La historia sigue a pesar de los gurúes

Veintidós años atrás, poco después del derrumbe del bloque de países socialistas de Europa del este, Francis Fukuyama, un politólogo norteamericano poco conocido hasta entonces, sorprendió al mundo con una tesis provocadora: “la historia, como lucha de ideologías, ha terminado, con un mundo final basado en una democracia liberal que se ha impuesto tras el fin de la guerra fría”. Con la caída de las utopías socialistas -decía el estadounidense- la lucha de clases como motor de la historia había quedado paralizada y solamente quedaba lugar para el liberalismo democrático.
La idea, a la que no puede dejar de reconocérsele originalidad, tuvo un impacto enorme en el pensamiento de esos años, especialmente porque fue muy promocionada por las usinas occidentales pro capitalistas y porque abría una nueva forma de esperanza para muchas personas ante un mundo abrumado por guerras incesantes y luchas por la primacías entre las naciones. Desde luego que llevaba implícita -o explícita- la idea de la superioridad de los Estados Unidos en el ese nuevo mundo a devenir y convocaba a la resignación en cuanto a las posibilidades de bregar por una sociedad humana más equitativa.
En nuestro país, al igual que en casi todo el resto de América, no pocos periodistas, economistas y filósofos, ideológicamente identificados con una línea de pensamiento conservador, acogieron la idea con gran entusiasmo, sin someterla a análisis alguno, y de ellos bajó a otros niveles en las mismas condiciones, arrinconando a quienes sostenían todavía la alternativa de un mundo más justo y libre de las desigualdades sociales abrumadoras que persisten.
Bastaron, sin embargo, esas dos décadas para que la realidad hiciera trizas la tesis política y filosófica pergeñada por Fukuyama. El pretendido futuro sin guerras ni conflictos quedó cubierto por los enfrentamientos surgidos en todas las latitudes y aunque el gran capital sigue controlando las principales líneas políticas del mundo, no ha solucionado ninguno de los viejos problemas de la humanidad, antes bien continuó agravándolos.
Es tentador conjeturar qué pensará Fukuyama ante una realidad que le refriegan los separatismos en el área de influencia de una Rusia capitalista la que, a su vez, amenaza dejar sin gas a una Europa que marcha políticamente a la rastra de los Estados Unidos. Por su parte en el Viejo Continente parece derrumbarse el sueño de la Unión Europea, que hoy asoma más pensado para beneficio de los banqueros que de los pueblos, y vuelve a aparecer pleno de vigor el fantasma del nazismo y la ultraderecha aun en los países considerados más democráticos.
El Islam, elegido como enemigo por las potencias occidentales para mantener su máquina guerrerista, se expande, incluso bajo las formas más integristas y las “primaveras árabes” caen socavadas por los mismos que decían promover la democracia. El mismo presidente de los Estados Unidos, en su último discurso a las fuerzas armadas, promete descaradamente seguir apoyando la guerra en Siria (cuyas muertes y desplazamientos se cuentan ya en millones de personas) y la eternamente saqueada y sufrida Africa lanza sobre Europa oleadas de desesperados que prefieren arriesgar sus vidas -y ciertamente las pierden con frecuencia y de a centenares- con tal de acceder a una existencia de menoscabo y xenofobia, pero que al menos les asegura el pan.
Los ejemplos anteriores, que constituyen apenas la parte más sobresaliente del escenario global de nuestros días, se dan en el marco de un medio ambiente que los sistemas políticos y económicos deterioran muy peligrosamente, y que en algunos casos ha llegado ya a un punto sin retorno.
Enfrentado a semejante realidad, que en poco más de veinte años ha pulverizado su utopía, qué pensará Fukuyama, en el caso de que esa realidad le permita pensar algo.