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La llama sagrada de la educación pública

La historia que publicó ayer este diario sobre el niño que, montado en su caballo, le lee la lección a la maestra por celular no pudo ser más conmovedora. En los confines de la patria profunda la educación pública sigue teniendo un sabor a gesta, que no es muy diferente a la que protagonizaron los pioneros del normalismo hace un siglo y más.
Pasaron las décadas con sus cambios: los sociales y políticos, los de la metodología didáctica, los tecnológicos y comunicacionales… pero las relaciones humanas que se tejen en la trama del proceso educativo parecen desafiar el tiempo y mantener intacta la profundidad del vínculo primordial.
Esta provincia fue cuna de generaciones de maestros normalistas que desde aquí partieron en todas las direcciones del vasto territorio nacional para cumplir lo que, sentían, era una misión: consolidar el mandato que ordenaba la Ley 1420 de educación común, gratuita y obligatoria, una norma -y un proyecto- que distinguió a nuestro país entre sus pares. Muchos de esos docentes dejaron páginas inolvidables de sus experiencias. Este diario, a lo largo de su extensa vida, publicó infinidad de testimonios de esos luchadores de la educación popular que maravillaban a los lectores.
En este presente tan distinto en tantos aspectos, sobrevive esa llama sagrada. La educación pública, tan denigrada por los tecnócratas del neoliberalismo o por la manipulación discursiva de la derecha meritocrática, parece condenada a tener que dar, día a día, una batalla para defenderse. En ese combate desigual -porque debe luchar contra la poderosa maquinaria mediática del establishment- los defensores de la educación pública -docentes, estudiantes, investigadores, directivos, funcionarios, padres y madres, activistas sociales…- han sabido de no pocos retrocesos y sinsabores. Pero bastó que un extraño virus atacara a la sociedad para poner las cosas en su lugar, para desnudar las falacias del discurso privatizador y elitista y para reivindicar el sistema público de educación.
Los que se lamentaban por quienes «tuvieron que caer en la educación pública», o los que despreciaban la creación de universidades con el argumento de que «los pobres no llegan» a la educación superior acaban de recibir una bofetada en pleno rostro. En tiempos de coronavirus, de confinamiento social, de profunda crisis social y económica producto de la necesidad de proteger el bien más preciado (aunque no cotice en Bolsa): la salud de la población, la educación pública no defraudó, no hizo retranca, no se escondió como los ricos en sus lujosas mansiones mientras exigen al gobierno que mande a los asalariados al matadero de las fábricas o de los shoppings. A la italiana.
En el lejano oeste pampeano, un niño-jinete y su maestra santaisabelina, reivindican la educación pública. Sin proponérselo, realizan una proeza al mantener vivo el rito de la enseñanza común en condiciones extremas, sin reclamar atención, como si fuera lo más natural del mundo. No sin dolor, una sociedad azotada por la pandemia redescubre el valor del Estado.