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La política como forma superior de la moral

«La honradez política no es otra cosa que la capacidad política». El autor de la frase -el filósofo italiano Benedetto Croce- se inscribe claramente en la tradición maquiaveliana. Para algunas «almas bellas» del comentario de actualidad, la afirmación comporta cinismo: en política valdría cualquier recurso con tal de que el resultado sea el éxito del político que lo emplea. «El fin justifica los medios», simplifican, la política es, entonces, amoral.
Esa interpretación de bolsillo del pensamiento de Maquiavelo alimenta incansablemente al monstruo de la antipolítica, facilita la distancia de la política del mundo de la vida de la gente sencilla. Es lo que en la Italia de la posguerra se llamó el cualunquismo, la ideología de los «hombres de a pie» que ven a la política como el reino de los aprovechados, de los ventajeros… que encima se apropian de nuestro dinero por medio de los impuestos. Es decir que la solución es «achicar el Estado» para dejar de alimentar vagos (y de paso, como quien no quiere la cosa, aumentar la tasa de ganancia de los ricos).
Si yo privilegio a mis amigos, dándoles prioridad a la hora de recibir una vacuna en una situación de pandemia global, estoy cometiendo un hecho inmoral, desde cualquier perspectiva que se lo mire. Ahora bien, el juicio cuando de lo que se trata es de hombres -o mujeres- que pertenecen a un campo específico, en este caso se reivindican parte de una concepción política cuyo sentido fundante es la justicia social, estamos obligados a mirar las cosas desde la perspectiva de la frase que abre este comentario. ¿Qué puede decirse no ya sobre la moral individual, la que compromete a todos los mortales, sino sobre la «capacidad política» en el episodio de estas horas? Aquí el juicio es más grave, porque lo que queda comprometido ya no es el juicio sobre un individuo sino una práctica colectiva, un proyecto político.
Como se ve, la supuesta «amoralidad» de Maquiavelo y de Croce es todo lo contrario. La política no tiene reglas más laxas y permisivas que la moral individual, todo lo contrario. Al político, especialmente al hombre o mujer de estado, no se le exige que cumpla solamente con las reglas de la moral individual, familiar o de grupo, se le exige responsabilidad por lo común, por lo público. A tal punto que si para cumplir con esa responsabilidad hay que incumplir con algún precepto moral individual habrá que estar dispuesto a hacerlo. Ese es el lugar trágico de la política. El lugar de la virtù que Maquiavelo exigía para su príncipe: el de poner «la grandeza de la patria y la felicidad del pueblo» por sobre cualquier consideración de orden individual.
El alboroto mediático tensado a fondo para aprovechar la circunstancia de la irregularidad denunciada en el orden de la vacunación tendrá su pico de volumen en estas horas. Hay que decir que el pedido de renuncia del ministro responsable, su inmediato relevo y la calidad de la nueva ministra designada fueron una muestra de la «capacidad política» a la que estamos haciendo referencia. No se trata de sobreactuar el reproche moral a las personas responsables, sino de mensurar con inteligencia política lo sucedido y aprovecharlo para elevar las exigencias a lxs políticxs que en esta etapa están cumpliendo funciones de gobierno. No sirve para nada el recurso de comparar esta gestión de gobierno con la anterior, que fue políticamente inmoral en toda su práctica y que dañó seriamente el presente y el futuro de nuestra patria. Tal vez sea una ocasión propicia para una suerte de relanzamiento del gobierno del Frente de Todos, orientado a aumentar la eficacia en el cumplimiento de los compromisos asumidos con el pueblo. Está haciendo falta un impulso de la capacidad política, forma superior de la moral. (Edgardo Mocca, El Destape)