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Lenguaje colonizado

I. Los argentinos siempre nos hemos destacado por la búsqueda de una identidad nacional, es decir, por el deseo de reconocernos en uno o varios rasgos propios que nos caractericen entre el resto de los pueblos. Aunque esa particularidad nos generó cierta antipatía entre los pueblos americanos (especialmente con relación a los porteños) es innegable que facetas para destacar esa identidad nacional no nos faltan, desde nuestra literatura a la música, el deporte, las artes en general y también la ciencia. Parecería que aquella Argentina de la primera generación de hijos de inmigrantes que revalidaron nuestra condición, híbrida por excelencia, floreció en quienes ya se sentían ubicados en una patria nueva y querían interpretarla.
Esa intención más o menos definida también se expresó a partir de ciertos cambios idiomáticos con el surgimiento de una jerga en parte vinculada al submundo delincuencial y enriquecida por la multiplicidad de los idiomas de los inmigrantes: el lunfardo. De hecho son muchas las palabras de esta habla incorporadas al idioma diario cambiando su identidad original por otra más firme y asimilada al castellano habitual.

II. Es, precisamente, en la lengua popular donde nuestra cultura soporta un ataque singular, de características avasallantes y que pareciera responder a un proceso deliberado de colonización cultural. A esta altura resulta evidente que en nuestro castellano diario, aparentemente sin razón ni motivo, infinidad de palabras han cedido su lugar a otras provenientes del inglés, en particular el que se habla en Estados Unidos.
En ocasiones ese proceso tiene justificación, en especial cuando se trata de la ciencia y la tecnología, pues los países más avanzados en esos campos hablan en ese idioma y, de hecho, lo han transformado en una lengua universal. Pero resulta incomprensible el reemplazo de términos en castellano que tienen una perfecta equivalencia, a menudo con raíces propias. Esa suerte de colonización cultural tiene muchos ejemplos que van desde los simples anuncios visuales a las expresiones habituales en no pocos medios de comunicación.
Algunos pocos ejemplos bastan para ilustrar: staff por elenco; sale off por liquidación; hot por caliente; big por grande; off por apagado; winery por vinería; stand by por intervalo; full por a pleno; coachear por entrenar… Y así muchos casos más. Si hasta nuestra americana yapa es reemplazada por bonus track. En los últimos tiempos (y en relación con la pandemia de coronavirus que nos afecta) muchos periodistas prefieren decir runners en lugar de corredores.

III. «Se dirá que no tiene nada de malo -dice un ensayo publicado recientemente en un diario porteño-, pero la imbecilidad colonizadora llega a puntos que bordean el ridículo. Hoy en casi todas las obras públicas se contratan servicios para los trabajadores, que ya no se llaman baños sino bath. Y en casi todas las vidrieras citadinas hoy hay carteles de sale en lugar de las viejas y entrañables liquidaciones, que cuando rezaban: ‘liquidamos todas nuestras existencias’, planteaban incluso un dilema filosófico delicioso».
Esas «tropelías lingüísticas» delatan la colonización masiva a la que estamos siendo sometidos. Un renovado avance imperial sobre los pueblos latinoamericanos. Quien habla mal, piensa mal. Un ejemplo lastimoso es el del ex presidente Macri cuando, para agradar a visitantes distinguidos, se expresaba en un inglés macarrónico.
Un conocido periodista norteamericano ha sido preciso al respecto al advertir que «uno de los grandes males con que nos enfrentamos actualmente es el creciente deterioro del lenguaje, por una parte vulgarizado y por la otra corrompido con un especial odio hacia los preceptos académicos. Esto es peligroso. Una civilización que pierde el control de su propio lenguaje lo ha perdido sobre el instrumento que le sirve para pensar. Sin ese control no hay pensamiento grande ni seguro».