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La post-verdad y el pre-fascismo

DOMINICALES

El bautismo no pudo ser más adecuado. «Filomena» parece el nombre de una tía lejana, algo pesada, que se cae de visita con sus valijas, sin avisar. Así le llamaron a la impresionante tormenta de nieve que cubrió toda España, provocando graves inconvenientes en todos los servicios públicos, y hasta la muerte de -contadas hasta ahora- cinco personas. Pero si la catástrofe natural no fuera suficiente, ya tuvieron que aparecer allá los negacionistas, para hacer que todo resulte un poco peor, y un poco más ridículo.

Es queso.

Como en el cuento del gallego, que se comía una barra de jabón insistiendo en que era queso, los alienados de siempre comenzaron a publicar videos en redes sociales, sosteniendo que eso que caía del cielo no era nieve, sino algún tipo de plástico «que nos están mandando» (no se sabe bien si se los manda el gobierno, Google o la sinarquía internacional). Alguno hasta se esmeró haciendo un experimento: tomando un bloque de nieve y aplicándole el fuego de un encendedor, para demostrar que no se derrite y se pone negro.
El fenómeno es científicamente explicable por una combinación de factores: la quema de hidrocarburos, y la compactación de la nieve ante la pérdida de aire interno. Pero como dicen allá, «¡qué va!»: a los muchachos no hay cómo pararlos cuando eligen creer alguna pavada.
Como los terraplanistas, que aseguran que el planeta no es más que una palangana diseñada por algún vivo para mantenerlos a ellos en una suerte de «Truman Show» ficticio. Que haya evidencia científica en contrario -por ejemplo, los videos en vivo de la NASA mostrando el planeta redondo desde el espacio- no conmueve a estos medievales, que en su estúpida creencia buscan diferenciarse del resto.

Qannon.

Al menos estos no matan a nadie. En EEUU los muchachos que abrazaron la superstición llamada «Qannon» produjeron hace diez días unos incidentes gravísimos en el Capitolio, que causaron la muerte de al menos cinco personas, y pusieron en riesgo cierto la vida misma de los legisladores que intentaban cumplir con el trabajo para el que fueron elegidos.
Esta teoría conspirativa sostiene que las elites gobernantes -en particular los miembros del Partido Demócrata- serían una oscura secta de pedófilos, con centro de operaciones en los subsuelos de una pizzería en Washington. Curiosamente el lugar fue allanado por la justicia, que condujo una búsqueda más que exhaustiva, en la que no encontraron ningún rastro de la supuesta asociación delictiva. Ni siquiera encontraron una partida de mozzarella en mal estado.
Vale decir, la teoría ha sido desbaratada hace años por un procedimiento judicial, llevado a cabo con la más moderna tecnología investigativa. Pero, una vez más: ¿desde cuándo la realidad comprobada ha sido un obstáculo para la paranoia?

Pisco y chicha.

Que gente de pueblo más o menos simple pueda creer estas cosas, vaya y pase. El problema es cuando las pavadas se filtran en los más altos grupos dirigentes. Como por ejemplo, una Cámara de Apelaciones del distrito de Chincha y Pisco, en Perú, que mientras debatía un pedido de excarcelación, se despachó afirmando que la pandemia del Covid-19 es un invento de alguna oscura elite mundial.
En el curioso fallo se afirma que la pandemia no era previsible «salvo para sus creadores del nuevo orden mundial como Bille Gate (sic), Soros, Rockefeller, etcétera, que lo manejaron y siguen direccionando con un secretismo a ultranza dentro de sus entornos y corporaciones mundiales, con proyecciones al proyecto 2030». Muchachos, aflójenle al pisco.
No muy lejos está el juez argentino que ordenó a un prestigioso sanatorio porteño la aplicación, a un nonagenario paciente de Covid-19, de un desinfectante (dióxido de cloro) como «tratamiento paliativo». Uno se pregunta para qué existe aquí la Anmat. Para el caso podrían también ordenar que le inyecten soda cáustica o fluido Manchester.
Bien cerca, ahí mismo, están los responsables de que en Olavarría se haya dejado vencer un gran lote de vacunas Sputnik-V (desenchufando la heladera y también la cámara que la apuntaba) a no dudarlo como parte de la conspiranoia sobre ese fármaco ruso, que supuestamente volvería comunista a la gente (!).
Advertirá el lector que todos estos episodios, lejanos y desconectados entre sí, tienen sin embargo un hilo común: la actitud infantil de abrazar una creencia estrafalaria, acientífica, renunciando por completo a asumir la realidad de las cosas. Y la lucha por traerlos de vuelta a esa realidad -a veces cruda- que todos padecemos, parece ser uno de los desafíos de la época. Porque estas cosas no son gratis: hay gente que muere, como el pobre viejito porteño al que «amparó» este juez irresponsable.
Y, por otra parte, como se acaba de ver en Washington, el estado de la «post-verdad» se parece mucho al «pre-fascismo».

PETRONIO