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La Naranja Mecánica

DOMINICALES

Cuando se avecinaba el mundial de fútbol de 1978, que se jugaría en Argentina en plena dictadura cívico-militar, Johann Cruyff compartía la casaca del Barcelona con el argentino Juan Carlos Heredia, alias «Milonguita». El holandés, acaso el mejor jugador del mundo en ese momento, esperaba la cita mundialista para tomarse revancha de la final que su equipo, apodado «La Naranja Mecánica», había perdido con Alemania en 1974, y tenían muchas posibilidades de ganar (de hecho, volvió a llegar a la final). Pero una historia que le contó su colega argentino lo hizo desistir de viajar a jugar ese torneo.

Pesada.

No era un secreto para nadie en Europa, a esa altura, que la Dictadura argentina estaba cometiendo todo tipo de atropellos contra los derechos humanos de su población. Pero esas noticias abstractas tomaron otro cariz cuando Cruyff se enteró de que, en la casa natal de Heredia, en Córdoba, se había producido un violento operativo militar, que casi termina en el secuestro y desaparición de su padre.
El operativo había sido producto de un error, y terminó siendo abortado, pero el terror provocado no por ello fue menor. Fue ahí que el astro holandés tomó la decisión personal de boicotear con su ausencia aquella obscena campaña publicitaria que, quiérase o no, benefició en algo al llamado «proceso de reorganización nacional».
Y es que los Países Bajos -tal el verdadero nombre de Holanda- pese a haber sido sede, siglos atrás, de la mayor compañía de tráfico de esclavos del mundo, para fines del siglo XX ya eran un símbolo de civilización, tolerancia y respeto.

Máxima.

Quiso el azar que, años después, una argentina terminara siendo reina de Holanda. Se trata, por supuesto, de Máxima Zorreguieta, consorte del rey Guillermo, con quien tienen tres hijas de mirada inquietante. Una de ellas será la futura reina, si es que los holandeses no se han desembarazado antes de la ridícula institución de la monarquía.
Máxima, pese a ser extranjera y católica, fue rápidamente aceptada y ganó popularidad en su nuevo país. No fue así en el caso de su padre, Jorge Zorreguieta, quien por sus antecedentes como ex secretario de Agricultura y Ganadería durante el Proceso militar -el mismo que Cruyff intentó boicotear- ni siquiera fue invitado a la ceremonia del casamiento.
En vano fueron las apelaciones al carácter civil de don Jorge, o las funciones cumplidas, vinculadas a su actividad agropecuaria, aparentemente ajenas al metier de torturar y desaparecer gente que aquel gobierno cultivaba sistemáticamente. Los holandeses no son tontos, y saben perfectamente que el sector agropecuario argentino impulsó y abrazó con ardor todos los golpes de estado que se produjeron en el país, y que por tal motivo -con honrosas excepciones individuales- tiene sangre en las manos.

Grecia.

Pero tal parece que el romántico cuento de hadas de la reina argentina está a punto de concluir, y no precisamente en un banquete con perdices. Una serie de errores de imagen pública, producto -a no dudarlo- del ambiente de relajado privilegio en que vive la realeza, han provocado el repudio del pueblo flamenco.
No fue que les molestara que la familia real pasara sus vacaciones en la paradisíaca isla de Doroufi, que compraron en 2011 por la bicoca de casi cinco millones de dólares, y que cuenta con tres casas, dos piscinas y un muelle privado sobre la costa del Mar Egeo. Después de todo, tienen que desestresarse con tanto ajetreo monárquico. El problema es que se publicó una foto de los reyes, abrazados al dueño de un restaurante griego, sin los obligatorios tapabocas ni la distancia social que le habían recomendado usar a sus súbditos.
A los holandeses parece no inquietarlos que su estado vaya a gastar, solamente este año, unos cincuenta y cuatro millones de dólares manteniendo a su monarquía (nuestra Máxima se llevará un salario anual de 1.1 millones, nada mal si se compara con el sueldo medio argentino), pero estas cosas simbólicas parece que los pueden. Como si les dijeran: mantengan todos los privilegios que quieran, pero no nos los refrieguen en la cara.
Como quiera, son más sensibles que los españoles, a los que no parece inquietarles que su rey emérito se saque fotos con elefantes recién masacrados, se pasee por los dormitorios de varias féminas europeas, o haya huido a los Emiratos Árabes para escapar de la investigación que se merece por fraude fiscal y otros delitos.
En un golpe de efecto, la casa de Orange intentará recuperar imagen el mes entrante con motivo del cumpleaños cincuenta de su reina argentina. Los fastos incluirán las consabidas biografías autorizadas (en libro y en filme) pero no vale la pena esperar grandes revelaciones, ni sobre papá genocida, ni sobre los trapos sucios del palacio.

PETRONIO