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La mosca y la sopa

DOMINICALES

Probablemente el lector no sepa muy bien quién es Mike Pence. El lector no debe sentirse culpable por ello. El vicepresidente de los Estados Unidos, como todos los hombres que sirven en la corte del sultán Trump, sólo puede cumplir funciones de eunuco. Al pobre hombre no lo dejan abrir la boca ni para ir al dentista. No es que tenga mucho que decir tampoco. Su condición de evangelista fanático lo llama al silencio monástico, sólo interrumpido con las sesiones de oración diarias, que practica junto a su esposa, a la que llama, sugestivamente, «Madre» (ugh!).

Mosca.
Pero como bien dijo Andy Warhol, todos tenemos derecho a nuestros quince minutos de fama. La oportunidad se le presentó a Pence el martes pasado, en ocasión del debate televisivo que protagonizó, plexiglas antivirus mediante, con la candidata demócrata al cargo, Kamala Harris.
La escena era algo lastimosa. Luciendo realmente como un anciano pese a tener sólo 61 años, el candidato republicano mal podía contener la energía de esa verdadera tromba que es Harris, quien no sólo responde a la definición de «mujer empoderada»: es además una mujer «de color» como solía decirse. Hija de inmigrantes (un jamaiquino y una india), abogada, y francamente progresista para los estándares norteamericanos, no es de extrañar que Trump, con su delicadeza habitual, la haya definido como «un monstruo».
Y hablando de monstruos, el tema central del debate era, precisamente, el desastroso manejo que el presidente tuvo de la pandemia de Covid-19, que ya ha provocado la muerte de más de 210 mil norteamericanos. Como un elefante en la sala, el tema era imposible de ignorar… hasta que otro animal se hizo cargo de llamar la atención.
En el fragor del debate, y en el ambiente supuestamente aséptico del estudio de televisión, una mosca trasnochada se posó sobre el cabello platinado de Pence, que a diferencia de su socio sí sabe elegir peluquero.

2,3 minutos.
Hay que decir que el vicepresidente demostró tener el temple de un estadista. Durante todo el tiempo que soportó el asedio de este insecto repugnante, ni se inmutó. Siendo esto los Estados Unidos, alguien se tomó el trabajo de cuantificarlo, ya que estaba capturado en video: la aventura de la mosca duró exactamente dos minutos con tres segundos, que a los televidentes se le hicieron un siglo, y que gracias a la tarea de los creadores de memes, vivirá para siempre.
Desde luego, a la sorpresa inicial la sobrevinieron los sesudos análisis, y las incisivas preguntas. ¿Se estaba cumpliendo el protocolo Covid? ¿La mosca usaba tapabocas? Desde la distancia sólo se la vio merodear un poco, y a no dudarlo anduvo restregando sus patitas delanteras sobre el cabello vicepresidencial, depositando allí vaya a saber qué inmundicia. ¿Usó alcohol en gel?
Por supuesto, la cosa daba para el churrete. Y mientras el candidato demócrata Biden posteó una foto de sí mismo blandiendo una paleta matamoscas, el republicano Rand Paul sugirió que el servicio secreto le había colocado un micrófono en la cabeza al debatiente (en inglés la palabra «bug» se usa tanto para designar a un insecto como a un dispositivo de captación de audio). Esta última sugerencia es inquietante: ¿Y si la tecnología futurista de «Black mirror» ya existe, y en vez de abejas han inventado moscas-robot? ¿Le estarían soplando información, violando así las normas del debate? ¿O lo estarían espiando, haciéndole la gran Majdalani?

Popó.
El humorista Steve Colbert, por su parte, planteó una hipótesis más preocupante, al sugerir qué es lo que le resultó tan atractivo a ese insecto, habitual merodeador de lugares poco higiénicos. «Pence está tan lleno de mierda, que ahora hasta atrae a las moscas», dijo.
El mismo Colbert se maravilló de todo el tiempo que la mosca pudo realizar sus actividades mosqueriles impunemente. «¡Dos minutos y pico! ¡Esa mosca tiene una capacidad de atención más larga que la del propio presidente!».
Pero la cosa no da para bromas. Ahora todos saben la verdad: tienen como vicepresidente a un tipo que no es capaz siquiera de espantar una mosca. O, peor aún, considerando su formación religiosa, es alguien a quien le provoca placer el contacto íntimo con insectos poco higiénicos.
En esta cultura de la inmediatez, hasta el probable que, como el paso de Pence por esta vida ha sido tan intrascendente, su memoria permanezca indeleblemente asociada a esa mosca negra que, posándose sobre sus canas inmaculadamente peinadas, se robó el show aquella noche en plena pandemia.
Y aún así, existe una posibilidad, por pequeña que sea, de que este personaje sea reelecto vicepresidente. En tal caso, habrá que recordar el popular refrán que sentencia: «Coma popó. Tantos millones de moscas no pueden estar equivocadas».
PETRONIO