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Las cataratas y su proyección local

El gran impacto económico y social que ha provocado el Covid-19 en el mundo y en Argentina hizo que una noticia de singular importancia quedara relegada: las Cataratas del Iguazú están prácticamente sin agua. Las fotografías del lugar son de una elocuencia estremecedora e inmediatamente llevan a pensar en las causas y consecuencia de un hecho tan singular como infrecuente. Las causas son de orden tanto natural como antrópico: lluvias escasas en la cuenca del río Iguazú y el cierre de compuertas en las represas que Brasil construyó aguas arriba de las cataratas.
En cuanto a las consecuencias, se destaca la desaparición del paisaje de «una de las siete maravillas naturales del mundo» a las que se suma el inquietante avance del coronavirus, que desde hace semanas mantiene cerrado el acceso a los parques nacionales, con la consecuente desaparición del turismo. Por estos días pasa menos del 20 por ciento del caudal medio del río.
EI Iguazú es uno de los cursos de agua que, desde el borde de la meseta de Brasilia, confluyen con el río Paraná, generando múltiples posibilidades de generación de energía hidroeléctrica, de las que Brasil ha aprovechado al menos siete y Argentina apenas una: Yacyretá.
Semejante situación en la que intervienen tres países -Brasil, Paraguay y Argentina- ha provocado larguísimas conversaciones diplomáticas y técnicas, a fin de lograr un reparto equitativo sobre el aprovechamiento de esa singularidad geográfica. La presencia aguas arriba de la gran represa brasileña de Itaipú (la segunda más grande del mundo) ha imposibilitado de hecho la construcción de una obra similar en Argentina, la de Puerto Libertad. Argentina y Paraguay crearon en 1971 la Comisión Mixta del Río Paraná (COMIP), con el propósito de armonizar otros proyectos entre ambos países.
Sin forzar el análisis y prescindiendo de las magnitudes de los caudales, la situación tiene similitudes formales con el problema de nuestro río Colorado: la pretensión aguas arriba de un aprovechamiento -Portezuelo del Viento, en Mendoza- sin tener en cuenta los intereses de los abajeños; el riesgo de que ese proyecto deje el caudal del río a merced de las decisiones de los mendocinos, y la existencia de una comisión interprovincial (Coirco) que lleva varias décadas sin llegar a un acuerdo definitivo. Otra similitud es que el Estado de aguas arriba -Brasil y Mendoza en cada caso- accionan en la práctica con los hechos consumados, construyendo obras y operándolas sin considerar las necesidades de aguas abajo y haciendo muy difícil cualquier reclamo posterior.
Como se puede advertir, las similitudes son muy notables, tanto que en niveles técnicos y políticos se suele comentar con preocupación que el (mal) ejemplo argentino de los ríos Atuel y Colorado puede servirle como argumento favorable a Brasil para avanzar en el uso inconsulto de los recursos hídricos compartidos. Esta analogía con sus consecuencias internacionales debería obrar para que los diferendos provocados por el uso de los ríos interiores se canalicen teniendo en cuenta, además de los intereses de todos los Estados condóminos de las cuencas, los intereses de la Nación.