“La salud de la madre tierra”

Días atrás se realizó en Rosario una de esas reuniones que pasan desapercibidas para quienes no están directamente interesados, pero que tienen una enorme trascendencia. Fue el llamado Encuentro por la Ciencia Digna que reunió a investigadores de varios países del continente, todos ellos preocupados por la ética científica, sus resultados y aplicaciones.
La ciencia es, según el diccionario de la Real Academia, “el conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente”. Pero más allá de definiciones y teorías, es la ciencia aplicada la que ha producido grandes avances y, en el último siglo, justificada inquietud. En principio porque casi invariablemente los avances más significativos tarde o temprano terminan aplicados a la actividad bélica y son los que han conducido al actual estado de cosas, con abundancia de armas nucleares en muchos países que condicionan la existencia de la vida en el planeta.
Pero ocurre que, mal o bien equilibradas las potencias guerreras, el peligro lo constituyen las ideologías cuando respaldan y se apoderan de la actividad científica y, si bien abundan los ejemplos a lo largo de la historia, esa desnaturalización de la ciencia nunca ha sido tan evidente como en la actualidad. La ideología dominante -el capitalismo- tiene como finalidad primordial el lucro, y para alcanzarlo no repara en medios, ni siquiera en el campo científico. De allí que este Encuentro por la Ciencia Digna “se propone como espacio de encuentro, reflexión e intervención” al preguntarse “ciencia para qué y para quien”; e impulsa un modelo al servicio de los pueblos. Años atrás el académico argentino Oscar Varsavky había llamado la atención -por cierto que sin demasiado eco- sobre los riegos de la ciencia subordinada a las exigencias de una economía desaforada y carente de ética. Ahora la situación ha empeorado.
Hoy buena parte del conocimiento y los avances científicos aplicados en pro de la ganancia han tomado un camino muy peligroso: el de la agresión a la naturaleza. Este desatino puede revestir la forma de pesca indiscriminada, fracking petrolero, avance sobre los glaciares o promoción indiscriminada de herbicidas. Estos, sobre todo, han llevado la actividad agrícola a un límite aterrador, aunque cuidadosamente disimulado por las grandes corporaciones productoras. Una evidencia incontrastable son los afectados por las altísimas tasas de cáncer provocadas por el uso de estos venenos en vasta zonas de Argentina, Brasil y Paraguay donde se registran “tasas elevadísimas de cáncer, linfomas, leucemias, enfermedades autoinmunes, malformaciones genéticas y otras enfermedades en habitantes de comunidades rodeadas por campos de soja transgénica, donde se realizan aplicaciones intensivas de glifosato”. Precisamente hace más de un año la misma entidad de científicos había exigido la prohibición total del glifosato, una sustancia persistente en los suelos agrícolas y cuerpos de agua.
Ese enfoque -tecnociencia la denomina el Encuentro- aparece a menudo como impulsora del progreso cuando “en realidad sólo está al servicio del mercado” señalaron los participantes, y concluyeron que “la salud de los seres humanos depende de la salud de la madre tierra”.