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La tristeza de los niños ricos

DOMINICALES

Como es bien sabido, en el apretado pináculo de la cadena económica vive un 1% de la población mundial, que acapara la misma cantidad de riqueza que el 99% restante, según informa la ONG Oxfam, basada en datos de Credit Suisse. Tenemos muy pocas oportunidades de conocer alguno de esos individuos, recluidos como viven en sus fortalezas. Sin embargo, de vez en cuando nos llegan, desde las alturas, algunas de sus voces, que se expresan con una candidez casi infantil.

Guerra.
Tal el caso reciente del presidente chileno Sebastián Piñera, quien ostenta un patrimonio cercano a los 3.000 millones de dólares. Aunque las comparaciones son odiosas, sirve saber que la fortuna del pobre presidente argentino apenas si supera los 150 millones en la misma moneda.
El transandino venía transcurriendo su segundo mandato con pelota dominada -cual su coterráneo Arturo Vidal- y con unos números macroeconómicos envidiables, cuando de pronto, casi de la noche a la mañana, su pueblo se volcó a las calles a protestar con inusitada energía contra la espantosa desigualdad económica de Chile, y los deficientes servicios públicos que reciben en esa economía privatizada.
Don Sebastián no tuvo mejor idea que afirmar que lo ocurrido era expresión de una «guerra contra un enemigo poderoso e implacable». Y aunque al día siguiente salió a pedir perdón, como se usa ahora, la inesperada sinceridad de su exabrupto no dejó dudas: para él, el gobierno chileno está en guerra contra su propio pueblo.

Clases.
Su expresión no puede sino recordar la ya célebre frase de Warren Buffett, otro millonario verborrágico, quien afirmó que «existe una guerra de clases, es cierto, pero es mi clase, la de los ricos, la que la está librando. Y estamos ganando». Buffett sabe de lo que habla: su fortuna supera los 72.000 millones de dólares.
Desde luego, la expresión «guerra de clases» fue acuñada en el siglo XIX por Karl Marx, un pensador alemán cuyas obras estaban estrictamente prohibidas en la Argentina de la última dictadura militar, al punto tal que la mera tenencia de ese material podía derivar en detenciones y desapariciones. Marx, con su brillante percepción de la economía, predijo claramente que la clase trabajadora entraría en conflicto con los capitalistas.
Pero como los ricos también sabían leer, no tardaron mucho en adoptar el análisis marxista -basado en la dialéctica y el materialismo histórico- para diseñar sus políticas reaccionarias. Hoy sabemos, gracias a los documentos desclasificados recientemente, que la CIA realizó un análisis eminentemente marxista de la situación cuando conspiró para impulsar el golpe de estado de 1973 en Chile.
Pero bien que se hacen los distraídos. Ahora mandan a la OEA y a los políticos habitué en la embajada yanqui, a denunciar que lo de Chile es en realidad un complot venezolano. Si han hecho los deberes y han analizado la situación económica, ya deben saber que las actuales condiciones económicas y sociales chilenas se parecen muchísimo a las del «caracazo» venezolano, caldo de cultivo para el surgimiento del chavismo.

Aliens.
De ser auténtico el audio que se ha hecho viral, la esposa de Piñera, doña Cecilia Morel, comparte no sólo la fortuna, sino también la sinceridad conmovedora de su marido. Ha dicho que el pueblo en las calles le parece «una invasión alienígena», y exhortó a sus compañeras del té canasta a «renunciar a nuestros privilegios» para compartir algo con los de abajo.
Y es que esta gente vive tan aislada que no ha visto pobres ni siquiera en el canal de la National Geographic. La irrupción del pueblo los llena de terror, pero también de extrañeza: ¿de dónde sale toda esa gente, ese «aluvión zoológico» como se lo bautizó aquí en los años ’40?
«Casa tomada», un cuento escrito en aquellos años por Julio Cortázar , ha sido citado varias veces como una metáfora del espanto oligarca ante la irrupción de los trabajadores en la vida pública nacional: una mansión familiar que se va achicando, porque sus aposentos van siendo capturados progresivamente por una fuerza invisible, al punto de forzar el abandono de la casa por parte de la familia propietaria. Ninguno de cuyos miembros se molesta en averiguar quién o qué es ese invasor.
Ya se verá si las elites siguen ignorando las consecuencias de la guerra que han iniciado. Lo que está claro es que el 99% restante de la humanidad se está cansando de esperar que se cumpla la «ley del derrame», que cada vez se parece más a la ley del gallinero. Y ya se sabe qué es lo que se derrama desde las alturas en el caso de esos plumíferos.

PETRONIO