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La voz de la igualdad

DOMINICALES

Salvo por una reciente película sobre su vida, «La voz de la igualdad», no muchos habrán escuchado hablar por aquí de Ruth Bader Ginsburg, la jueza de la Corte Suprema norteamericana que murió la semana pasada, a los 87 años, por complicaciones derivadas de un cáncer pancreático. Sin embargo, su status como ícono en la lucha feminista, y la atroz batalla que se libra por ocupar su cargo vacante, hacen que su pequeña figura comience a agigantarse.

Pionera.
Cuando RBG ingresó a la Escuela de Leyes de Harvard, en 1956, sólo un 3 por ciento de los profesionales del Derecho en EEUU eran mujeres. Desde un comienzo tuvo que soportar la discriminación, y hasta la acusación agresiva de que su presencia en Harvard -obviamente basada en sus méritos intelectuales- le estaba quitando ese lugar a un hombre.
Pero ella, fiel a un estilo que la acompañaría toda su vida, nunca perdió la paciencia, ni el humor, ni la compostura. Por el contrario, buscó el refinamiento como arma para persuadir. Así fue como pulió su prosa, elegante y concisa, gracias a su profesor de literatura, un tal Vladimir Nabokov. Así fue como pulió su feminismo a comienzos de los años setenta, durante una temporada de estudio en Suecia, que por entonces -y por ahora también- estaba mucho más avanzado en prácticas igualitarias que los EEUU.
Fue a esos casos que se dedicó, como abogada de la influyente Asociación para las Libertades Civiles (ACLU). En una estocada brillante, comenzó a combatir la desigualdad basada en el sexo, tomando casos donde el cliente era un hombre. Por ejemplo, el caso de un viudo al que se le negaba la pensión por el fallecimiento de su mujer. O el de un hombre que solicitaba licencia para cuidar un familiar enfermo, que sólo estaba prevista para mujeres. La desigualdad sexual, demostró por esta vía irrefutable, afecta tanto a hombres como a mujeres.

Persuadir.
Su agenda fue siempre progresista, pero no creía en la imposición, sino en la persuasión. En una opinión que se sigue debatiendo en círculos feministas, Bader Ginsburg sostuvo que el fallo de la Corte norteamericana que en 1971 legalizó el aborto (Roe vs. Wade) no la convencía, por cuanto implicaba una disrupción de la judicatura en el debate social sobre un tema que merecía una evolución y una maduración más intensas. (Ciertamente, con su muerte aquel precedente corre serio riesgo de ser revocado por la mayoría conservadora).
No habían comenzado los funerales de la jueza, que ya Donald Trump estaba anunciando que postularía un reemplazante, y que su intención era lograr su nombramiento cuanto antes. De tener éxito, en sólo cuatro años habrá nombrado tres jueces en la Corte, a cual más retrógrado.
Las motivaciones de Trump no pueden ser más abyectas. Dijo, claramente, que él pensaba que el resultado de las elecciones presidenciales de noviembre -en las que se juega la reelección- terminaría siendo decidido por la Corte, como ocurrió hace veinte años con la elección que George Bush junior le birló a Albert Gore. En pocas palabras, quiere poner a un juez partidario para asegurarse que la Justicia le dé por ganada la elección aunque la pierda (ya en el comicio que derivó en su actual mandato, la candidata demócrata Hillary Clinton lo había derrotado por 2,87 millones de votos en la general, pero no obtuvo mayoría en el Colegio Electoral).

Blasfemia.
La sola idea de que sea la bestia machista de Trump quien llene el vacío dejado en la Corte por esta referente del feminismo, hasta parece una blasfemia. Como lo es también la actitud hipócrita del Partido Republicano, que en el último año de la presidencia de Barak Obama se negó a dar acuerdo para su candidato al máximo tribunal, con el pretexto de que era un año electoral.
Curiosamente, alguien le había sugerido a Ruth Bader Ginsburg que renunciara a su cargo en el último período de Obama, para que fuera un presidente demócrata quien designara a su reemplazante. Pero claramente esta mujer no era fácil de arriar. O acaso estaba confiando en que Hillary ganaría la elección, y deseaba que fuera la primera presidente mujer quien llevara adelante esa tarea.
Como se quiera, este modelo judicial comienza a ser cuestionado por el inmenso poder de los jueces, funcionarios que no representan la voluntad popular. Porque pueden durar en su cargo a voluntad; porque pueden invalidar de un plumazo leyes enteras, que sí provienen de funcionarios electivos. Y porque, en definitiva, pueden hasta decidir que se unja como presidente a quien el pueblo no eligió. Esto es lo que se llama «supremacía judicial» y en parte se replica en nuestro país, cuyo modelo fue copiado de los EEUU.
Como se ve, se trata de un problema sistémico de gran importancia, como lo es el Colegio Electoral y su corrupción de la voluntad popular. Pero de momento los norteamericanos tienen un problema más urgente: saber si la elección de noviembre representará, para ellos, el fin de la democracia.

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