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La receta de aquél médico pueblerino

LA SEMANA PAMPEANA

I – En una semana, si los indicadores continúan la alentadora tendencia y confirman que las medidas adoptadas en la Argentina están logrando «aplanar la curva de contagios», los argentinos volveremos gradualmente a nuestras actividades cotidianas alteradas por la pandemia de coronavirus que recorre el mundo. Todo indica que será un regreso pautado a la actividad y que será un escenario acordado con los actores económicos involucrados. El presidente se ha estado reuniendo con dirigentes gremiales y empresarios para consensuar la forma y el ritmo que adoptará. Un ejercicio democrático que el estilo del mandatario naturaliza pero que, en la Argentina, no tiene demasiados precedentes.

II – Decisiones económicas por razones mucho menos urgentes se han descargado a lo largo de nuestra historia sobre las espaldas de la sociedad argentina sin consulta previa ni consenso alguno. En un país donde las interrupciones institucionales por la vía de los golpes de estado y la anulación de la voluntad popular, el debate parlamentario y la vigencia de la justicia fueron la «solución» para los problemas políticos y sus consecuencias económicas y sociales, que en la emergencia de la pandemia nuestros destinos estén en manos de un demócrata convencido y practicante, es, sin dudas, más una excepción que una regla. Si esta calamidad que azota a la humanidad sin distinciones se hubiera adelantado solo unos meses, el escenario y su protagonista principal en la Argentina sería otro. ¿Alguien lo duda?

III – Una parte de la sociedad, tal vez como mecanismo de defensa ante sus propios errores y pasadas adhesiones, tiende a naturalizar este estado excepcional de un país como el nuestro, con una larga historia autoritaria, que tiene hoy un presidente que ejerce con la convicción de que los acuerdos y los consensos son imprescindibles para la gobernabilidad y no desmerecen su investidura ni erosionan su poder. Está a la vista que ese estilo le ha ganado la adhesión aún de aquellos que no lo votaron y, más aún, de los que vieron su llegada al poder como una nueva edición de aquél «aluvión zoológico» populista que primero imaginaron y luego construyeron como una calamidad para el país. La irrupción del estilo de liderazgo democrático de Alberto Fernández pone en crisis ese paradigma del antiperonismo y parece promover en una parte de la ciudadanía no peronista la maduración de una nueva forma de adhesión política. En virtud de una síntesis que por fin logra conciliar objetivos comunes con una figura que, pese a su procedencia, no parece encajar en las metodologías políticas que cuestionaba. Es, en el imaginario de una porción de la ciudadanía, la irrupción de una nueva clase de político. El peronista democrático.

IV – Es que su estilo y aún su propia forma de presentarse ante la sociedad en esta crisis, remeda más que la figura «roquista» casi paradigmática con que el peronismo se ha presentado desde su nacimiento a la sombra del líder epónimo (y que, con sus matices y contraste han moldeado los liderazgos de Menem, Kirchner o Cristina Fernández), con la de aquél médico de pueblo que a mediados de la década del sesenta irrumpió con sus formas republicanas y su convicción democrática en una Argentina atravesada por la crisis desatada por la proscripción de esa «enfermedad» llamada peronismo. (Fue Arturo Illia una oportunidad que tuvo la Argentina de encontrar un camino para la integración política del movimiento popular iniciado por Perón. Su caída estuvo motivada más por sus éxitos en ese sentido que por sus fracasos). Tal vez hay que buscar en Arturo Illia el antecedente político que explique por qué el estilo de Alberto Fernández es, con todas las diferencias de época pero también con las más que sugerentes similitudes, el que hoy logra una síntesis impensada, que en la Argentina de la «grieta» y sus promotores, parecía un drama insoluble.

V – Fue Illia un político que vio como nadie, con su inteligencia política campechana pero no exenta de agudeza y lucidez, que el país no tenía salida sin el peronismo y que debía ser integrado plenamente a la vida política del país. Tuvo la valentía de sostenerlo contra los factores del poder real y su periodismo asociado (el mismo que hoy sigue marcando la cancha). Si viviera, no podría entender cómo su partido ha elegido hoy ser el furgón de cola de ese mismo poder que lo volteó. Entendería si, la lógica política con que el presidente que más se le parece, intenta hoy, como él lo hizo con valentía pero sin suerte en los ’60, encontrar un camino de integración como alternativa a los que medran con la promoción de la «grieta». (LVS)