Lauro que nadie reclama y que causa grave daño

Señor Director:
La noticia dice que científicos argentinos y de todo el mundo entienden que nuestro país sobresale en la tala del bosque nativo.
Ignoro si hay medidas precisas para atribuirnos tal lauro. Los científicos pueden haber usado tal expresión para que tomemos conciencia de que las actuales inundaciones, que desde hace poco también crecen y se hacen más dañinas en la pampa húmeda (nuestros suelos más productivos), no se producen por un designio de dioses o demonios, sino porque no hemos sabido o querido entender que el balance hídrico de cualquier lugar o región se ha alterado por la acción humana y no por factores naturales. También para el caso del problema del suelo de Santa Rosa ha usado la expresión balance hídrico el profesional local Ernesto Viglizzo, cuyos estudios y meditaciones lo han llevado a la conclusión de que la ruptura del suelo sobre el cual crece la ciudad está causado por lo que hicimos o dejamos de hacer sus habitantes.
Lo que dicen los científicos argentinos y los de la FAO viene a significar lo mismo. Una hectárea de bosque absorbe diez veces más precipitaciones que una hectárea de soja. Que en este momento, en el país, hay 400 millones de hectáreas anegadas y que aún seguirán las lluvias en la mayor parte de la pampa húmeda. También tenemos ya 32 ciudades y pueblos, con un millón de residentes en total, que tienen el agua en sus calles y hasta en sus casas. Hemos sabido, por otra parte, que La Pampa lidera en el país la destrucción del bosque nativo. Cuando las grandes guerras europeas los trenes se alimentaron con caldén y piquillín a falta del carbón de Gales y de otros lugares del viejo mundo. Tuvimos un tiempo de auge de la preferencia por los pisos de madera de caldén y durante mucho tiempo la leña fue el combustible para cocinar y para enfrentar los embates del invierno. El apego a los asados apura la desaparición del piquillín. Nuestros incendios anuales de lo que queda del bosque nativo no son causados solamente por el rayo (o por el sol en combinación con un vidrio que concentra el calor). También se lo destruye por acción humana para ganar tierras para agricultura o para el ganado. La actual inundación, que afecta a gran parte de los mejores suelos de nuestra provincia, se debe a la acción humana, pues se han hallado obstrucciones en las alcantarillas que deben permitir el paso de esas aguas hacia la canalización bonaerense que las lleva rumbo al Salado. Y algo hemos hecho con humedales, pasturas y arboledas que ayudaban a mantener el equilibrio hídrico.
Hay una cantidad de dichos que previenen sobre el efecto de conductas inadecuadas en nuestra relación con el suelo. “Aquellos polvos trajeron estos lodos” es una expresión que nos llegó desde Europa. Lo que hacemos y lo que dejamos de hacer (en tiempo y forma) altera los ritmos y los equilibrios penosamente establecidos por la naturaleza.
Según apreciaciones técnicas a las que alude Viglizzo, nosotros, la población de esta ciudad (pueblo llano y hombres públicos), somos responsables, por acción u omisión, de la ruptura del balance hídrico del espacio sobre el cual se asientan nuestras construcciones. Este estudioso, que advierte que no es estrictamente un especialista en el tema, estima en la nota que publicó en nuestro diario el pasado lunes que cada año ingresan unos 1.400 milímetros por lluvias y por los dos acueductos, pero se evaporan unos mil milímetros por año, de modo que cada año el sistema urbano gana unos 400 milímetros. Año tras año crece la trampa líquida, ahora visible en las calles y en el deterioro de las viviendas. Hay solución y se trabaja en un nuevo plan director para afrontar el problema. Mantener el equilibrio entre lo que entra y lo que sale es responsabilidad nuestra.
Lo mismo se le puede decir a toda población argentina que sufre inundaciones mayores año tras año. Ya no se trata de “llorar sobre la leche derramada”.
Atentamente:
Jotavé