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La vida social de las plantas

DOMINICALES

Por estos días, y sin importar el inclemente frío de la costa pacífica canadiense, Suzanne Simard recorre los bosques nativos de su tierra natal. Pero no anda en busca de leyendas fantásticas ni de criaturas imaginarias, como esos abominables duendes que inventaron para embaucar turistas en las villas veraniegas. Simard es una científica hecha y derecha (con doctorado y todo) y lo suyo es recoger evidencia para sostener una tesis que vino a poner patas para arriba todo lo que pensamos sobre el mundo vegetal.

Bosque.

Crecida en ese paisaje boscoso, donde jugaba con sus hermanos, y donde su familia extraía leña con técnicas ancestrales, fue casi natural que, a la hora de elegir un campo de estudios, Suzanne se inclinara por la silvicultura (ciencias forestales). No tardó mucho en descubrir que la industria forestal moderna, con sus árboles implantados a distancias regulares, de ejemplares de una sola especie, nada tenía que ver con el bosque eterno que ella había conocido. Y, por cierto, este sistema supuestamente más eficiente no hacía otra cosa que generar árboles mucho más propensos a enfermedades, aunque recibieran más luz y agua que sus colegas del bosque natural.
Sospechando que la causa de estos males estaba debajo del suelo, Simard se dedicó a estudiar las micorrizas: una suerte de simbiosis subterránea entre las raíces de los árboles y los hongos, en forma de hilos. Estos «cables» conectan a los hongos con las raíces, ayudándolas a extraer nutrientes del suelo (como fósforo y nitrógeno) y reciben a cambio azúcares ricas en carbón que los árboles producen mediante la fotosíntesis.
Ya se sabía que las micorrizas sirven además para que los árboles se conecten entre sí, pero hasta entonces, estos organismos sólo habían sido estudiados en el laboratorio, no en la naturaleza salvaje. A esta tarea se dio nuestra heroína en su tesis doctoral, y lo que descubrió es sorprendente.

Teléfono.

Su decisión debe haberles parecido un poco «hippie» a sus colegas, más dedicados a la explotación comercial que a la contemplación del bosque. Hasta recibió algún comentario sexista acerca de que su tesis era «de chicas».
Aquella tesis doctoral se transformó en el trabajo de toda una vida: Suzanne lleva más de treinta años investigando estos secretos comercios subterráneos. Y mediante la investigación del ADN de las raíces, y el trazado del movimiento de moléculas en estos circuitos, descubrió que en el bosque nativo, virtualmente todos los árboles están conectados entre sí, incluso los de diferentes especies. Esa conexión incluye el intercambio de carbono, nutrientes, agua, hormonas y hasta señales de alarma que preparan a los colegas ante el peligro inminente. Es más: estos recursos tienden a fluir desde los ejemplares más añejos en favor de los más jóvenes, y cuando un árbol viejo está a punto de morir, comienza a legar una parte sustancial de sus nutrientes en favor de sus vecinos.
Aún cuando sus descubrimientos fueron vistos con escepticismo al comienzo, las pruebas colectadas -particularmente, las imágenes tipo «cámara gamma» obtenidas mediante la introducción de isótopos radiactivos en este flujo casi telefónico- ya no pueden ser fácilmente desdeñadas.

Comunidad.

Las implicancias de todo este nuevo mundo, esta vida social de los árboles, llegan incluso hasta el terreno filosófico. Y es que desde Darwin, los biólogos se inclinaron por la perspectiva individual, entendiendo la evolución de las especies como una lucha perpetua y descarnada entre individuos, de la que surgiría la supervivencia del más apto, y la consecuente mejora en el pool genético de la especie.
Del otro lado, sin embargo, científicos como Simard ponen el énfasis no tanto en la competencia como en la cooperación entre los organismos vivos, y en la concepción de la naturaleza y las especies como verdaderos sistemas vivientes. Su trabajo demuestra que un bosque no es una colección accidental de árboles que compiten entre sí por la luz, el agua y los nutrientes, sino todo lo contrario: una sociedad que comparte recursos e información, sobre bases solidarias y altruistas. Y lo hacen constantemente, no sólo en tiempos de pandemia.
Resulta, además, que el «cable telefónico» de estas comunidades (la micorriza) está presente no sólo en los bosques, sino virtualmente en todos los sistemas ecológicos, hasta en la inhóspita tundra ártica.
Así que los árboles no sólo intercambian nutrientes, sino también información. Lo cual presupone la existencia de percepciones por su parte, mediante algún mecanismo que no alcanzamos a vislumbrar. No parece arriesgado suponer que esas percepciones nos incluyen a los seres humanos, que somos su amenaza más concreta. Mejor ni averiguar cómo nos ven.

PETRONIO