La vida política en tiempo de polarizaciones

SERGIO ORTIZ

En la realidad los colores son mucho más variados que el blanco y negro, la izquierda y la derecha o en términos futbolísticos, de River y Boca. Sin embargo, en momentos de polarización hay que optar por una u otra cosa.

Un ejemplo de esa polarización es la línea divisoria del plan neoliberal y fondomonetarista del gobierno de Mauricio Macri. Los argentinos de diferentes clases y capas sociales, de distintas procedencias políticas e ideológicas y de modo de votar opuesto en 2015 y 2017, vienen polarizándose.

Por lo que dicen las encuestas y lo que muestran las calles, una amplia mayoría cuestiona ese plan y su bandera de ajuste con la consigna del “déficit cero” que bien podría sintetizarse en una calavera. Es que el mismo significa la muerte de mucha gente, sofocada por la pobreza y la indigencia, en los escalones más vulnerables, pero también por las privaciones y los ajustes de cinturón en los de mejor vivir.

El Indec informó que en octubre la Canasta Básica Total para una familia tipo había aumentado 7,5 por ciento, por lo que necesitaba 24.241 pesos para no caer bajo la línea de pobreza y 9.735 pesos para no ser indigente. Hay millones de personas con ingresos inferiores. Y ese universo está siendo empujado a ubicarse en las antípodas del plan que traicionó desde el vamos la promesa de la “pobreza cero”.

Esos datos de la realidad y las estadísticas no significan que mecánicamente todos los afectados vayan a votar de determinado modo. La política no es una ciencia exacta. Intervienen los sentimientos, la propaganda, las fake news, las tecnologías y la venta de humo.

Pero, hoy por hoy, el plan económico macrista pierde por goleada.

Esa parecida situación se vive entre los trabajadores públicos y privados, formales e informales, activos y jubilados. El bono de 5.000 pesos no cambiará la goleada en contra que sufrieron los salarios y jubilaciones a manos de PRO-Cambiemos.

Mayorías afectadas.

Hablando de los jubilados que perciben la mínima, recién en diciembre sus haberes aumentarán de 7.346 pesos a 9.309, con una suba del 28,5 por ciento en el año. Habrán perdido casi 20 puntos porque la inflación en 2018 será de 48 por ciento. En los tres años de Macri, cada jubilado de esa categoría mayoritaria habrá perdido 29.771 pesos.

Noviembre y diciembre pintan como meses donde huelgas y protestas darán más fuerza a esa corriente mayoritaria que cuestiona la línea económica oficial acordada con el poder financiero internacional y el FMI.

No vaya a creerse que esa crítica se limita a asalariados, desocupados y jubilados. Hay un universo más vasto con la clase media y segmentos de las Pymes y la burguesía nacional. De allí viene un dolor comprensible.

No tiene ese mismo componente la queja de Juan M. Urtubey cuando dice no le alcanza su sueldo de mandatario de 97.000 pesos, aunque aclara que tiene ingresos como propietario de campos y negocios. Pero ilustra que aún en las clases dominantes hay aspectos que se critican del plan macrista, aunque vienen de quienes se han llenado los bolsillos con políticas similares a las del actual presidente.

Otro caso parecido es la queja del desarrollista de Nordelta, Eduardo Costantini, que lamenta haber perdido su condición de billonario a raíz de los vaivenes del dólar en la cotización de sus acciones. Pasar de billonario a quien tiene “sólo” 1.2 mil millones de dólares no significa caer en ninguna pobreza. Apenas confirmaría que en la “ley del gallinero” el palo más elevado, donde pernoctan las aves de corral más encumbradas, tiene cada vez menos habitantes. Aunque sean dueños de Nordelta, que fue noticia por la denuncia de las domésticas que allí trabajan. En las Traffic que llegan y salen de esos barrios cerrados no las dejan viajar junto a los propietarios porque “hablan mucho y tienen olor a transpiración”.

Lo que está perimido.

Esta semana se realizó un encuentro sobre el pensamiento crítico del neoliberalismo, organizado por Clacso, Centro Latinoamericano de Ciencias Sociales. El lunes 19 disertaron las expresidentas Cristina Fernández de Kirchner y Dilma Rousseff. También hubo otros oradores muy importantes, como el vicepresidente boliviano Álvaro García Linera y el español de Podemos, Juan Carlos Monedero.

El evento fue muy importante, con 50.000 inscriptos, por mitades argentinos y de la Patria Grande Latinoamericana.

El discurso más esperado y con mayor repercusión fue el de CFK, en parte por su figura política y en parte por su silencio de los últimos meses. En actos masivos llevaba un año sin participar, desde la campaña legislativa de 2017.

