miércoles, 27 octubre 2021
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La libertad postergada de andar sin miedo

ACOSO CALLEJERO, OTRA FORMA DE VIOLENCIA

El acoso callejero es el tipo de violencia de género más extendido y naturalizado tal como lo muestran las estadísticas en todos los países del planeta
VICTORIA SANTESTEBAN*
Del 7 al 13 de abril se desarrolla la Semana Internacional contra el Acoso Callejero, a fin de concientizar mundialmente acerca de este tipo de violencia de género tan naturalizada. En 2019, la legislación nacional incorporó al acoso callejero como otro de los tipos de la violencia de género, pero todavía no existe tipificación penal que adjunte sanciones a la conducta históricamente tolerada de vociferación de obscenidades por quien cree amparar en la libre expresión a sus babas verdes que dan asco y miedo. Así, el espacio público continúa siendo zona peligrosa para niñas, adolescentes, mujeres, travestis, trans e identidades no binaries que calibran GPS para evitar dar con silbidos y exhibiciones. Y contra las voces que legitiman el uso del cuerpo ajeno como espacio de opinión y romantizan el acoso nombrándolo piropo, se insiste en que todo acto cotidiano que ubica a mujeres y cuerpos feminizados como objetos es un eslabón más que habilita la escalada de violencia hacia sus extremos más grotescos: la violación y el femicidio.

Acoso.
En 2019, la Ley 27.501 agregó el inciso «G» al artículo 6 de la Ley de Protección Integral a las Mujeres 26.485 para incluir entre los tipos de violencia machista al acoso callejero. La ley nacional lo define bajo el nombre de «violencia contra las mujeres en el espacio público: aquella ejercida contra las mujeres por una o más personas, en lugares públicos o de acceso público, como medios de transporte o centros comerciales, a través de conductas o expresiones verbales o no verbales, con connotación sexual, que afecten o dañen su dignidad, integridad, libertad, libre circulación o permanencia y/o generen un ambiente hostil u ofensivo». El acoso callejero incluye una multiplicidad de acciones que van desde comentarios indeseados, silbidos, gestos obscenos, hasta manoseos, masturbación, exhibición y persecución, entre otras conductas, erigiéndose además como el tipo de violencia de género más extendida y naturalizada a nivel mundial. Y contra quienes pregonan sobre la inocuidad de este tipo de violencia, conviene hacer mención del temor, la sensación de inseguridad, la intimidación, humillación, ansiedad e incluso depresión y estrés postraumático que producen las conductas de acoso históricamente impunes tras su disfraz de galanterías. Este tipo de violencia en la vía pública constituye un factor delimitante de la autonomía y libertad de niñas, adolescentes, mujeres, trans y travestis que a diario diseñan estrategias y modifican rutinas para la propia preservación. Así, el acoso callejero es otro de los mensajes patriarcales que insisten en arrojar a mujeres y niñas al exclusivamente femenino ámbito doméstico para resguardar su seguridad. Paradójicamente, el hogar es territorio aún más peligroso para ellas: la violencia doméstica es la principal modalidad de violencia ejercida contra las mujeres. Es que, en un mundo patriarcal, no hay escapatorias a la violencia sexista.

Números.
La organización Mujeres por la Matria Latinoamericana -MuMaLá- a partir de una encuesta realizada en Argentina en 2015 concluyó que el acoso callejero es una forma de violencia que comienza a vivenciarse, en promedio, a los 9 años de edad. El estudio volvió a realizarse en 2019, arrojando que el 95% de las mujeres encuestadas manifestó haber vivido acoso sexual callejero en algún momento de su vida. Por su parte, la consultora Ipsos realizó similar estudio a nivel mundial, incluyendo a Argentina como uno de los países estudiados, y reveló que el 90% de las mujeres de nuestro país atravesaron al menos una vez en su vida una situación de acoso en la vía pública. El 53% de las encuestadas contó que el episodio de acoso tuvo un impacto considerable en sus vidas a largo plazo, el 71% dijo evitar salir de noche y un 69% aseveró que no va a determinados lugares para evitar el acoso. Como dato interesante que interpela al rol ciudadano el estudio arrojó que, tanto a nivel nacional como mundial, en el 75% de los casos no existió intervención de testigos y/o testigas en la situación de acoso.

Libertad.
En tiempos de circulación restringida por un virus que arremete globalmente, es menester hacer el parangón con la limitación a la libertad circulatoria que niñas, adolescentes, mujeres, trans, travestis e identidades no binaries han estado históricamente constreñidas, por más que las constituciones hablen de su pleno ejercicio. Entre las tareas de cuidado eternamente atribuidas a las mujeres en esta repartija sexual de roles y quehaceres, se incluyen el arsenal de estrategias para cuidar por la propia integridad al salir a la calle, transmitidas generacionalmente para evitar la fatalidad. Es sabido que desapariciones y malas suertes de mujeres encontrarán responsables en sus atuendos, hábitos, costumbres y horarios de circulación, dejando impune a quien pensó legítimo usar y disponer del cuerpo ajeno. En el ejercicio cotidiano de derechos, en cada acto y decisión diarias -hasta la más sencilla como la elección de ropa para encarar rutinas- mujeres y cuerpos feminizados saben de su exposición al jurado de allá afuera, que chifla y toca bocina, que roza braguetas en el colectivo, que vocifera lo irreproducible y manosea en plena calle. La igualdad entre los géneros es aún deuda democrática porque persiste en cada minuto de cotidianeidad ese desbarajuste que habilita el escrutinio, la persecución y la cosificación de cuerpos femeninos frente a la impunidad descarada de quienes detentan el privilegio de andar libres y campantes. Las calles serán feministas el día que la ropa no se interprete como invitación al acoso, que circular a cualquier hora no nos responsabilice por el mal rato; el día que podamos salir a pisar ciudades sin tener que mutear los labios obscenos. En las calles feministas se estrenará por fin la libertad postergada del andar sin miedo.

*Abogada, magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles.