domingo, 27 septiembre 2020
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La salud pública en la columna del haber

En verdad resulta imposible contener la emoción ante el rostro de niña de Nadia Lucero. A sus escasos 22 años acaba de atravesar -y de sobrevivir- la peor experiencia que le puede suceder a una mujer: cruzarse con un varón violento. Los 21 femicidios que conmovieron al país solo en enero son una muestra contundente de lo que se está hablando.
Esto explica la alegría, la solidaridad y la gran cantidad de personas que la acompañaron cuando se retiró del Hospital Lucio Molas junto a sus hijos y el resto de su familia. Ahora le aguarda un trance nada sencillo; en principio contribuir a la investigación judicial para que el brutal ataque que padeció tenga el desenlace que todos esperan: una condena acorde a la gravedad del daño provocado; y en segundo lugar reinsertarse en la «normalidad» de su vida con semejante trauma psicofísico a cuestas.
Pero hay otra arista en esta historia de una víctima de la violencia de género que logró salir para contarla: el accionar del sistema de salud pública. Sus familiares se encargaron especialmente de mencionarlo, y no es casual pues fueron ellos los que pudieron presenciar -en vivo y en directo, cada hora de los 52 días que Nadia estuvo internada- la calidad de la atención que le brindaron los profesionales y auxiliares del Molas. Por no hablar de la contención personal, esa que no se enseña en ningún instituto de formación sino que está presente en quienes sienten el compromiso de trabajar en un hospital público no solo a partir de la aplicación de un saber técnico sino también como un acto de conciencia y de interés genuino por el prójimo.
No es el primer reconocimiento que honra al hospital y a su personal. Infinidad de expresiones de agradecimiento que se publican en las páginas de este medio dan cuenta, casi a diario, de un desempeño y un compromiso que debería enorgullecer a nuestra comunidad.
Sin embargo también debe decirse que para que esto sea posible no alcanza con las decisiones personales de los involucrados directamente en la atención de los pacientes, por más que sea un requisito fundamental. Tiene que haber detrás un soporte político que apueste con fuerza a la salud pública en un país que -como todos saben a esta altura- no se ha caracterizado por la continuidad de sus políticas de Estado y en no pocas ocasiones se vio sacudido por olas neoliberales que no trepidaron en destruir, o poco menos, los avances sanitarios trabajosamente logrados.
En este escenario nacional adverso la sociedad pampeana, a través de todos los actores directa o indirectamente vinculados a la salud pública, ha sabido acumular un saldo positivo. No siempre funcionó de maravillas ni fue un lecho de rosas permanente pues hubo también entre nosotros quienes no defendieron con suficiente énfasis el sistema o defeccionaron en sus responsabilidades. Pero el resultado final es altamente satisfactorio como lo expresan tan bien las palabras de gratitud de quienes tuvieron que pasar por una cama del Molas o acompañar a un familiar.
A la hora de los balances, pocas cosas pueden ser dignas de un merecido reconocimiento como el sistema de salud pública pampeano.