No se puede comentar todo ese mensaje de una hora, que debería releerse por quienes tienen más interés en la política. Aunque no develó si será candidata o no en 2019 (parecería que sí), expuso líneas generales de su construcción político-electoral.

Ella planteó un frente social civil solidario y patriótico para superar el neoliberalismo, y afianzar los valores de igualdad y participación democrática. Según la oradora, en ese frente deben participar todos los sectores agredidos por el neoliberalismo, al margen de izquierda y derecha que serían “categorías perimidas”. A modo de ejemplo, pidió la unidad de quienes rezan y de quienes no lo hacen, de los pañuelos verdes y los pañuelos celestes, en relación al derecho de las mujeres a la interrupción voluntaria del embarazo.

A tal punto la expresidenta quiere sumar voluntades para enfrentar a Macri, que acentuó su perfil “propositivo”, cuestionando que a esa cita de Clacso se la llamara “Contracumbre” respecto al G-20. También frenó a la numerosa parcialidad que comenzó a cantar el hit del verano y demás estaciones del año, también con la idea de no ofender y no insultar a nadie.

Para otros oradores, como García Linera y Monedero, en cambio, compartiendo la tesis de la amplitud social frente al neoliberalismo, las categorías de izquierda y derecha no están en absoluto perimidas. El vice boliviano remarcó lo que viene diciendo hace años: que en las victorias de la derecha en la región influyeron las limitaciones políticas y culturales de los gobiernos progresistas. Planteó la necesidad de profundizar también medidas antiimperialistas en cuanto a los resortes fundamentales de la economía. Esta no es una receta teórica sino surgida de la práctica del gobierno del MAS en estos casi doce años, que lo han ubicado como el que más viene creciendo económicamente en la región.

El debate quedó planteado al interior del progresismo, centroizquierda e izquierda, una categoría nada perimida. Se tendría que haber realizado ese balance planteado por el vicepresidente boliviano. Sólo así habrá posibilidades reales de derrotar a Cambiemos y avanzar hacia una mayor democracia, con un soporte institucional superador, lo que demandará una nueva Constitución. CFK dejó abierta la puerta a ese debate una Carta Magna acorde a estos tiempos y a estos desafíos planteados a partir de 2015: ¿qué hacer con un candidato que promete el oro y el moro y luego de elegido -engañando al electorado- reparte pobreza, palos y balas a la gente, y offshore y negocios para los amigos, endeudando el país en 140.000 millones de dólares?

“Contracumbre” en Ferro o Cumbre del G-20, esta es otra polarización frente a la cual hay que tomar posición. Los 50.000 inscriptos en la primera y los muchos miles de críticos más a la Cumbre con Macri de anfitrión, aún con sus matices, ya tienen una postura crítica. El cronista, huelga decirlo, la comparte.

Mundo mejor o peor.

Esas críticas no quieren dejar pasar un mundo donde el 1 por ciento de la población más rica se quedó con el 82 por ciento de la riqueza generada en 2017. Y como se sabe, América Latina, región rica en recursos, es la zona más desigual del mundo.

A una de esas capitales del mundo empobrecido, Buenos Aires, vienen la semana que viene los presidentes de veinte naciones ricas, núcleo conocido como G-20, con otros invitados como Chile y la Unión Europea.

No se puede cometer el error grosero de igualar a Donald Trump con el chino Xi Jinping, por caso, o al magnate neonazi yanqui con Vladimir Putin.

Aún con esas salvedades, los presidentes del G-20 no vienen a solucionar ninguno de los graves problemas que padece el mundo, incluida Argentina. En el mejor de los casos, vendrán a negociar algunos de los cortocircuitos que tienen entre sí esas potencias. Pero, para poner un ejemplo, ninguno de ellos se atreverá a poner sobre la mesa la criminalidad del endeudamiento externo de Macri.

Por eso, entre esos veinte mandatarios habrá matices y diferencias, pero son una suma súper rica que resta al Tercer mundo y por eso deliberarán con zona de exclusión militar y policial. Patricia Bullrich será una policía subordinada a la CIA y otros servicios secretos, en una ciudad sitiada por tierra, aire y mar cercano.

Esos presidentes visitantes no son todos iguales, pero a la hora de la polarización están todos dentro del G-20 y, en cambio, una buena parte de los argentinos afuera.

Todos los matices tienen su razón de ser, pero hay momentos y días en que la polarización hace que se juegue por o aliente a una u otra camiseta, como ayer a una camiseta roja y blanca u otra azul y amarillo. Llegan instantes en que no hay tercera posición.