Las encuestas, que suelen pifiar, dicen que ganará Hillary

ELECCIONES PRESIDENCIALES EN ESTADOS UNIDOS

Después de una prolongada campaña, hoy serán las presidenciales en Estados Unidos y para renovación parcial del Senado y la Cámara de Representantes. El bipartidismo muestra a Clinton y Trump con chances parejas, con leve ventaja de la primera.
EMILIO MARIN
El sistema político norteamericano es de tipo bipartidista, con el Partido Demócrata y el Republicano, disputándose el Ejecutivo. Hay otras agrupaciones menores, pero esos dos pesos pesados definen cada cuatro años quién se queda con el poder.
Si se habla del poder en un sentido estricto, al color partidario de quien se imponga en las presidenciales hay que sumarle el enorme poder de los congresistas y senadores, del Poder Judicial y mediático, y, tratándose de un imperio, de los monopolios, bancos y demás inversores sintetizados en Wall Street.
Aclarado el poder real de la que presume de ser la “gran democracia del Norte”, se puede volver a la competencia electoral.
En las primarias demócratas se impuso sin grandes sobresaltos la ex senadora y ex secretaria de Estado, Hillary Clinton. Su única competencia durante cierto tiempo fue la que opuso el senador Bernie Sanders, con una propuesta progresista para gravar impositivamente a Wall Street y aliviar con becas a la enseñanza universitaria y seguros de salud. Hillary, en nombre del establishment político le ganó la convención demócrata y Sanders aceptó su derrota, pero algunos de sus seguidores dijeron que no votarían por la vencedora.
Por el lado republicano no hubo forma de parar la carrera del magnate inmobiliario, que se llevó puestos a los candidatos más formales como Ted Cruz y Marco Rubio. Parecía que cada declaración de Trump ofendiendo a las mujeres, prometiendo levantar un muro en la frontera con México y prohibiendo el ingreso de musulmanes, etc, podía arruinar sus chances. Sin embargo, como en ese país hay una extendida derecha y ultraderecha, con fenómenos de racismo y xenofobia, la convención republicana ratificó al multimillonario en lo más alto del podio.
Si se trata de evaluar el contenido político y programático de la campaña electoral y los tres debates presidenciales entre los dos candidatos, se debe concluir que fue rastrero. Dejadas de lado las propuestas progresistas de Sanders, respecto a impuestos a Wall Street y el futuro de la educación pública, Clinton se mantuvo en la continuidad de lo hecho por Obama. Y esa cosecha de ocho años no puede catalogarse de abundante porque a lo sumo mejoró relativamente la economía, hoy con una tasa de desempleo del 5 por ciento pero con el lastre de un PBI que crece sólo al 1 por ciento anual (ese fue un estiletazo de Trump en el debate de octubre, comparándolo con el 7 anual que crece China).
Justamente ese punto económico agitado por el republicano es la única chance real que podría explotar para que hoy le sonrían las urnas. Trump se ha convertido en el vocero de las clases medias y bajas sin estudios universitarios, y que siendo obreros blancos trabajaban en fábricas de Michigan y otros Estados donde se cerraron establecimientos para mandar sus inversiones a México o China. Así creció un justo resentimiento del mundo laboral para con sus multinacionales errantes y con el gobierno demócrata a nivel nacional, aunque algunos de esos Estados tienen gobernadores republicanos.

