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La magia del orden

DOMINICALES

El gobierno nacional en retirada ha dejado una colorida colección de personajes inverosímiles, un bestiario que desafía las taxonomías. ¿Cómo se las ingeniarán los historiadores para clasificarlos? Acaso una categoría posible sea la de los «funcionarios designados para no hacer nada», como el ministro (luego degradado a secretario) de medio ambiente, notoriamente ausente en varios desastres naturales. Su talento parecía estar en otro lado: como cuando se disfrazó de arbusto, hasta parecer un personaje de «El mago de Oz». Acaso su desaparición se deba al accionar de alguna planta carnívora.

Enamorada.
En esta categoría entrará, muy probablemente, la titular de la Oficina Anticorrupción, cuyo éxito en la cartera podría medirse por el sólo hecho de que el presidente saliente -sin contar la cosecha de los funcionarios de inferior rango- coleccionó durante su gestión alrededor de un centenar de causas judiciales por las que deberá responder.
La funcionaria en cuestión carecía de las condiciones básicas para el cargo. En primer lugar, no tenía título de abogada, un problema que el presidente resolvió fácilmente mediante un decreto mágico. Si pudo designar ministros de la Corte Suprema por ese expediente, ¿qué se lo impedía en este caso?
Otro problemita era su falta de objetividad: en un estado ideal de cosas, la OA debería ser ocupada por un funcionario independiente, en lo posible, un opositor, no por un militante fanático del oficialismo como la espigada funcionaria que aquí se menta. Para colmo de males, ella misma confesó estar «enamorada» del presidente, lo cual posiblemente le haya nublado el juicio en más de una ocasión de las tantas en que omitió representar al Estado y defender sus intereses en las causas judiciales por corrupción de funcionarios en ejercicio.

Boomerang.
No es arriesgado suponer que la propia funcionaria también deberá hacer su vía crucis por los tribunales, ya que su actitud reticente bien podría ser interpretada como un incumplimiento a sus deberes de funcionaria pública.
Por de pronto, esta semana se conoció el fallo de la Cámara en lo Contencioso Administrativo Federal, que la condena por haber omitido aportar información pública generada en su propio organismo, tan luego, a la Auditoría General. Le ordenaron, lisa y llanamente, que proceda a hacer público el listado de demandas presentadas ante la justicia y el de denuncias recibidas y su estado actual desde el 1° de enero de 2016 hasta el 30 de abril de 2018. Esto de cajonear los datos de la propia actuación, no parece un gran gesto de transparencia en el manejo de la cosa pública.
Aunque quizá sea exagerado decir que esta servidora pública «no hizo nada» en su paso por el Estado. Si se coteja su cuenta de Tweeter se puede ver que recientemente subió un lindo álbum de fotos comparando el estado de la oficina a su cargo, al momento de asumir, y en el momento presente. Resulta notorio que antes el reducto estaba atestado de expedientes, y ahora aparece como un lugar limpio y luminoso, donde los papeles, biblioratos y cajas de archivo brillan por su ausencia. Casi se diría que no es un lugar de trabajo…

Orden.
Como esa red social está atestada de gente maledicente, no ha faltado quien compare a la funcionaria saliente con la llamada «gurú del orden», la japonesa Marie Kondo. Con su libro «La magia del orden», un best seller internacional que la hizo millonaria, esta joven nipona propone un sistema de vida en el cual la felicidad se basa en tener la casa bien ordenadita y con la menor cantidad de trastos posible. Linda idea ésta de que la felicidad se basa en el orden, lástima que a Hitler se le haya ocurrido primero.
La lectura es muy interesante. En un pasaje del libro, la autora recuerda varios episodios en los que, incapaz de llegar a una situación de orden al cien por ciento en su propio departamento, rompía en llanto destemplado. Por suerte el psicoanálisis no ha prendido en el Oriente, si no ya estarían acusándola de padecer una neurosis obsesiva.
Pero no hay que tomársela en broma. La autora japonesa se revela como una pensadora de profundidad insondable. Por ejemplo, cuando acude en defensa de los maltratados calcetines del mundo: «¿Alguna vez has tenido la experiencia de creer que hacías algo bueno y luego te enteras de que lastimaste a alguien? En aquel momento, no te preocupaban los sentimientos de la otra persona. Esto se parece a la manera en que muchos de nosotros tratamos a nuestros calcetines», asegura.
¿Será por nuestro desorden que los calcetines tienden a abandonarnos, muchas veces dejando atrás a un desvalido compañero de par? Según bromeaba Stephen Hawking, esos calcetines perdidos acaso estén en alguno de los agujeros negros del universo. Allí habrá que salir a buscar, también, las contribuciones que realizó Laura Alonso en la lucha contra la corrupción.

PETRONIO