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Las mujeres de la Matria

REVOLUCIONARIAS DE MAYO

A 211 años de la gesta, interpeladas las representaciones femeninas reducidas a mazamorreras y damas antiguas con peineta y mantón, se visibiliza por fin en clave de
género a las mujeres revolucionarias.
VICTORIA SANTESTEBAN*
La historia oficial, la escrita por los varones blancos de elite, es la que generación tras generación, de aquel 25 de mayo de 1810 a hoy ha sido contada en manuales ilustrados. Recién con el auge de otra revolución, la feminista de nuestros días, es que se revisa en clave de género los sucesos que dieron con nuestro primer gobierno patrio. De la invisibilización y la romantización del rol femenino durante los tiempos de una Argentina ya dispuesta a autogobernarse, al reconocimiento de la participación de mujeres que hicieron más que organizar tertulias, ser esposas de, bordar uniformes y cantar el himno, tuvieron que pasar más de doscientos años. Por fin, cuenta ahora la historia matria que las mujeres también hicieron propia en cuerpo y alma, la causa revolucionaria.

La historia patriarcal.
Mirar hacia atrás en clave de género no importa un revisionismo absurdo que se desentienda del contexto, sino que supone justamente un análisis situado en el que el patriarcado indiscutido repartía marcadamente los roles en función de los géneros. En la historiografía de la época, la construcción de los hechos se hizo a partir de la exaltación del rol de ese varón, del pater familiae, que participaba en la arena pública y daba su vida por la patria. Las mujeres, en contraste, relegadas al ámbito doméstico y de cuidado del hogar, eran junto con los demás grupos desventajados -niños, niñas, esclavos, esclavas- consideradas bajo el presupuesto de la minoridad e irracional pasional. La exaltación de la imagen masculina, de los padres de la patria, responde a la voluntad de la época en la que los cimientos del Estado Nacional aparecen ligados de manera indiscutida a la virilidad, a la que se le adosan los estereotipos masculinos de fortaleza, inteligencia y arrojo. La canonización de los héroes de la patria ha conducido a estampar en el imaginario colectivo la noción de hombres excepcionales, y esto no sólo socavó cualquier intento de visibilización de las mujeres, sino que además imprimió en la conciencia popular que no cualquier ciudadano de a pie reviste los atributos cuasi divinos de aquellos próceres. Es decir, la pluma era patriarcal a la vez que racista y clasista, de modo que los retratos en los halls argentinos muestran a esos varones blancos, de elite que -junto con demás protagonistas anónimos de la revolución- construyeron una Argentina libre y soberana.

Participación femenina.
Pensar en las mujeres de la revolución requiere también reconocer su participación diferente conforme al estrato social al que pertenecían, para evitar universalizaciones que se desentiendan de estas diferencias. A las claras, una mujer de la elite porteña y una mujer de clase popular encarnarían una participación distinta por los diversos factores de vulnerabilidad que atravesaban a unas y otras. Rescatar las experiencias femeninas de la época exige entonces atender a todas sus variantes: criollas, españolas, de clases populares, de elite, esclavas, indias, jóvenes, adultas. De allí que repensar en clave de género el escenario nacional y la participación femenina de aquel entonces, importa distinguir entre el rol de esas mujeres desde el espacio doméstico resignificado, a partir de la politización de cada rincón de sus casas, del de aquellas que ocuparon espacios de antaño masculinos, como es el campo de batalla.

Tertulias y combates.
La politización del ámbito doméstico, del lugar por antonomasia femenino, significó dejar entrar los asuntos públicos al hogar, y así las mujeres letradas de la época se convierten en anfitrionas para la discusión política de la elite revolucionaria. Sin embargo, el desafío a los límites de lo público y lo privado a partir de esa participación femenina en el debate político al interior de sus casonas se redujo en la historia oficial en la romantización de mujeres como Mariquita Sánchez de Thomson, Melchorra Sarratea, Flora de Azcuénaga, Casilda Igarzabal, Mercedes Lasala de Riglos, Isabel Agrelo o Ana Estefanía Riglos a quienes se las redujo a organizadoras de tertulias y entonadoras de las estrofas del himno nacional. También en la defensa de Buenos Aires se registra el actuar de mujeres como Manuela Pedraza que combatió en las primeras invasiones logrando el grado de subteniente de infantería, y de Martina Céspedes, que capturó a once ingleses en su negocio de despacho de bebidas. Por su parte, las batallas revolucionarias contaron con mujeres entre las tropas y es aquí donde la visibilización de heroínas como Juana Azurduy comienza a aparecer en la historia oficial, aunque después de 200 años de su participación. Macacha Güemes, hermana de Martín Miguel, coordinó acciones de espionaje junto con otros nombres recuperados de la época: Celedonia Pacheco de Melo, Juana Torino, María Petrona Arias, Andrea Zenarruza de Uriondo y doña Toribia la linda. María Remedios del Valle, la madre de la patria, esa argentina de origen africano que fue enfermera y tomó las armas en batallas como la de Tucumán, Salta y Ayohúma, y que se incorporó luego a las fuerzas de Güemes, fue nombrada capitana por Belgrano y es otra mujer recuperada de esta historia que escatimó tinta en reconocerles patriotismo. En este proceso de recontar la historia, los nombres de Bartolina Sisa y Micaela Bastidas Puyucawa evidencian asimismo la presencia de mujeres en los ejércitos revolucionarios: Micaela fue la principal consejera de Tupac Amaru y Bartolina, esposa de Túpac Katari, tuvo un rol fundamental en el levantamiento del Alto Perú.

Historia matria.
A 211 años del primer gobierno patrio, interpeladas las representaciones femeninas reducidas a mazamorreras y damas antiguas con peineta y mantón, se visibiliza por fin en clave de género, a las mujeres revolucionarias de la patria en gestación. Este enfoque también revisa esa historia patriarcal de batallas, belicosa, de héroes canonizados, enarbolada en doctrinas de seguridad y defensa nacional, amurallada, para esbozar narrativas que reversionen la noción de patria, como anfitriona, dispuesta al asilo, a las alianzas y a convertirse en hogar, como destaca Rita Segato. Una patria sorora de las vecinas, para la Patria Grande, que reconstruye los hechos desde esta perspectiva de género y decolonial, lejos de plumas tergiversadoras y cuentos romantizados. Que viva esa patria, la compañera que invita a todxs a la revolución y a los beneficios de la libertad.

*Abogada. Magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles.