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Las dos pestes

El coronavirus se apropió de la vida individual y colectiva de las personas; exige tanto el cuidado de sí -tan caro a cierta tradición filosófica helénica- como el de la comunidad: medicina y política juegan entonces un rol clave en el escenario local y global que impuso la pandemia.
La tensión siempre presente entre individuo y comunidad -magistralmente abordada por Sigmund Freud en uno de los libros emblemáticos del siglo XX: «El malestar en la cultura»- parece salirse de madre y amenaza la precaria estabilidad de las sociedades, ya muy castigadas por una crisis económica y financiera mundial que exacerba las desigualdades. Hay que remontarse a varios siglos atrás para encontrar los mismos niveles de concentración brutal de la riqueza en tan pocas manos frente a las mayorías que ven crecer la pobreza y con ella la ausencia de expectativas.
En un escenario tan sombrío, la derecha política -hoy devenida en ultraderecha en no pocos países del planeta- no vacila en tensar la cuerda y usar la pandemia para sus fines. Cuesta creer que en un país como Estados Unidos los muertos y contagiados sigan creciendo a niveles escalofriantes sin que el Estado asuma un rol más activo. Lo mismo podría decirse para Brasil, la India, Perú o Chile.
En las naciones con gobiernos más sensibles a las urgencias sanitarias y económicas de la población se pone de manifiesto algo que desafía el dogma neoliberal imperante: es el Estado y no el mercado la herramienta más apta para afrontar las gravísimas consecuencias de esta peste que socava, a la vez, la salud de las personas y de la economía.
Las estadísticas confirman que los costos en vidas humanas son muy inferiores en aquellos países con un Estado presente que cuida a sus habitantes. No es indiferente contar con un sistema de salud pública aceptablemente financiado por el erario; su ausencia total o parcial, en cambio, cuesta muy caro en número de víctimas. Y en cuanto al otro terreno sensible, el de la economía, el derrumbe afecta tanto a los países «estatalistas» como «libremercadistas». Es decir, no se cumple la advertencia neoliberal de que si se «distraen recursos en exceso» del Estado en el cuidado de las personas, la actividad económica sufrirá más. La caída afecta a unos y otros en iguales proporciones.
La derecha argentina milita con fervor en el bando antiestatista. El consejo de Macri a Alberto Fernández -«que caigan los que tengan que caer»- habla por sí solo. Las movilizaciones en la vía pública contra la «infectadura», los llamados a ignorar los cuidados elementales, la exacerbación del discurso «anticuarentena», muestran la falta de conciencia comunitaria y el desprecio por la vida de quienes hablan en nombre de la elite económica y sus intereses.
Aquí, en La Pampa, quedó demostrada la eficacia de las medidas sanitarias recomendadas por las OMS y los epidemiólogos. El aislamiento de los brotes de Covid-19, apenas detectados, está logrando controlar la difusión del virus. Es cierto que hay sectores que boicotean el esfuerzo social y gubernamental, pero son minoritarios y, no sin esfuerzo, se los está neutralizando.
La lucha es en dos frentes: el sanitario y el político. En el primero, contra un virus biológico; en el restante, contra uno ideológico. Para el primero se pueden aplicar algunas herramientas médicas; para el segundo el mejor escudo es la conciencia social y política.