Inicio Opinion La muerte y los impuestos

La muerte y los impuestos

DOMINICALES

Se atribuye a Benjamin Franklin la máxima «nada es seguro excepto la muerte y los impuestos». En realidad la frase es anterior -fue usada por el novelista Daniel Defoe en 1726-, pero como quiera, constituye hoy un refrán muy popular en Estados Unidos, siempre con el guiño humorístico de no precisar cuál de las dos fatalidades es la más dolorosa. Por desgracia, en los tiempos que corren las viejas certezas tienden a abandonarnos, y así como los ricachones del mundo están financiando investigaciones científicas para esquivarle a la muerte, está visto que hace rato encontraron la forma de evadir sus impuestos.

Stupid.

Así parece sugerirlo el informe publicado esta semana por el New York Times, que, tras acceder a los registros impositivos ocultos por el presidente Donald Trump, reveló datos más que preocupantes. Parece que el hombre de la Oficina Oval, gracias a un ejercicio «creativo» de sus contadores, no pagó un centavo de impuestos en once de los dieciocho años que van de 2000 hasta 2017. Y ese año, como el anterior, sólo abonó 750 dólares, menos de lo que debe desembolsar un empleado que gana 18.000 dólares anuales.
Por algo el hombre se esforzaba en mantener esta información en secreto. Cuando se le preguntaba por sus impuestos, siempre respondía con vaguedades, del tipo «pago lo que todo americano promedio, salvo que sea estúpido».
Debe haberlo sido entonces el bueno de Abraham Lincoln, primer presidente norteamericano que reveló sus declaraciones de impuestos, quien en 1864, a valores históricos, pagó la friolera de 1.300 dólares en impuesto a las ganancias. Imposible calcular ese monto actualizado, ya que los registros más antiguos son de 1913, y desde entonces la inflación acumulada en EEUU ha sido del 2525.4%. Como dicen en el Norte, saque usted las cuentas.

Porno.

Hay otras comparaciones que se pueden hacer. Trump, decíamos, le pagó a la IRS (la AFIP gringa) 750 dólares por sus ganancias anuales, el mismo año en que le pagó 130.000 a la actriz porno «Stormy Daniels» para que mantuviera su boca cerrada y no revelara sus fogosas transacciones. Tal parece que los agentes impositivos yanquis van a tener que cambiar de táctica si quieren sacarle dinero al pícaro Donald.
¿Cómo logró esta proeza? Básicamente, lo que pasó es que prácticamente todos los negocios de Trump pierden dinero. A eso hay que sumarle chicanas contables, ya que aún sin ganancias, mantuvo un estilo de vida de millonario, logrando deducir gastos que debieran ser considerados privados, como residencias suntuosas, aviones y hasta 75.000 dólares gastados en peluquería para su show de TV.
Está claro que Trump estafó a la IRS, pero él a su vez fue estafado por su peluquero, si consideramos los resultados a la vista, tan parecidos al peinado de Felipito, el entrañable personaje de Mafalda, la gran obra de nuestro recién fallecido Quino.
Si algo revelan estos registros impositivos es que el actual presidente ha sido un verdadero fracaso como hombre de negocios, y que sólo logró salvarse de la bancarrota con las ganancias millonarias que le proporcionó su show de TV «El aprendiz», en el cual, paradójicamente, posaba de empresario exitoso.

Impunes.

Pero si algo revela el detalle del coiffeur, es lo fácil que resulta para los ricos esquivarle al bulto de los impuestos, en Connecticutt y en Acasusso. Para Trump el corte de pelo es deducible, pero un empleado que debe trabajar desde su casa no puede deducir ese alquiler en su declaración impositiva.
Que a los sabuesos fiscales se les haya escapado este notorio pez gordo, un tipo que no sólo salía permanentemente por TV, sino que se la pasaba fanfarroneando sobre sus supuestos éxito y riqueza, no puede menos que provocar indignación. El problema no es tanto que existan pillos como Trump, sino que haya todo un sistema preparado para procurarles impunidad.
Vaya uno a saber cuánto han influenciado estas cuantiosas deudas comerciales las decisiones del actual «presidente». Cuánto hay de esas oscuras transacciones en la extraña actitud que Trump manifiesta hacia Rusia, por ejemplo.
Pues bien, ya sabemos que de las dos grandes certidumbres que enunciara Franklin, Trump logró evadir una: los impuestos. ¿Cómo le irá con la muerte? Porque en medio de la fanfarria electoral, y del lamentable debate con el candidato demócrata, ahora resulta que el hombre del peinado de 75.000 dólares está hospitalizado, contagiado de Covid-19.
Es una tentación muy fuerte señalar la justicia poética que representa este contagio, cuando Trump se pasó todo el año minimizando al virus, desoyendo los consejos de los mejores médicos de su país, desestimando el uso de tapabocas y manteniendo reuniones multitudinarias. Pero aquí lo que corresponde es desearle al hombre una pronta recuperación y una larga vida.
Aunque más no sea, por la larga lista de deudas -y no sólo económicas- que debe afrontar.

PETRONIO