Las cooperativas deben resistir

Pocos indicadores son tan reveladores del funcionamiento de la economía de un país como el consumo de energía eléctrica. Se trata de un servicio que usa tanto la industria como el comercio, los entes públicos como los privados y, además, constituye uno de los consumos básicos de las viviendas familiares. De ahí que resulta verdaderamente preocupante el notable decrecimiento de la distribución de energía por parte de la cooperativa eléctrica santarroseña. Y lo es por partida doble. En primer lugar porque revela un deterioro generalizado en la actividad económica y la calidad de vida de los habitantes de la capital pampeana, pero también porque la caída en la distribución origina en la entidad solidaria un severo problema económico. No es difícil de entender: cualquier actividad que registre pérdida constante de ventas y, a la vez, deba mantener una misma estructura de costos, tarde o temprano verá resentir sus balances.
Tampoco es difícil de comprender que lo que está viviendo la CPE se replica en toda la provincia con sus entidades hermanas, lo cual debería encender luces de alarma en todos los pampeanos. El sistema de distribución eléctrico cooperativizado es un avance extraordinario de esta provincia que la distingue entre las otras del país.
La raíz de estos males está en el calamitoso estado de la economía que castiga sin piedad a todo emprendimiento que deba sostenerse con el consumo interno. Industria y comercio son las principales víctimas de esta política depredadora del macrismo, pero ahora vemos, en nuestra propia provincia, que las empresas prestadoras de servicios de escala local o regional -como las cooperativas pampeanas- también están sufriendo, y a niveles que ya despierta gran inquietud, estos embates destructores.
En las últimas horas se conocieron algunos datos que ratifican la evolución profundamente negativa de otras variables económicas. La caída del consumo llegó en septiembre al 9,2 por ciento con respecto al año pasado y casi al 3 por ciento si se lo compara con el mes anterior. Son cifras catastróficas que denuncian la crisis que atraviesa el comercio minorista y, a la vez, el deterioro profundo en la capacidad adquisitiva de las familias argentinas. Dos caras de la misma moneda.
Insensible a estas calamidades, el gobierno nacional persiste en seguir aplicando recetas económicas que generan desempleo y pobreza al por mayor y, como contracara, ganancias extraordinarias para una selecta minoría. Ni siquiera los resultados devastadores que se observan por doquier en todo el país parecen convencerlo, o conmoverlo, para intentar un cambio de rumbo. Y para peor el reciente acuerdo con el FMI implica una profundización del catecismo monetarista que generará más pobreza y recesión todavía.
La única esperanza que vislumbran millones de argentinos es llegar a octubre del año próximo para terminar con esta pesadilla neoliberal. Mientras tanto los pampeanos deberán apretar los dientes para que, en el tiempo que falta, la profundización del ajuste macrista no se lleve puesto a uno de sus principales logros colectivos: los servicios públicos cooperativizados.