Las conquistas sociales de la revolución explican por qué perduró pese a bloqueo de EEUU

Casi todo debe estar ya listo para el festejo en Santiago de Cuba del medio siglo de revolución. Ese 1º de enero aún estará George Bush en la Casa Blanca y no entenderá nada de por qué él se va del poder y Cuba festeja.
EMILIO MARÍN
Diez administraciones norteamericanas pasaron por el Salón Oval, algunas con dos mandatos, y no pudieron con la pequeña Cuba a la que quisieron estrangular con el bloqueo económico, las invasiones militares, los 633 atentados terroristas diseñados por la CIA contra Fidel Castro y hasta la siembra del dengue hemorrágico en la década del ´80. No pudieron.
La pregunta inevitable es por qué. ¿Por qué fracasaron si son las autoridades del más formidable imperio de la historia, munido del poder del capital y las armas atómicas? Entre Goliath y David no había las diferencias de poderío material que hay entre Estados Unidos y Cuba.
Esta es una pequeña isla rodeada de mar, ideal para ser bloqueada por la Armada de la superpotencia, que hizo eso y mucho más. Por ejemplo, tendió un “cordón sanitario” alrededor de América Latina mediante los “Operativos Unitas”, debutantes al año siguiente de la revolución.
Aquella pregunta puede ser formulada de otro modo. ¿De dónde sacaron tanta capacidad de resistencia los cubanos?
Una parte de la respuesta tiene que ver con la historia: los pueblos se rebelan ante tantas injusticias. La isla fue la última en independizarse de España. En enero de 1899, el General Adolfo Jiménez Castellanos, el último capitán español, abandonaba la isla a bordo de un vapor alemán. O sea que hubo 400 años de colonialismo, del peor, pues los españoles habrían sido los descubridores de la modalidad de los campos de concentración, y no los ingleses en su conquista en Sudáfrica.
Aquella independencia tardía fue también trucha, pues intervino EE UU para apoderarse de los frutos de la lucha empezada en 1868 por Carlos Manuel de Céspedes y retomada por José Martí treinta años más tarde. La antigua colonia se convertía así en la semicolonia yanqui, incluso con vigencia de la Enmienda Platt que le amputaba la zona de Guantánamo sin plazo fijo. El artículo tercero rezaba: “que el Gobierno de Cuba consiente que los EE UU pueden ejercitar el derecho de intervenir para la conservación de la independencia cubana”. Y fue agregado como apéndice a la Constitución de 1901 de una “república” tutelada.
Un país que ha sufrido cuatro siglos una condición colonial a manos de España y que entre 1901 y 1959 otras casi seis décadas de dependencia respecto al mal vecino devenido en imperio, es una caldera que en algún momento estallaría. Y lo hizo en 1953 con el asalto al cuartel Guillemón Moncada, en 1956 con el inicio de la guerrilla en Sierra Maestra y finalmente en 1959 con la entrada triunfal a La Habana. Alguien de ojos rasgados, que sabía mucho de revoluciones y lideró una triunfante en Asia, escribió que “allí donde hay opresión hay resistencia”. Eso fue válido en Beijing, en el Caribe y podría serlo para el Cuerno de Africa o el Polo Norte.

Las conquistas.
Se encomia a la revolución señalando que queda a sólo 90 millas de La Florida, donde se cocinan casi todas las campañas anticastristas. Pero la razón de perdurabilidad del proceso socialista puede tener que ver justamente con eso, con que está a sólo 90 millas de quien quiere enterrarlo vivo. La imagen brutal del enemigo, personificado en estos ocho años por Bush, ha sido suficiente fuerte como para despertar los sentimientos patrióticos del 99 por ciento de los cubanos. Siempre habrá un 1 por ciento o más de mercenarios que operan como quintacolumnistas -como el noruego Vidkun Quisling lo fue de los nazis-para tratar de entregar la propia ciudadela.
Sin embargo, las explicaciones dadas hasta aquí son sólo una parte de las razones por las cuales la plaza sitiada nunca cayó.
Lo otro a considerar es que la población cubana vio beneficios concretos y se fue enamorando de la revolución. Un ejemplo es la educación. Al momento de la huida del derrotado dictador Fulgencio Batista la población llegaba a 6.500.000 habitantes y de éstos había un millón de analfabetos. Uno de los compromisos de Fidel Castro, subrayado en su alegato “La historia me absolverá” durante el juicio a que fue sometido por el asalto al Moncada, era acabar con ese drama.
Y Fidel cumplió. Durante 1961 se realizó la campaña de alfabetización, con José Ramón Fernández como ministro de cultura. Los maestros llegaban hasta puntos recónditos pese a las agresiones de las bandas armadas de contrarrevolucionarios (algunos maestros fueron asesinados). Y en un solo año el analfabetismo fue derrotado. Cuba fue no sólo el primer territorio libre de América en un sentido político y económico, sino también educacional. Fernández, octogenario ya, visitó Argentina el 10 de diciembre de 2007 en su condición de vicepresidente cubano, para asistir a la toma de posesión de la presidenta Cristina Fernández.
Desde aquel piso de saber leer y escribir los cubanos han avanzado hasta convertirse en una potencia cultural, con sus 9 grados obligatorios de educación, sus numerosas escuelas y centros superiores, con 21 facultades de medicina, con universidades informáticas, con polos científicos que lograron la vacuna contra la meningitis y tantos otros avances.
La isla es pobre en petróleo y capital dinerario. Es rica en capital humano; es su mayor riqueza y eso demuele los argumentos capitalistas sobre la supuesta falta de libertad. Nadie, ni siquiera un estadista como Fidel Castro, puede tener engañados ni presos a once millones de personas cultas y libres (y que además tienen formación militar, armas y munición en sus milicias).

