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Las tareas de cuidado

APORTES JUBILATORIOS POR UN TRABAJO INVISIBILIZADO

El reconocimiento de aportes por tareas de cuidado se erige como política pública con miras a acortar la brecha de género. «Eso que llaman amor, es trabajo no pago».
VICTORIA SANTESTEBAN*
El pasado 17 de julio, vía decreto 475/21, el gobierno nacional dispuso el reconocimiento de aportes por tareas de cuidado, en el marco jubilatorio nacional. La medida se direcciona a mujeres que tengan la edad requerida para jubilarse, no cuenten con los años de aportes necesarios y tengan hijos o hijas. A partir del 1 de agosto, se puso en marcha el decreto por lo que la Anses ya está en condiciones de otorgar estas jubilaciones; como pudo leerse en la edición de La Arena del día de ayer, en Santa Rosa la Anses ya recibió 18 mujeres en su primer día de efectivización.

Cuidado.
El reconocimiento de aportes por tareas de cuidado se erige como política pública con miras a acortar la brecha de género. La división sexual del trabajo dictada por el patriarcado encomendó a varones a salir del hogar para «trabajar», mientras las mujeres quedaron en casa al cuidado del grupo familiar. Hasta nuestros días, la división sexista de tareas impacta en la cotidianeidad de las mujeres a tal punto que, a pesar de los espacios laborales conquistados, de las leyes de cupos y de los piedrazos a los techos de cristal, las mujeres continúan estando a cargo de las tareas domésticas y de cuidado. En Argentina, las mujeres realizan más del 75% de este trabajo no remunerado y dedican, en conjunto, 96 millones de horas diarias de tareas domésticas y de cuidado. En caso de existir niños o niñas, la dedicación es aún mayor, con una brecha de casi cinco horas respecto de los varones. En este marco, las licencias por maternidad y paternidad continúan enquistando la brecha en relación a las tareas de cuidado, con 2 días para padres y 90 para madres. Conforme estos números, las mujeres afrontan jornadas laborales dobles o triples. Que las mujeres sigan estando a cargo de tareas de cuidado impacta negativamente en su desarrollo personal y profesional, en la capacidad productiva y educativa y en la participación en la vida pública.

Trabajo.
«Eso que llaman amor, es trabajo no pago» denunciaba la feminista italiana Silvia Federici, en referencia a la encomienda histórica de las tareas de cuidado en cabeza de mujeres y niñas. La división sexual del trabajo logró convencer de que las mujeres «naturalmente» están prestas al cuidado de la familia y así la metáfora de la reina del hogar buscó vender como reinado cómodo a lo que era, en verdad, servidumbre. Este mundo privado vinculado a la reproducción de la vida, lo doméstico y al cuidado asignado por la estructura patriarcal, como estructura de poder, importó su invisibilización histórica como verdadero trabajo. En la dicotomía capitalista y patriarcal de producción-reproducción, sólo la primera quedó considerada como actividad laboral. Hoy, la interpelación a cada fibra de este sistema hace a la conclusión de que la economía del cuidado es trabajo, independientemente de la existencia o no de contraprestaciones remuneratorias. El ninguneo de antaño contra las tareas de cuidado es, por fin, cuestionado. Las tareas de cuidado se erigen como actividades constitutivas de la sociedad, indispensables para su mantenimiento, que involucran tanto elementos materiales como emocionales y permiten el sostenimiento y la reproducción de la vida, por lo que atraviesa a todas las personas.

Masculinidades.
La visibilización de las diferencias en las relaciones de género, de los lugares asignados y su reconfiguración da lugar a nuevas formas de relación y de zambullida al mundo, al privado y al público, con fronteras ahora más flexibles entre ambos. El núcleo familiar ya deja de ser jurisdicción exclusivamente femenina en la que el varón era, en todo caso, mero colaborador, o ayudador serial que exasperaba por su pretensa falta de competencias en un mundo doméstico que le parecía ajeno. La co-responsabilidad y la co-parentalidad aparecen como palabras de un léxico que apuesta a compartir y participar por igual puertas adentro y afuera. Interpelar la asignación del rol doméstico y de cuidado ha ido desarticulando antiguos lastres para habilitar nuevas convivencias. Que las tareas de cuidado estén también a cargo de varones, permite nuevas masculinidades, y generaciones de mujeres que no tengan que afrontar dobles o triples jornadas, remuneradas y no remuneradas.

Aportes.
El reconocimiento de aportes por tareas de cuidados recupera su valor social, entendiéndolo como trabajo que insume esfuerzo y tiempo, que requiere de competencias y que es generador de valor económico. La actual disposición en materia jubilatoria visibiliza al cuidado como trabajo, incluso ante la inexistencia de remuneraciones: su condición de trabajo, propiamente dicho, es independiente a las contraprestaciones, por lo que este reconocimiento importa también salirse de los binomios patriarcales y capitalistas de producción/reproducción, público/privado para hacer frente a las desigualdades estructurales en materia de género. La medida identifica la desigualdad de años de división sexual del trabajo, generadora de las brechas intra e intergeneracionales y de género al interior de las familias, en las que las eternas cuidadoras han sido las mujeres. Este reconocimiento del Estado a su trabajo al interior del hogar detenta el valor simbólico de cuidar a quienes siempre cuidaron: las que juntaron kilómetros llevando y trayendo al médico, al colegio, a reuniones del colegio y cumpleaños, las celadoras de las noches en vela, las que tenían lista la comida, las que postergaron sueños. Quienes seguramente hicieron todo esto con y por amor, pero también porque no había nadie más que ocupara el puesto. Ahora, por fin, su trabajo de años es reconocido por un Estado que advierte de la nocividad patriarcal sobre la cotidianeidad y el proyecto de vida.

*Abogada, magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles.