¿La Patria está en peligro o está todo joya, tudo bem?

LA SEMANA POLÍTICA

Para centenares de miles de argentinos, la Patria está en peligro. Y el 25, como protesta, colmaron el Obelisco y la 9 de Julio. El presidente Mauricio Macri fue retado en el Tedeum y luego tuvo su festejo sectario en Olivos.
EMILIO MARÍN
La imagen positiva del presidente tuvo dos bruscas caídas, ambas vinculadas con su plan de ajuste. Una se produjo el 14 y 18 de diciembre del año pasado, cuando su reforma previsional metió la mano delincuencial en el bolsillo de los jubilados. El complemento necesario de ese robo fue la actuación de Gendarmería y Policías, con una represión pocas veces vista y filmada a lo largo del gobierno del PRO-Cambiemos. Y eso que no se trataba del debut de las balas, bases y palos.
El otro abismo se abrió en mayo con otra vuelta de tuerca de las tarifas de servicios públicos, dolarizadas a pedir de las privatizadas, y la corrida del dólar, que se tomó un respiro al llegar a los 25 pesos. Esa pausa pronto dejará lugar a otros piques porque según varios economistas, su meta táctica, no de largo plazo, es llegar a los 30.
En este segundo bajón del mandatario, el complemento fue su anuncio de volver a los brazos del FMI, presentando al organismo como bueno con Argentina igual que su gran amigo Donald Trump.
En este amor fondomonetarista hasta los periodistas que más han defendido al macrismo consideran prudente poner metros de distancia. Por ejemplo, Luis Majul, al referirse al tema dijo que el Fondo “es una de las organizaciones más odiadas por los argentinos”. Aunque la generosa pauta publicitaria oficial puede hacer milagros, es probable que Majul mantenga esa opinión, salvo que la pauta se triplique.
Justamente la reaparición del Fondo en la política local llegó en el peor momento del gobierno y lo terminó de complicar. Encima hasta el calendario le jugó en contra, porque la polémica coincidía con el 25 de mayo y el 208 aniversario de la proclamación del primer gobierno patrio. Muchos opositores coincidieron que el presidente no se parece en nada a Juan J. Castelli, Mariano Moreno y Manuel Belgrano, y en cambio, por su defensa del monopolio y los regímenes de la dependencia, tiene similitudes con el virrey Baltasar H. de Cisneros.
Así lo entendieron aún quienes no tienen ninguna especialización en Historia. Unos por tener el bolsillo sin efectivo ni tarjetas, otros por carecer de trabajo o tenerlo bajo amenaza de cierre o suspensión, otros por no poder pagar las tarifas de luz y gas ahora que empiezan los fríos, y esas mismas personas y organizaciones sociales y políticas por esos motivos, pero también por aspirar a un país independiente, en el feriado del 25 de mayo mostraron su disconformidad en la calle.
Los cálculos más exagerados hablaron de 1.5 millón de personas en esa protesta tranquila en la Capital Federal, muchos llegados de la provincia de Buenos Aires y el resto del país. Aun bajándole el número de concurrentes, no se puede discutir que fueron muchísimos, muchos más de lo esperado. Tan importante fue la movida que quizás comience la tercera caída de la devaluada popularidad de MM, quien en el Tedeum tuvo que escuchar las referencias del cardenal Poli a “Saqueo”.

¿Paro o negociación?

La multitud expresó el repudio que siente por el presidente Macri y dijo que la Patria está en peligro. Esa certeza surge de su dolorosa experiencia de vida, de que sus números no cierran y que, en la comparación, antes vivía un poco o mucho mejor, según los casos y matices.
Además de lo ya consignado, otro factor que está pinchando los globos amarrillos es el fenómeno de la corrupción, que durante cierto tiempo pudo endosarla como exclusiva del kirchnerismo. Sin desmerecer los casos serios de corrupción anteriores a 2015, son mucho más graves los actuales y llevan la marca de la familia Macri y sus ministros offshore. La última y muy prototípica del gobierno, es la que tiene en la mira al vicejefe de gabinete, Mario Quintana, por su relación con una empresa suya por lo menos hasta 2016, Farmacity. Y esta marca, a diferencia de otras cadenas más comunes y corrientes, tuvo los favores oficiales y legales para ampliar sus negocios y ganar fortunas en uno de los renglones típicos del capitalismo: la enfermedad es un mal de muchos y un negocio de pocos.
Estos últimos meses han sido de brusco descenso de la imagen del presidente y de contacto con la realidad de parte de muchísimos argentinos, en parte de quienes votaron por aquél en 2015 y 2017.
En particular lo ocurrido en el mundo sindical, con la represión y sanciones de la empresa Metrovías contra los trabajadores del Subte en Buenos Aires, puso más sobre el tapete la necesidad de un paro general. El martes 22, luego de 38 días de reclamos tranquilos y bien de masas, como la apertura de molinetes para que los pasajeros viajen sin pagar, hubo allí un operativo policial que culminó con 16 detenidos, incluido Néstor Segovia, secretario adjunto del gremio de metrodelegados. Además, la empresa cursó 150 telegramas de suspensiones, 114 de los cuales fueron para delegados, una proporción tan alta que grafica la cercanía de esos representantes gremiales con sus bases. Ellos no dicen “animémonos y vayan” sino que van junto con su gente.
El reclamo gremial en el Subte es para poder negociar paritarias, cosa que el gobierno de Rodríguez Larreta y Metrovías no aceptan: se llevan de maravillas con el burócrata mayor Roberto Fernández, de UTA, que firmó por el miserable y ahora risible 15 por ciento en cuotas. Se estima que la inflación de 2018 será al menos del 27 por ciento, lo que deja en offside al gobierno, pero también a la corte de burócratas de la CGT que aceptaron aquel porcentaje sin “cláusula gatillo”, casos de Fernández, Armando Cavallieri de Comercio, Andrés Rodríguez de UPCN y muchos más.
Tanto la pérdida de fuerza del gobierno ajustador, como el impacto inflacionario que venía de antes y se agudizó por los tarifazos y la corrida del dólar, hacen más fuertes las deliberaciones y peleas dentro del sindicalismo sobre el camino a seguir.

