Inicio Opinion Las violencias del verano

Las violencias del verano

DIVERSION PATRIARCAL

Los boliches son los espacios (semi)públicos en los que muchas víctimas de femicidio fueron vistas por última vez. El precio de la diversión se paga con la vida cuando el varón es quien realmente dispone de los cuerpos.
VICTORIA SANTESTEBAN*
Esta semana en Mar del Plata, una estudiante de 24 años denunció ante el INADI al boliche «Bruto» por un acto de gordofobia al no dejarla ingresar al lugar. Su cuerpo de dimensiones distintas a las hegemónicamente impuestas la dejaron afuera, como si para entrar y salir a lugares habría que respetar pesajes, como si el derecho de admisión amparara actos de discriminación lisos y llanos. También en la puerta del boliche «Le Brique» de Villa Gessell, el 18 de enero del año pasado, Fernando Báez Sosa, de 18 años, era asesinado por un grupo de rugbiers. Gordofobia, machismo, capitalismo, racismo, clasismo conforman un cócktail que no pasa de moda en boliches donde generación tras generación se reproducen las lecciones patriarcales de cosificación de cuerpos y violencias en todas sus formas. Asumiendo el rol de contralores de pesos y colores para que la playa y el boliche sean de exclusivo disfrute blanco y flaco, velan por la estética esclavista patovicas y clientes que con la etiqueta vip enrostran el odio y el miedo de que la diversión sea un derecho.

Gordofobia patriarcal.
Hay una policía de los cuerpos que arremete con mayor salvajismo durante el verano. El uniforme y la gorra son los comentarios sobre el cuerpo ajeno como espacio de opinión pública, son las bikinis que sólo entran en cuerpos escuálidos, son los planes de adelgazamiento y la industria estética, son los patovicas que dejan pasar gratis a las chicas lindas conforme cánones arbitrarios para mandar a sus casas a las otras. Como veedores de que la lógica patriarcal se reproduzca hacia el interior y en la puerta del boliche, el patovica encarna la Gestapo que mide, pesa, olfatea y reprime cuerpos que escapan a la norma. La industria bolichera se nutre de las chicas que entran gratis para que paguen la entrada y el alcohol los varones que salen de «levante», a la «caza» y la «pesca», dando cuenta de un lenguaje que cosifica a la mujer en calidad de trofeo, presa o cualquier objeto inanimado válido para la metáfora machista del varón que sale para llevar algo a casa. La naturalización de esta cosificación de los cuerpos de las mujeres, para la diversión y el deseo de los varones sustenta la lógica de boliche que supedita la entrada de chicas a un único modelo válido de belleza, de pesos y colores específicos. Es que las chicas «lindas» garantizan las ganancias de un mercado funcional al capitalismo patriarcal: el varón paga en dinero la entrada e invita a la mujer a un intercambio que a ella le toca en especie.

Derecho al goce.
Los boliches son los espacios (semi)públicos en los que muchas de las víctimas de femicidio fueron vistas por última vez. El precio de la diversión se paga con la vida cuando el varón es quien realmente dispone de los cuerpos. Clarín reafirma el machismo y condena la diversión de las mujeres cuando titula que Melina Romero, víctima de femicidio, era una fanática de los boliches. El boliche ha sido contexto para salvar a violentos y femicidas, mientras siguen quemándose los cuerpos ultrajados de mujeres y trans. Un periodismo y una justicia que se ensañan con la vida de mujeres que sólo quieren divertirse, en especial con las más jóvenes, responsabiliza a las víctimas por sus femicidios dejando impunes a los varones que hicieron uso y abuso de cuerpos y vidas sobre las que ejercen un pretenso derecho de propiedad. Lo que jode es el deseo, escribe Luciana Péker cuando analiza que no es casual que los femicidios de mujeres jóvenes se den en contextos preparados para la diversión. Molesta ese deseo joven y genuino de disfrute, ese ejercicio intenso y pleno del derecho a la vida, que va más allá del mero respirar. Molesta tanto la libertad de las mujeres, su anhelo de ubicarse a la misma altura de ese varón acodado en la barra, que el miedo del hombre a la mujer sin miedo se materializa en abusos, golpes y muertes.

Masculinidades.
El boliche también es escenario de reproducción de lógicas machistas porque aparece como espacio de reafirmación de la virilidad: agarrarse a las piñas con otros varones como rito prehistórico para vanagloriar el triunfo de la fuerza bruta como certificado de hombría culmina en asesinatos como el de Fernando Báez en enero de 2020. El modelo de masculinidad validado por el patriarcado violenta a mujeres y varones, encomendándole al varón la obligación de violentar para reafirmar su condición de tal. Los varones no lloran ni nada les duele en un mundo donde se enseña que correrse del compartimento celeste al rosa es sacrílego por desviado. El boliche se presta para reforzar ese modelo de masculinidad a las piñas y en grupo, en «fratrias», en cofradías masculinas, como explica Rita Segato, refiriéndose a cómo operan grupos de hombres en manada para la violencia. Los lemas patriarcales se potencian en grupo, en el que existe el coraje y la arenga para violentar con mayor seguridad, y para demostrar a los demás integrantes cuán macho se es. Las violaciones masivas y las muertes a las piñas son compartidas en grupos que vitoreados por los mandatos de antaño que arremeten contra el cuerpo de mujeres y varones, para su posesión y reafirmación de pretensa virilidad. La muerte de Fernando responde a ese mandato de violencia en el que los varones se prueban la hombría, reforzados por componentes raciales y de clase que sustentan su odio al otro.

Democratizar la diversión.
El boliche así presentado es solo lugar de diversión para un sector históricamente privilegiado: el hombre blanco, heterosexual, propietario. El que tuvo siempre el derecho al voto y al diseño de constituciones y leyes para su exclusiva titularidad. La diversión, el goce, la disposición del propio cuerpo, el disfrute del derecho a la vida aparece como de exclusiva titularidad de ese varón con privilegios de clase, de raza, de género y orientación sexual. Para democratizar la diversión importa desarticular el andamiaje que aún vigente ejercita un pretendido derecho de admisión para decidir quién puede pasarla bien y quien no. Así las cosas, el boliche es una fiesta en la que sólo se divierten unos pocos, y a la que mejor no nos inviten. La perversión de que el disfrute tenga costos mortales para ciertos grupos, da cuenta de que es hora de que se cierren las puertas de los lugares reproductores de lógicas vetustas. Porque si la diversión es patriarcal, no es divertido.

*Abogada. Magister en Derechos Humanos y Libertades Civiles.