Dos que no enamoran
Frente a ese intento del republicano por representar a asalariados que pierden el empleo, el presidente en funciones dijo en los últimos actos que no deja de ser contradictorio que un ricachón que no trabajó en su vida, que nació en cuna de plata y que es multimillonario, pueda ser el vocero de esos obreros perjudicados.
Ese estiletazo de Obama fue certero, pero el dedo de Trump revolviendo la herida en tantas ciudades que fueron fabriles y hoy están elaborando el duelo no dejó de ser correcto, al margen del energúmeno xenófobo.
Se supone que, en cambio, gran parte del electorado afroamericano, latino y de mujeres, se inclinará por la ex secretaria de Estado. Incluso pueden votarla ciudadanos habitualmente que lo hacen por los republicanos, indignados con las diatribas contra los inmigantes y las mujeres.
Según recordaba ayer en un informe de la “Televisión Pública”, Jorge Elías, ex columnista de “Gaceta Ganadera”, sobre diez encuestas, Trump aparece ganando en una, empatando en otra y perdiendo en las ocho restantes. El de hoy sería un resultado cantado, pero ya se sabe lo bajo que está el prestigio de las encuestadoras a nivel internacional.
Uno de los últimos sondeos, publicado por The New York Times, aseguró que Clinton ganaría por cinco puntos. Se dirá que es una fuente parcial porque ese diario blanqueó su preferencia por aquella candidata (un tema a discutir en Argentina, el de la supuesta imparcialidad de los medios, que no es tal, o la franqueza de poder expresarse a favor de un candidato determinado, algo que horroriza a la cúpula de Adepa).
Aún con esas mayores chances a su favor, la ex senadora no es una figura popular ni que logre encantar a su propio electorado. Desde su caro bufete de abogada en Chicago hizo su carrera política. Fue la esposa del gobernador de Arkansas, Bill Clinton, en 1993 primera dama, luego senadora dos veces y secretaria de Estado entre 2009 y 2013. Quiere decir que hace 30 años que funge como parte de la clase dominante estadounidense, orientada a la política exterior.
Ella es el puntal de la alianza norteamericana con Israel, en desmedro de los derechos palestinos y otros pueblos de la región. El asesinato de Muammar Khadafy en Libia la encontró con un festejo a las carcajadas. En ese 2011 fogoneó la guerra sucia contra el gobierno sirio de Bashar al Assad, con un saldo de 250 mil muertos. Y si allí Obama no entró directamente en guerra, fue por la oposición de Rusia, China y el Vaticano, no porque la secretaria de Estado no lo quisiera, dulce como estaba tras el asesinato en Pakistán de Osama bin Laden. Las tropelías y guerras de EE.UU. entre 2009 y 2013 tuvieron parte de su culpa.
No así de cruentos, los golpes de Estado contra Manuel Zelaya en Honduras (2009) y contra Fernando Lugo en Paraguay (2012), pueden considerarse de su co-autoría.
O sea que los cargos reales en su contra van mucho más allá de haber usado un servidor privado para sus comunicaciones de la Secretaría de Estado, como le reprochó el FBI.
Son dos candidatos del bipartidismo, que no enamoran a sus votantes. Al resto del mundo tampoco, en particular a latinos y musulmanes, menos que menos en el caso del magnate.

Sistema viciado.
Entre los dos principales candidatos puede haber matices, como que Clinton prefiera la negociación del Tratado Tras Pacífico (TPP) y Trump quiera poner frenos, de acuerdo a su discurso proteccionista. O que la demócrata pudiera continuar con su lenta negociación con Cuba referida al bloqueo, en tanto su oponente no prometa nada bueno, por influjo del lobby republicano en La Florida, atado a la beligerancia con la isla.
Esos rubros son importantes, en particular para las naciones afectadas directamente, pero no habrá cambios copernicanos con uno u otro en la Casa Blanca. El oportunismo de ambos y de sus aliados regionales lo hará más sencillo. Por ejemplo, Mauricio Macri, si gana Trump, le recordará los buenos tiempos compartidos en los ’90, los negocios neoyorquinos conjuntos con Socma y el alojamiento brindado en su quinta Los Abrojos. Y si la vencedora es Hillary, Macri dirá que Argentina tiene más coincidencia con los tratados de libre comercio y que por eso fue a la Fundación Clinton en septiembre pasado, disertando allí.
Los aportes recibidos por los dos candidatos para el tramo presidencial, sin contar el período de las primarias, fue de 460 millones de dólares para la demócrata y 224 millones del republicano, según reporte de la Federal Election Commission, al 30 de septiembre. Por otros conceptos los montos aportados al bipartidismo fueron mucho mayores. La definición insuperable de Fidel Castro respecto a la democracia estadounidense es que se trata de una plutocracia, la democracia de los ricos.
Si gana Hillary, que no es ninguna pobre, tal aserto estará justificado. Y si lo hace Trump, con un patrimonio superior a 10.000 millones de dólares, mucho más.
Los defensores del modelo yanqui dirán que en lo formal compiten 29 partidos. Por ejemplo, están allí Jill Stein, candidata del Partido Verde; Evan McMullin, un ex agente de la CIA; Gary Johnson, del Partido Libertario o Liberal, y Mónica Moorehead, de la izquierda, el Partido Mundo Obrero (WWP).
Como ese bipartidismo no repara demasiado en las necesidades populares, la votación se realiza un día laborable, martes. El voto no es obligatorio por lo que concurre a emitir su sufragio alrededor del 50 por ciento de las personas empadronadas. Como quien gana lo hace con alrededor de la mitad de esa concurrencia, es acertado decir que al presidente norteamericano lo vota o elige un 25 por ciento del electorado.
Además no se trata de una elección directa. El sistema norteamericano es indirecto, pues se eligen los miembros del Colegio Electoral, que posteriormente determinarán quién es el nuevo presidente, sin descartarse cambios de bando, anunciados o no. Para ser ungido presidente se necesitan 270 de los 538 integrantes de ese colegio. También en ese sentido el sistema yanqui luce como muy atrasado.

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