Crece lo combativo.

Hasta ahora el Triunvirato le daba la razón a la tapa de la revista Barcelona, con el chiste real de que “amenazamos con volver a amenazar con una medida de fuerza”. Traducida sería algo así como criticar de palabra el ajuste, pero no ganar la calle para tratar de frenarlo. En una de esas el impacto de la jornada multitudinaria del 25 de mayo tuerce en algo esa vocación tan claudicante de alguno de los triunviros, por ejemplo, Juan Carlos Schmid, el menos malo de los tres.
Por otro lado, es casi seguro que el sector más confrontativo con el gobierno, que impulsó antes el 21F y ahora el 25M, querrá ponerle fecha en junio al paro general. Los Moyano padre e hijo, el bancario Sergio Palazzo y el resto de la Corriente Federal, las dos CTA, la Ctep y otros agrupamientos, etcétera, pueden tomar la decisión del paro general.
Como es lógico, una sola medida de fuerza, aún tomada a nivel nacional, pero sin la continuidad de un verdadero plan de lucha, sería insuficiente para derrotar el ajuste. Pero esa aclaración obvia no resta la gran importancia de una jornada de ese tipo, que sería la segunda tras el paro general del 6 de abril del año pasado.
Muchas veces los trabajadores dan una pelea justa y no pueden ganarla. Pero la lógica de la explotación e injusticias los llevan de nuevo al ruedo. Y en esas revanchas a veces logran una victoria, aunque parcial, como la que tuvieron hace unas semanas los mineros de Río Turbio, que al cabo de cuatro meses de resistencia pudieron reincorporar a los 400 despedidos.
Hoy un paro general vendría bien para reclamar la reincorporación de despedidos en INTI, Agricultura Familiar, Hospital Posadas, UTA de Córdoba, ingenios azucareros y tantos otros lugares. Y para disuadir nuevas tandas de cesantías en el Estado y la actividad privada, en ciernes.
También podría influir para que el Senado apruebe la media sanción que viene de Diputados para volver las tarifas a diciembre de 2017 y luego ir aumentándolas según índice de aumentos salariales para los consumos hogareños, y los precios mayoristas para Clubes, Cooperativas y Pymes.
La falta de ese paro general dio tiempo para que Cambiemos negocie en el Senado con Miguel Pichetto y Rodolfo Urtubey un proyecto diferente al que viene de Diputados. El mismo, con marca de origen en el PJ conservador de Juan M. Urtubey y Juan Schiaretti, sólo bajaría del 21 por ciento al 10,5 el IVA para consumos domiciliarios.
Se verá este miércoles en el Senado qué hace la bancada del PJ tradicional: si se juega por el proyecto opositor de Diputados o si pacta con el macrismo en base al pedido de ese par de gobernadores peronistas muy amigos del presidente.
Ojalá sea lo primero, aunque Marcos Peña ya adelantó que en ese caso habrá veto presidencial. Eso tendrá un alto costo político, sumando al que viene pagando desde diciembre pasado.
Si el PJ pacta con Cambiemos y deja de lado lo aprobado por 133 diputados, tendrá más asidero lo publicado por Francisco Olivera en “La Nación”: la vieja dirigencia sindical será desbordada por camadas de activistas pertenecientes a la izquierda, como los metrodelegados. Y entonces habrá más conflicto en las empresas, los gremios y la calle, con todo el setentismo que eso significa.