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Las operaciones y la violencia de derecha

Una gran operación montó la derecha política y mediática semanas atrás para ocultar una información por demás incómoda para ella: el contrabando de pertrechos bélicos a Bolivia durante el gobierno de Mauricio Macri para apoyar al golpe de Estado contra Evo Morales. En ese momento la gran maquinaria de la prensa corporativa batió el parche con los «varados» en el exterior -en realidad, unos pocos miles de argentinos- que «no pueden regresar» por las medidas sanitarias dispuestas en los aeropuertos -al igual que en muchos otros países- para frenar el ingreso de la peligrosa variante Delta del Covid-19.
Con ligeras modificaciones de forma, por estos días maniobran en el mismo sentido. Desde los grandes medios porteños están escudriñando en el registro de visitas a la residencia presidencial de Olivos para tratar de detectar algún nombre «polémico» (adjetivo preferido del periodismo derechoso). Se trata de un artilugio para intentar bajarle el precio a la escandalosa visita de jueces y camaristas a Mauricio Macri -en sus tiempos de jefe de gobierno- que se reflejaban inmediatamente en embestidas judiciales contra dirigentes opositores.
De tal modo la derecha política y mediática pretende igualar sucesos absolutamente diferentes desde el punto de vista de su gravedad institucional. La televisión -con su habitual inclinación a enrasar y trivializar todo- le viene muy bien para lograr su propósito, como también los furiosos gritones que tiene a disposición para atacar con niveles de violencia verbal inusitada a sus adversarios.
Dos visitas a la residencia de Olivos merecieron especial atención. Las dos fueron protagonizadas por mujeres, y sobre ambas se divulgaron acusaciones de la peor calaña. Sobre una de ellas -la conocida actriz Florencia Peña- dos diputados macristas, Fernando Iglesias y Waldo Wolf, descargaron una artillería misógina digna del medioevo. Llegaron al extremo de acusarla de prostituirse ante el propio presidente, una imputación que desnuda el nivel de ceguera que embarga a ambos dirigentes en su afán de llevar a tal punto el ejercicio público de la violencia machista.
No es raro encontrar expresiones violentas en la derecha -la historia es una fuente inagotable de ejemplos-, pero así y todo no conviene pasarlas por alto. De ahí que, en otro terreno, la incursión de Patricia Bullrich por la provincia de Chubut tampoco debiera ser ignorada. En un acto explícito de provocación la presidenta del PRO se filmó posando en Cushamen, el sitio en donde Santiago Maldonado murió ahogado rodeado de gendarmes que habían ingresado sin autorización judicial al Pu Lof mapuche. Bullrich, en pose desafiante pretendió refutar un presunto «relato kirchnerista» y dijo que hablaba en nombre de la «verdad». Toda una burla ante el accionar canallesco de dos jueces federales que nunca se interesaron por llegar a la «verdad». Infinidad de pistas se desestimaron, nunca se hizo la reconstrucción del hecho y se investigó más al entorno del fallecido que a sus presuntos victimarios. Pero esos «detalles» no les interesan a los representantes de la derecha, porque nunca les interesó la razón sino la fuerza. Está en su ADN.