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La marea está cambiando

DOMINICALES

A esta altura de los acontecimientos no pueden quedar dudas de que estamos atravesando un hecho histórico de proporciones mayúsculas, la clase de cataclismo que no sólo deja atrás miles de muertos y depresión económica, sino que, también, puede hacer caer imperios y modificar el ajedrez de las potencias mundiales. Cuando se atraviesan momentos semejantes, es prácticamente imposible -y ciertamente poco recomendable- efectuar predicciones. Pero… como diría Oscar Wilde, la única forma de vencer una tentación es cayendo en ella. Y es que las efemérides y los acontecimientos de los últimos meses parecen estar dando señales. Veamos.

Espanto.
Acaba de celebrarse el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial, la carnicería más espectacular de la historia humana, una experiencia altamente traumática de la cual el mundo -o, mejor dicho, los países europeos- aparentemente no lograron aprender nada. No estaba seca la firma del Tratado de Versailles que ya todo el mundo estaba esperando -y preparándose para- la próxima guerra.
Cuando ésta se produjo finalmente, dejó también un enorme saldo de muertos, pero además logró producir una ola de espanto mundial, por las atrocidades cometidas en los campos de concentración alemanes, y en no menor medida, por el horror a las armas nucleares empleadas por Estados Unidos contra el Japón.
Ese espanto fue el responsable de que, hijos del rigor, los seres humanos arribáramos a un consenso sobre la necesidad de evitar la guerra, y de controlar los factores que la propician. Eso permitió el nacimiento de al menos tres fenómenos novedosos. Primero, el establecimiento de un sistema internacional de protección a los derechos humanos. Segundo, un proceso de integración económica y debilitamiento de los límites nacionales. Y, tercero, un consenso económico sobre la necesidad de elevar el nivel de vida de las poblaciones, que dio en llamarse «estado de bienestar».

Bienestar.
Desde luego, ninguno de estos procesos fue unívoco ni uniforme. Los países del llamado «tercer mundo» muy raramente gozaron del estado de bienestar. Varios estados -con EEUU a la cabeza- jamás ratificaron los tratados internacionales sobre derechos humanos, y la integración económica sólo alcanzó un desarrollo significativo en Europa.
Aún así los treinta años posteriores a 1945 fueron una época de progreso, lamentablemente truncado por la crisis del petróleo de los ’70, y posteriormente revertido, en la década siguiente, por el consenso liberal del trío Reagan, Thatcher y San Juan Pablo II.
En los últimos tiempos y sobre todo tras la caída de la Unión Soviética, no existieron casi frenos para la acumulación obscena de riquezas por parte de la elites, valiéndose para ello de un sistema financiero altamente disfuncional. Y como contrapartida, estructuras del estado de bienestar como la salud y la educación pública venían siendo minadas. Y mientras el sistema internacional de derechos humanos comenzaba a ser cuestionado -entre nosotros, nada menos que por la «nueva» Corte Suprema-, la salida del Reino Unido de la Unión Europea parecía marcar un antes y un después en el proceso de integración.

Un mañana.
Ese era el estado de cosas cuando el 31 de diciembre pasado brindábamos por el comienzo de una nueva década. Pero un pequeño organismo, recién bautizado Covid-19, tenía otros planes.
Hoy ha regresado el espanto en escala planetaria. La crisis ha desnudado que el abandono de la salud pública, preconizado por la ideología liberal dominante, no fue sino un acto criminal, de lesa humanidad. Gobernados por dirigentes chauvinistas -y sumamente pintorescos- los EEUU y el Reino Unido han perdido por completo todo rol de liderazgo global, y se preparan para sufrir bajas cuantiosas en su población.
Al mismo tiempo, China no sólo parece haber logrado controlar su situación sanitaria interna, sino que se ha puesto a la delantera en los esfuerzos internacionales por combatir la pandemia. Como dijo entre lágrimas un presidente europeo, la única ayuda provino del gigante asiático, ya que los propios vecinos brillaron por su ausencia.
Si a esto se le suma que los chinos de todas maneras venían en camino de convertirse en la principal potencia económica del mundo, pareciera que la tortilla comienza a darse vuelta.
No es por hacer predicciones, pero puede sospecharse que la próxima vez que aparezca un político planteando que hay que achicar el Estado y que la salud y la educación son gastos innecesarios, recibirá una sonora coz en las asentaderas. Y se lo habrá buscado.

PETRONIO