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La petardo argentina

DOMINICALES

En una nueva edición de las biografías no solicitadas, este domingo corresponde rendir homenaje a Fanne Foxe, que acaba de morir en Florida, EEUU, a los 84 años. En realidad, su verdadero nombre (el que le dieron sus padres al nacer, en 9 de Julio, provincia de Buenos Aires) era Annabel Villagra. Pero para la historia será recordada, casi seguro, con su seudónimo artístico «The Argentine Firecracker» (algo así como «la petardo argentina») y por haber estado en el centro de uno de los escándalos políticos más resonantes de la década del ’70.

Medios y arbitrios
En octubre de 1974, Wilbur Mills era uno de los políticos más influyentes de Washington. Demócrata de Arkansas (como Bill Clinton), estaba terminando su décimo octavo mandato como diputado, presidía el comité de «medios y arbitrios» de la Cámara de Representantes, y definía en gran parte la legislación impositiva. Tenía 65 años, sonaba como candidato a la Corte Suprema, y con su familia bien constituida, hijos y nietos, aparecía como un modelo de estabilidad.
Pero un tiempo atrás, él y su esposa habían comenzado a frecuentar a un joven matrimonio de inmigrantes argentinos en su ciudad de Arlington, Virginia. Y así fue como nuestro ilustre legislador comenzó a tener un affaire con su vecina, y a darse a la bebida con no menos pasión. La vecina en cuestión no era otra que nuestra compatriota Fanne, de 38 años, madre de tres hijos, y de oficio bailarina nudista, donde adquirió su colorido seudónimo.
A las dos de la madrugada de ese octubre, un patrullero del Servicio de Parques de Washington detuvo una limusina que venía a alta velocidad y sin luces encendidas, cerca del monumento a Jefferson. Para sorpresa de los oficiales, una mujer se bajó del auto, gritando en inglés y español, y para evitar ser detenida, procedió a zambullirse en el Cuenco Tidal, una ensenada de tres metros de profundidad, sobre el río Potomac.

Petardo.
Los oficiales batallaron bastante para sacarla del cuenco, y debieron colocarle esposas a la fugitiva, que amenazaba con volver a tirarse al agua. Por supuesto, se trataba de nuestra heroína, haciendo honor a su apodo. Cuando la revisaron, los policías comprobaron que presentaba golpes en la cara. El augusto legislador demócrata, en tanto, estaba en el auto con marcas de arañazos en el rostro. Los dos, y los restantes pasajeros de la limusina, estaban fuertemente intoxicados.
Pese a la gravedad de la escena -y a no dudarlo por las influencias del legislador- el tema no motivó mayores procedimientos policiales, pese a que la mujer fue llevada a un hospital para atender sus lesiones. Sin embargo, un camarógrafo de TV estaba casualmente presente, registró la escena, y así fue como se desató el escándalo, cuando empezaron a surgir a la luz no sólo los pecadillos extramatrimoniales del diputado, sino también su alcoholismo.
Con la celebridad ganada en el episodio, nuestra Annabel subió su tarifa de 500 a 3.500 dólares semanales, y cambió su apodo por «La bomba del Cuenco Tidal». La actividad fue tan lucrativa que pudo comprarse un caserón en Connecticutt, dejar las pistas de baile, y dedicarse a la literatura y el cine, particularmente, publicando una autobiografía titulada «La bailarina y el congresista».

Boquitas pintadas.
Lo cierto, más allá de lo pintoresco de la situación -y de la violencia de género presente, que entonces estaba naturalizada- es que nuestra compatriota, ya divorciada de su marido Eduardo Battistella, se ocupó de la crianza de sus hijos, que quedaron viviendo con ella. No contenta con ello, y ya mudada al estado de Florida a fines de la década siguiente, se dedicó a los estudios universitarios, recibiéndose de bachiller en comunicaciones, máster en ciencias marinas y máster en administración de empresas, en todos los casos, con altas calificaciones académicas («Magna cum laude»).
Sus aspiraciones intelectuales le venían de familia, ya que su padre era médico, y ella misma había intentado esa carrera antes de emigrar. Su espíritu aventurero la llevó también a aprobar un curso de buzo, y a realizar filmaciones submarinas en México.
La que ha partido fue una mujer hermosa y talentosa, que se sobrepuso a graves problemas económicos y personales -incluyendo dos intentos de suicidio-, que aprovechó sin dudarlo las oportunidades que la vida la presentó, cuidó de los suyos, y llegó a ser una verdadera celebridad, con apariciones frecuentes en programas de TV y en portadas de revistas (una de ellas, por supuesto, Playboy).
Repasando su historia cargada de drama, política, frivolidad, dinero y heroismo, no se puede menos que recordar a las mujeres que retrataba en sus novelas el genial Manuel Puig, nacido en una ciudad (General Villegas) no muy distinta de la 9 de Julio en que comenzara la niña Annabel, hace 84 años.

PETRONIO