La obra maestra

DOMINICALES

“Ten cuidado con lo que deseas, porque puedes llegar a obtenerlo”, dice una canción de los Rolling Stones. Que lo digan si no los miembros de la comunidad gay, quienes tras una larga y justa lucha vienen accediendo al reconocimiento legal de sus uniones, sólo para toparse con las complejidades, dificultades y turbulencias de la institución del matrimonio.

Una torta.
El caso que nos ocupa tuvo origen en un artículo simbólico si los hay: una torta de bodas. Y es que un pastelero del estado norteamericano de Colorado, Jack Phillips, dueño de una pastelería modestamente llamada “Masterpiece” (“Obra maestra”) se negó a elaborar un pastel matrimonial solicitado para un matrimonio entre dos personas del mismo sexo.
La Comisión de Derechos Civiles de Colorado falló en su contra, considerando que su conducta violaba los derechos de esta pareja gay, cuyo matrimonio era perfectamente legal en ese Estado. No proveerles su pastel fue visto como un acto de discriminación. El pastelero apeló el caso, invocando su propio derecho a la libertad de culto, ya que -afirmó- su conducta se basaba en convicciones religiosas que le dictaban el carácter heterosexual de la institución matrimonial. El caso llegó a la Corte Suprema de EE.UU., que el pasado lunes votó en su favor, por un margen muy estrecho.
El hábil recurso del pastelero -un personaje algo narcisista, que ha ganado terreno dentro de la grieta política norteamericana, particularmente en un estado republicano como Colorado- consistió en colocarse, a su vez, como víctima: sus derechos a la libre manifestación de sus convicciones religiosas también habrían sido violados. Según expresó, nuestro Jack es un seguidor de Jesucristo, y por ende considera que la homosexualidad está mal, aunque en los Evangelios no se diga una palabra al respecto.

Otro Kennedy.
Aunque la votación en la Corte terminó 7 a 2, el resultado fue realmente apretado. El voto mayoritario terminó recayendo en el juez Anthony Kennedy, de tendencia liberal, conocido por ser un paladín de los derechos individuales, y en particular, de los que estaban en juego en este caso: la libre expresión y el derecho a la igualdad de las personas gay.
“El resultado de casos como éste que se den en otras circunstancias -escribió- deberá esperar elaboraciones más profundas de parte de los jueces. Todo, en el contexto de que estas disputas deben resolverse con tolerancia, sin indebidas faltas de respecto a las creencias religiosas sinceras, y sin someter a las personas gay a situaciones indignas cuando intentan contratar bienes y servicios en un mercado abierto”.
No debe olvidarse que la colonización inicial de Norteamérica fue llevada a cabo, básicamente, por integrantes de cultos minoritarios, que huían de la persecución religiosa en Europa. Estados Unidos es una nación construida en base a oleadas de disidentes religiosos, de ahí que la protección de la libertad de culto adquiera una dimensión extraordinaria, al punto de tolerar incluso actos ilícitos -como la poligamia o el consumo de drogas alucinógenas- si se cometen en nombre de la religión.
En esto hay una clara diferencia con nuestro país, donde la libertad religiosa no deja de ser una farsa: el Estado argentino sostiene el culto católico, exime de impuestos a esa iglesia, paga los sueldos de sus ministros, y hasta se somete a la liturgia católica en las fiestas patrias. Los disidentes religiosos, en tanto, ven restringida su libertad de culto cuando -por ejemplo- se niegan al servicio militar, o a honrar los símbolos nacionales, o a recibir algunos tratamientos médicos.

Malabares.
En más de una ocasión, los jueces tienen que hacer malabares para resolver pleitos como éste, expresión de los constantes cambios que se producen en la sociedad. En este caso parece ser que lo que inclinó la balanza a favor del pastelero fueron algunos comentarios incluidos en la resolución apelada, aparentemente hostiles a la religión.
Tal parece que cualquiera que pueda colocarse en una posición de minoría o de víctima, alcanzará tarde o temprano no sólo el favor de los jueces, sino también la fama mediática.
A propósito de ello, y volviendo al matrimonio, probablemente en no mucho tiempo las personas casadas que efectivamente se mantienen en tal condición hasta una edad avanzada, terminen por ser consideradas una minoría, hasta un gueto. Esto también forma parte de un estado social “líquido”, en el cual las relaciones y los derechos van mutando constantemente.
La primera ley de matrimonio civil argentina -que, por cierto, le valió al país una ruptura con el Vaticano- se sancionó en momentos en que la expectativa de vida promedio no superaba en mucho los cuarenta años. Hablar, entonces, de una unión “hasta que la muerte nos separe”, era hablar de veinte años o poco más. Hoy, en cambio, cuando la expectativa de vida se ha casi duplicado -no gracias a la religión, si no a la ciencia- parecería conveniente replantear la institución del matrimonio, acaso como un contrato a plazo fijo, renovable a voluntad de los contrayentes.
Veamos el lado positivo: esto les permitiría a muchas personas disfrutar de una nueva fiesta de bodas. Siempre y cuando no se encuentren con algún pastelero objetor de conciencia.
PETRONIO