sábado, 26 septiembre 2020
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La mentira como arma política

En las últimas horas se acaban de destapar otras dos grandes mentiras que divulgaron los grandes medios porteños en complicidad con oscuros personajes del Poder Judicial.
Marcos Córdoba, el maquinista del tren que en febrero de 2012 se estrelló en la estación de Once y provocó la muerte de 51 personas acaba de admitir que fue él quien desconectó deliberadamente el freno de emergencia. La confesión fue realizada en nombre de un presunto «arrepentimiento» y para solicitar un pedido de libertad condicional. Recordemos que sobre la premisa de la «falla en el sistema de frenos» se armó toda la causa judicial tendiente a demostrar que el tren funcionaba mal y que la culpa era atribuible a funcionarios y empresarios.
Durante el juicio cinco peritos demostraron que los frenos funcionaban correctamente y solo uno afirmó lo contrario. El juez Claudio Bonadío decidió creerle a este último y desestimar el informe de los restantes a quienes llegó a acusar por «falso testimonio». Este solo episodio muestra a las claras cómo se construyó una causa para atacar al gobierno de Cristina Kirchner.
La otra gran mentira que recién ahora acaba de reconocer indirectamente el diario Clarín es que «la Morsa», vinculada al triple crimen de la efedrina, no es Aníbal Fernández sino Julio César Pose, un ex agente de la SIDE vinculado a la DEA. La imputación que se arrojó contra el entonces candidato a gobernador a la Provincia de Buenos Aires fue lanzada por Canal 13 durante el programa de Jorge Lanata, periodista estrella del Grupo Clarín. A partir de esa acusación infundada y nunca chequeada por Lanata ni por ningún otro periodista del Grupo, se montó una gigantesca campaña de desprestigio contra Aníbal Fernández semanas antes de las elecciones de octubre de 2015. Con la inestimable ayuda del aparato mediático porteño repitiendo hasta el hartazgo esta mentira el candidato peronista cayó derrotado ante María Eugenia Vidal en las elecciones bonaerenses luego de ir liderando las encuestas. El objetivo se cumplió y la mentira como arma política demostró su eficacia electoral.
En verdad ya no sorprenden tanto estas revelaciones. Demasiados casos similares se acumularon en los últimos tiempos. Por citar solo los más resonantes ahí está el «asesinato» de Nisman, nunca probado pero tan útil para erosionar al entonces gobierno de CFK; las inexistentes cuentas en el extranjero de Máximo Kirchner; la famosa y nunca acreditada «ruta del dinero K» o la «obra pública de Santa Cruz» en cuyo juicio no pocos peritos y testigos están desmontando el entramado de mentiras armado por los medios de la derecha en complicidad con algunas piezas clave del aparato judicial.
Estos casos -y tantos otros- muestran cómo procede el «periodismo de guerra» a la hora de embestir contra un dirigente o un funcionario. Sin embargo este modo avieso de digitar operaciones disfrazadas de noticias no es gratuito para sus autores. Estudios recientes, realizados por investigadores reconocidos, indican que la credibilidad de los grandes grupos mediáticos porteños viene cayendo en picada. En lugar de la conocida sentencia: «el crimen no paga», en este caso bien podría decirse: «la mentira no paga».