¿La Pampa muestra el camino al PJ nacional?

El reciente congreso provincial del peronismo pampeano mostró un rostro muy distinto al de los anteriores. Esta vez no hubo banderas ni barras ni consignas enfrentando a los sectores internos. Los enconados rivales del año pasado, Carlos Verna y Fabián Bruna, se abrazaron ante el aplauso general y hubo una convocatoria explícita del gobernador, único orador del acto, a la unidad partidaria con una advertencia aleccionadora: “ya desarticularon al radicalismo y ahora vienen por los peronistas”, y convocó a estrechar filas y “dejar de lado los distintos colores de las banderas” internas.
En el discurso se escucharon palabras muy severas contra las políticas del gobierno nacional: “no han cumplido nada de lo que prometieron”, dijo el gobernador, y expresó su oposición al voto electrónico, fustigó el crecimiento de la pobreza y el desempleo, y no omitió mencionar la alcurnia empresarial de los funcionarios del gabinete macrista y su distancia de los graves problemas sociales del país. Tuvo también un gesto de autocrítica cuando reconoció que en el Congreso de la Nación, a la hora de negociar obras y partidas presupuestarias, “nos hemos comido sapos, y bien grandes algunos de ellos”.
El discurso del sábado no fue un gesto aislado del gobernador. Días atrás, cuando muchos de sus colegas -y “compañeros”- desfilaron por Olivos aceptando el convite presidencial para negociar el voto electrónico, el pampeano se hizo notar con su ausencia.
La decisión de no hincarse frente a un gobierno nacional que viene -con “el látigo y la billetera”- domesticando a no pocos gobernadores y dirigentes justicialistas aparece como una estrategia del PJ pampeano de mostrar un camino distinto al panorama general que se observa en el resto del país. Hoy el peronismo nacional es un mosaico de facciones acaudilladas por dirigentes de diverso relieve antes que una fuerza encolumnada y dispuesta a presentarse como una oposición sólida y con ambiciones serias de recuperar la supremacía electoral perdida. El traspié del año pasado que incluyó derrotas en bastiones peronistas tradicionales sacudió los cimientos del PJ, agrietó la estructura del kirchnerismo y centrifugó a pequeños caciques que armaron sus toldos con un oportunismo impar.
A casi un año de aquella caída electoral, la derecha empresarial triunfante ha provocado un terremoto social en el país, con un costo altísimo para los sectores populares y una brutal distribución regresiva de la riqueza. Semejante ajuste fue tolerado por un peronismo en desbandada, que ni siquiera pudo hacer valer su presencia mayoritaria en el Congreso. El partido fragmentado fue presa fácil del gobierno que logró subordinar a muchos de sus referentes quienes -cada uno por su lado- negociaron en beneficio de sus propias parcelas.
En este escenario cobra singular relevancia este congreso del PJ pampeano convocando a la unidad de sus banderías y logrando el consenso para materializarlo. Si bien es un distrito “chico” en el concierto nacional, el ejemplo es válido pues aquí también se vivió con extrema tensión el clima de enfrentamiento que dividió a no pocas líneas internas: vernistas, jorgistas, marinistas, tiernistas, robledistas, larrañaguistas… Como se puede ver, la complejidad del rompecabezas local tiene poco que envidiarle al del resto del país en materia de proliferación de tribus. De ahí que el hecho de alcanzar en el último congreso un alto consenso en favor de volver a cantar el grito de guerra preferido: “todos unidos triunfaremos”, no es un dato menor. Y resalta todavía más en un panorama general de desintegración que el peronismo necesita revertir si el año que viene pretende recuperar protagonismo político y evitar un triunfo de Cambiemos que consolide a esa coalición como una alternativa ganadora para las presidenciales de 2019.

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