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Lista ominosa que no para de crecer

En lo que va del año 2021 ya se cuentan en el país más femicidios que días. Y la escalofriante estadística puede variar -y seguramente lo hará- entre la escritura y la lectura de esta columna en virtud de un estado de cosas que espanta.
Mientras en La Pampa se recordaban los 17 años del femicidio y desaparición de Andrea López, irrumpe otro crimen horrendo, el de Ursula Bahillo, perpetrado por el policía Matías Martínez en la ciudad bonaerense de Rojas.
El listado íntegro de acciones que deben realizarse para evitar un femicidio fue violado de la primera a la última letra. Denuncias desestimadas, antecedentes violentos ignorados, restricciones de acercamiento vulnerados, demoras institucionales inaceptables… Hasta un pedido de detención contra el atacante formulado por un fiscal fue desechado por el juzgado con la siguiente excusa: «hay que esperar».
Esa frase resume en su brevedad toda la estructura patriarcal del sistema jurídico y policial que, en la teoría, está para proteger a las mujeres y a los más débiles de los violentos. La indolencia, el prejuicio de género, la apatía, la falta de compromiso con una función que es un trabajo rentado y no un voluntariado suman sus efectos tóxicos para que hoy tengamos una sucesión de femicidios que debería golpear las conciencias.
La indignación popular dirigida contra las dos comisarías de Rojas es un indicador preciso de cómo los vecinos de la joven asesinada identificaron rápidamente a quienes la desampararon. Peor todavía, a quienes habrían encubierto al policía que la mató de quince puñaladas, la arrojó a un descampado y luego se autoflageló para simular un agresión.
Los mensajes desesperados de Ursula Bahillo hablan del horror de su padecimiento y de la naturaleza extremadamente violenta de su atacante. Como también las denuncias de otras víctimas que se cruzaron por su camino, todas mujeres que conocieron de cerca la sistemática conducta agresiva del policía. Una de ellas relata la violación de una menor, hecho sobre el cual la propia Ursula había ofrecido su testimonio incriminador contra quien luego la mataría. ¿Fue ese el móvil del crimen ejecutado con un nivel de alevosía feroz? La investigación deberá esclarecer este interrogante clave.
Al tiempo de escribir estas líneas organizaciones feministas hablan de 44 femicidios durante el presente año. El dato es tan abrumador que debería instar a declarar en estado de emergencia a todo el sistema creado para que -por ahora mucho más en la teoría que en la práctica-, dejen de morir mujeres en manos de varones violentos.
En La Pampa hay casos emblemáticos, pero también en cada una de las provincias argentinas. No hay un centímetro cuadrado del país libre de esta calamidad. Y el tiempo transcurre sin que se noten progresos significativos. Los 17 años que pasaron desde el asesinato de Andrea López -como se dijo al inicio de esta nota- son una marca indeleble en la memoria social y, a la vez, una ausencia ominosa que convoca a la acción. El «Ni una menos» hoy tiene más vigencia que nunca y el Estado no puede seguir refugiándose en la condena a los femicidas como única respuesta -tardía- a la violencia machista.