La multitud y su conducta en el caso de Indio Solari

Señor Director:
Vuelvo sobre el tema de lo acontecido en Olavarría en el curso de la convocatoria del Indio Solari, que produjo el hecho excepcional de haber atraído a bastante más de doscientas mil personas.
Ahora, ante la muerte de dos personas, viene el momento de juzgar y determinar responsabilidades, luego de que hubo un movimiento desde la política por magnificar el rasgo trágico del suceso colocándolo en el nivel de Cromañón y otros hechos de todo el mundo occidental que han dejado cada uno decenas y también más de un centenar de muertos.
Ante tal planteo el Indio Solari ha sentido la necesidad de decir algo, referido a su propia situación: “Me encuentro una vez más situado en un lugar protagónico que me excede”, expresión ésta que requiere ser analizada porque remite a una causalidad singular, siendo ésta lo que siente que lo excede. Quiere explicarse a sí mismo diciendo “soy un hombre de la psicodelia”, pero que no va a exponer “lo que deja la experiencia lisérgica”, en la que lo importante es “la transformación metafísica que se da en uno durante esa aventura”. O sea que remite a una experiencia fuera de los límites habituales, una salida de lo que es el ámbito en que nuestra cultura encierra el misterio de la existencia y su relación con realidades ajenas, externas, que también nos habitan y se exteriorizan ya con el ácido lisérgico, ya con las congregaciones multitudinarias.
Un día antes de estas expresiones se había podido leer un intento de Horacio González por presentar bajo otro enfoque esa entidad que es el Indio Solari, de la cual emerge su extraordinaria capacidad de convocatoria. González, que siempre obliga a más de una lectura de sus escritos, comienza por hacer referencia a que el propio Indio intentó detener el desarrollo del encuentro de Olavarría, cuando ya se trataba de una empresa imposible, pero que explica por qué este músico y letrista de sus creaciones es un fenómeno singular y da ocasión para que se exteriorice una fuerza que hace que la multitud se convierta en partícipe de una ceremonia que la posee, la determina, más allá de su capacidad intencional y de control. González apela a la palabra pogo, que se origina en el rock, para designar el momento en el que la multitud se convierte en agente activo de un espectáculo en el cual necesita entrar en movimiento, respondiendo a su “música interna” y buscando “la fricción de los cuerpos”. Dice que el pogo es ambiguo y da cuenta de una expresión colectiva que obliga a buscar una explicación al éxtasis colectivo, cuando “el cuidado de sí y entre sí de los muchos es una formidable utopía equivalente a lo que otros llamaron comunidad inconfesable”. Finalmente, dice González, el pogo es para serenar, pues una multitud de pogo maneja sus fronteras, pero siempre hay dificultades, bordes extremos y “borrachines”. Es esto lo que percibió el Indio y lo llevó a tratar de interrumpir su participación, pero no lo percibe un país “de condolencias fáciles y rápidos buscadores de culpables”. Los que asisten a un pogo son promesantes de una desenfadada creencia”.
Más adelante González se pregunta si los antropólogos podrán ver la ironía que recorre todos los espacios en blanco que deja el Indio Solari en sus canciones. “Los que van, van. Saben de memoria las inflexiones enigmáticas de las letras que siguen pidiendo el trabajo de desvelamiento”. El Indio, “acusado de falso, de impostor. No. El juicio aquí debe comenzar por las líneas de fuerza de una cultura nacional antes de hablar de negocios, de industria cultural y contracultural de las poéticas juveniles”. Agrega que “hay una verdad en el Indio Solari. Tiene una poética basada en una rítmica de cronista entrecortado… Sus versos potencian por eso que no se entienda”.
Acaso hay que preguntar si el Indio entiende su propio papel o es también agente intermediario de potencias que se desatan y generan el pogo.
Atentamente:
Jotavé