andrés Bello, venezolano, en la cual dice que nuestra lengua debe llamarse con mayor propiedad castellana y no española. Y agrega que la propia constitución española, de 1978, define que “el castellano es la lengua española oficial del Estado”.
El tema importa porque, como dice el mismo Giardinelli, el castellano, después del chino mandarín, “es la lengua más hablada del planeta por el número de personas que la tienen como lengua materna”.
Una de las creadoras del sistema de certificación CELU, de la Universidad de Buenos Aires, espera que sea posible acordar sobre las diferencias. Lo que más se reprocha al rectorado de la UBA es no haber abierto el tema al debate.
Atentamente:
Jotavé