Las incógnitas que depara este 2019

UN AÑO CON PERSPECTIVAS ECONOMICAS NADA ALENTADORAS

Las tendencias mundiales y la crisis interna, que impulsan disputas y tensiones, son las verdaderas
fuentes de la incertidumbre que domina el año electoral.
EDUARDO LUCITA*
El inicio de todo año es un buen momento para analizarlo desde una mirada prospectiva. Conviene comenzar por el contexto en que está inserto el país, luego continuar con el criterio ordenador de la economía y finalmente cómo sobre ese cuadro se comportan las clases y fracciones de clase.

Las tendencias mundiales.
El mundo atraviesa por un momento de alta volatilidad financiera y una disputa geopolítica entre las dos grandes potencias de este tiempo. Ambas situaciones influyen en nuestro país que como sabemos es un país capitalista históricamente dependiente, que merced a las desregulaciones y libre movimiento de capitales instaurado desde el 2015 está totalmente subordinado a las tendencias mundiales.
La economía de EE.UU. (25% del PBI mundial) ha crecido a tasas importantes (5 por ciento) en los dos últimos trimestres del 2018, sin embargo la disputa con China amenaza con llevar a la economía mundial a la recesión en el 2020, si no antes. Sin embargo la disputa comercial, que en los últimos días parece haberse atemperado, es solo el emergente de un conflicto más amplio por quien domine la llamada Cuarta Revolución Industrial. Esta disputa tiene también expresiones geopolíticas en los diversos continentes. En nuestra América Latina, EE.UU., China y también Rusia, están presentes en la crisis venezolana, a fin de año habrá elecciones en Uruguay, Bolivia y en nuestro país. Todo presidido por la asunción de Jair Bolsonaro en Brasil y de López Obrador en México, que pueden ser determinantes para el rumbo de la región.

La base material.
El criterio ordenador de la coyuntura económica en nuestro país es la deuda, que ha crecido rápida e irresponsablemente, en estos tres años, siendo hoy del orden del 100 por ciento del PBI, por lo tanto lo es también el acuerdo con el FMI, que evitó un nuevo default en el 2019, pero no alejó los riegos en los años venideros.
Según las últimas estimaciones de organismos internacionales el 2018 cerró con una caída de 2,8 por ciento y las previsiones para el año en curso arrojan que continuará la contracción económica con una nueva caída de 1,7. Si se cumplen estas previsiones el resultado de los cuatro años del gobierno Macri arrojarán una disminución del PBI de 3,5 puntos, que medido en términos “per cápita” resultan una caída de 7,5 puntos. Producto de la fuerte caída de los ingresos, del consumo y de la inversión, pérdida de empleos, desocupación que superará los 10 puntos y una inflación que no será menor al 30 por ciento. La caída de este primer trimestre será muy fuerte, sobre todo al compararse con el primer trimestre del 2018 cuando se creció un 3,6 por ciento, pero el último de este año al compararse con el último del año pasado, que fue muy malo, dará cierta recuperación. Será un efecto estadístico, que difícilmente lo registre la gente. Se supone que la economía comenzaría a crecer en el 2020, siempre y cuando las metas fijadas por el FMI se cumplan. Por el contrario si hay que renegociar el acuerdo y reestructurar la deuda el ajuste continuará, cualquiera sea el nuevo gobierno, y la economía tendrá un comportamiento de muy baja o nula intensidad.

Posicionamientos sociales.
Todo proceso económico tiene ganadores y perdedores. Entre los primeros la banca, el campo, la energía, la minería y los servicios. Entre los segundos textiles, electrónica y línea blanca, calzados, materiales de construcción, autos y motos. Unos y otros viven una realidad diferente y contradictoria, hay puja de intereses.
Para el gobierno de Macri y la alianza Cambiemos -que expresan los intereses de las clases dominantes y las representan políticamente- no hay plan B. Para la oposición en sus diversas variantes peronistas -Unidad Ciudadana, Argentina Federal- se trata de proponer un plan alternativo, pero más allá de las dificultades internas -disputas de grupos y personalidades- no lo logra todavía, porque no encuentra una fracción del capital de cierta magnitud sobre la cual apoyarse.
Las clases subalternas -trabajadores y sectores populares, pequeños industriales y comerciantes- están desamparados, golpeados y atravesados por la crisis no pueden confiar más que en sus propias fuerzas. Las resistencias y movilizaciones se multiplican día a día, pero en su gran mayoría resultan fragmentadas y dispersas, no poca responsabilidad les cabe a las direcciones sindicales y sociales. Las primeras parecen obedecer a un pacto no explicitado y las segundas parecen sometidas por un flujo de fondos más que significativo (“pedimos diez y nos dieron once” confesó uno de sus principales dirigentes), y casi todas subordinadas al cronograma electoral. Así el 2019 electoral se impuso a la resistencia activa, que solo es sostenida por sectores de izquierda y grupos más combativos del movimiento social en general.

No todo está en calma.
La estabilidad del tipo de cambio y la decisión de la FED en EE.UU. de no volver a subir la tasa de referencia, junto a la apertura del periodo de las exportaciones agrarias, han traído cierta calma pero no eliminaron las tensiones. El gobierno apuesta todo a mantener bajo control el valor del dólar mientras comienza a hacer girar el debate político en torno a la seguridad. El impacto Bolsonaro es muy claro y la mayor derechización del gobierno arrastra también a la oposición.
Sin embargo no todo está en calma. El analista de La Nación Eduardo Fidanza, en la edición del sábado 29 de diciembre último, señalaba -en una frase que vale la pena reproducir- dos síntomas alarmantes: “La fragmentación al interior de las élites y el desahucio de la economía real”, y completa: “Una sorda guerra de intereses en la cima, mientras en la base sucumben los emprendimientos y las pequeñas y medianas empresas que sustentan el empleo. Eso para no hablar de la pobreza. En fin, una densa trama de conflictos, recesión e injusticias, de las que emana recelo en incertidumbre”.
¿Qué pesará más en el las próximas elecciones: una situación económica nada alentadora; un cuadro social degradado pero que parece controlado o una perspectiva política que -por el oficialismo o por la oposición- no ofrece un futuro esperanzador, pero que no deja de ser una perspectiva?

*Integrante del colectivo EDI (Economistas de Izquierda).