La vida primero.
Justamente la principal preocupación de Fidel primero y ahora su hermano Raúl Castro ha sido la vida de su gente. En 1959 la expectativa de vida de los cubanos era de 59 años y hoy subió a más de 77, con las mujeres superando los 80.
Eso en una punta, prolongando la edad, y en la otra, salvando vidas al nacer, pues la nación ostenta un récord que sólo Canadá supera en el continente en materia de baja mortalidad infantil: 5.3 por mil niños nacidos. Ese promedio supera a EE UU y a la totalidad de los pueblos del Tercer Mundo. Todos los niños tienen aplicación gratuita de 10 vacunas, que los previenen de 13 enfermedades transmisibles. Siete de esas vacunas se producen localmente.
Los elogios llegan de personas que nada tienen que ver con el socialismo. En abril de 2008 arribó a La Habana el representante de la Unicef, Juan José Ortiz Bru, y expresó: “¡me siento encantado de trabajar en Cuba!”. Dijo que la isla había asegurado los derechos de la infancia y pese a las dificultades económicas derivadas del bloqueo “jamás cerró una escuela ni un centro de salud”.
Pese al torrente de calumnias contra Cuba vomitado por la administración Bush y algunos cenáculos reaccionarios al interior de nuestros países, la isla es una de las pocas naciones que viene cumpliendo los Objetivos de Desarrollo del Milenio, acordados en setiembre de 2000 por la Cumbre de Naciones Unidas. Varias de esas metas, fijadas para 2015, ya fueron alcanzadas por Cuba. El reporte de la ONU en 2005 para el país con forma de inmenso lagarto verde registró: “Objetivos con cumplimiento total: lograr la educación primaria universal (Objetivo 2), promover la igualdad de género y el empoderamiento de la mujer (Objetivo 3) y reducir la mortalidad infantil (Objetivo 4)”. ¿Cuántos gobiernos del mundo pueden decir lo mismo?
Aún los más recalcitrantes de Latinoamérica deben admitir que la salud es un valor preciado y elevado de los cubanos. El año pasado el doctor José Ramón Balaguer, ministro de Salud, puntualizaba que su país tenía 69. 000 médicos, o sea un médico cada 163 habitantes.
Esos profesionales previenen enfermedades aunque también operan y curan una vez que éstas aparecen, marcando un notable contraste con la mercantilización de esa noble profesión que se conoce en otras latitudes. Unos 30.000 médicos y enfermeros cubanos atienden a los más humildes en 60 países del mundo. Y para horror de los colegios médicos capitalistas, están determinados a operar de cataratas y enfermedades de la vista a 6 millones de latinoamericanos pobres, entre 2004-2014, gratuitamente. La epopeya se llama “Operación Milagro” aunque el mejor nombre habría sido “Medicina para todos”.
Hay un tercer factor que explica la continuidad de la revolución, cuando en otras latitudes europeas ésta fue derrotada e implosionada: la calidad de sus dirigentes. Ya se ha escrito demasiado sobre Fidel Castro. Baste ahora consignar que la teoría yanqui sobre que muerto él se desplomaría Cuba se ha demostrado como una patraña. El comandante debió alejarse por enfermedad de la presidencia en julio de 2006 y ha sido bien reemplazado por Raúl Castro y un colectivo de dirigentes. Esa es quizás la gran noticia de la revolución cuando va a soplar 50 velitas: Fidel es único pero sus compañeros de gobierno se las han podido arreglar sin él en el timón de los asuntos cotidianos. Cuentan eso sí con su consejo y sus reflexiones. El argentino-cubano Andrés Oppenheimer, gusano de Miami, que escribió “La hora final de Castro” en 1993, falló por más de 15 años.