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Las corporaciones desafían al Estado

La pandemia de Covid-19, además de tantas desgracias que trajo, permitió que se abrieran algunos ojos en el mundo de la economía. Hasta en los países más desarrollados y consustanciados con el modelo capitalista contemporáneo comienzan a advertir los riesgos que las mega-corporaciones globales significan para el funcionamiento de las sociedades y los Estados.
La acumulación desmesurada de capital, las megafusiones empresarias, las guaridas fiscales y las escasas regulaciones estatales producto de adherir a las recetas neoliberales, permitieron incubar el huevo de la serpiente que ahora comienza a alarmar incluso a la clase política europea y norteamericana.
Hasta en el FMI analistas y técnicos se muestran preocupados. Advierten que los Estados están perdiendo terreno muy rápidamente frente a estas gigantescas corporaciones y que sus políticas fiscales y monetarias son cada vez más impotentes para frenar las ganancias extraordinarias, asegurar la competencia e impedir la imposición de precios desmesurados.
En verdad esta tensión siempre estuvo presente, pero nunca llegó a preocupar tanto como ahora. Las grandes corporaciones tuvieron como aliados a los gobiernos de los países centrales, al punto de que en muchos de ellos, como en Estados Unidos, los gobernantes provienen de la clase empresarial y, luego de su paso por el Estado, vuelven al mundo de los negocios. Es el conocido mecanismo de «las puertas giratorias».
Lo que ahora cambió, producto de la pandemia, es que esos gobernantes se ven obligados a dar respuestas a demandas apremiantes de la población y encuentran que los Estados están agobiados ante tantas exigencias financieras mientras que las corporaciones registran ganancias siderales y han llegado a acumular capitales en efectivo muy superiores a las reservas de la mayoría de los países del mundo.
No se trata de un tema teórico o alejado de los intereses inmediatos de la población, porque los servicios que estas empresas prestan pesan directamente en las economías familiares (internet, televisión por cable, ventas online, telefonía celular, artículos electrónicos, especialidades farmacéuticas, etc.).
Hasta el presidente de Estados Unidos empezó a adoptar medidas para reducir el poder de las grandes compañías a fin de que bajen los precios y aumente la competencia. También busca reforzar la legislación antimonopólica para prevenir prácticas anticompetitivas y controlar con mayor rigor las fusiones y adquisiciones de empresas por parte de gigantes como Facebook, Google, Apple, Amazon o Microsoft entre otras.
El panorama es tan preocupante que algunos economistas hablan de un regreso a una suerte de feudalismo tecnológico -o tecno-feudalismo- a partir de la acelerada expansión de las corporaciones. El proceso no es neutral porque ese avance se lleva a cabo a expensas del poder del Estado, que es una entidad sujeta al control ciudadano en oposiciones a las grandes empresas privadas. Tampoco es un conflicto ideológico pues es una disputa intra-capitalista. Sin embargo está en juego una pelea de fondo sobre quién ordena y regula las relaciones económicas y los niveles de desigualdad que puede soportar una sociedad que se dice democrática.