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Lo esencial es invisible a los ojos

DOMINICALES

Por estos días, la palabra «esencial» no se le cae de la boca a nadie. Ha de ser la gravedad del momento que nos pone filosóficos. Yendo de la cama al living, con la heladera vacía y el televisor escupiendo noticias deprimentes, se imponen la reflexión y la profundidad. Después de todo, parece que nuestra vida se va a dividir entre el antes y el después de la pandemia. ¿Cómo estuvo la mitad que acaba de concluir? ¿Y la que viene -si es que viene- cómo la encararemos?

Al frente.
Están, por supuesto, los trabajadores esenciales. Esas personas que mandamos -literalmente- al frente de batalla contra el enemigo invisible. Los que nos cuidan, nos alimentan, nos curan. El equivalente social a lo que eran nuestras madres en la infancia (y en algunos casos, hasta bien entrada la adultez).
Al igual que con la sufrida madre, parece que también con estos casos la ingratitud es la regla. ¿Cómo es que a las enfermeras se les paga tan poco, y para colmo, con motivo de la pandemia algunas clínicas encuentran el pretexto para pagarles en cuotas? ¿Y el personal de los geriátricos, al que confiamos hasta la propia madre, cómo es que además de mantenerlos en la pobreza, ni siquiera les garantizamos el mínimo equipamiento para no contagiarse?
Por lo visto, ser «esencial» no está tan bueno. Les pagamos muchísimo más a los futbolistas, los payasos y las estrellas de TV, acaso porque, precisamente, nos distraen y nos liberan de preguntarnos por las cosas esenciales.
Cómo será la cosa, que hasta algún gremio estatal, no precisamente de los peor pagos, levantó en su momento la bandera: «No somos esenciales» para quedarse en casa. Cuánta sinceridad, cuánta humildad para con la contribución social que realizan. ¿Tendrán la misma actitud en la próxima paritaria?

Al filo.
Se dirá, y con mucha razón, que el concepto de lo «esencial» es cultural, además de biológico. La comida, el abrigo, las curaciones, hasta entre nuestros antepasados de Cromañón eran bien valorados. Pero nosotros, en pleno siglo veintiuno, tenemos otras aspiraciones, no tan «cavernícolas», para citar a un econo-gurú televisivo. Recorra usted las redes sociales, y verá que prácticamente no hay celebridad que no asegure en cámara que su bitácora de navegación en la balsa de la pandemia es un libro de García Márquez.
Jacinda Ardern, la primera ministra de Nueva Zelanda -país que, como todos los gobernados por mujeres, a excepción de Bolivia, soportó bien la pandemia- mandó un mensaje a los niños de su país asegurándoles que el gobierno había declarado que el Conejo de Pascua era un trabajador esencial, y que por ende, todos tendrían sus huevos de chocolate.
En Turquía, mientras tanto, declararon como «esenciales» a todos los trabajadores involucrados en la elaboración de la baklava. Es difícil explicar este concepto: la baklava es un postre, elaborado en base a masa filo. Sólo hablar de esa sutileza culinaria que es la masa filo, casi un papel a medio camino entre la gastronomía y la literatura, nos llevaría no una columna, sino un diario entero. Si además tenemos en cuenta la miel, los pistachos y nueces trituradas, y el peso cultural de ese sabor y textura únicos, no faltará el poeta que diga que sin baklava no hay Turquía. Y acaso tendrá razón.

A los ojos.
Y está, por supuesto, la frase de «El Principito» de Antoine de Saint Exupery, reproducida hasta el hartazgo, según la cual «lo esencial es invisible a los ojos».
Todo el truco de ese libro supuestamente infantil, y creado en la distancia social de un escritor-aviador, está en observar el mundo desde los ojos de un niño. Para estos, la obsesión de los adultos con las cifras es una pérdida de tiempo. «Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: ‘¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?’ En cambio preguntan: ‘¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?’… Solamente con estos detalles creen conocerle».
La frase del póster aparece cuando, a instancias de su nuevo amigo el Zorro, el protagonista descubre que existe en el mundo una infinidad de rosas, además de aquella que fue su amiga, y a la que él creía única. A la desilusión inicial, sigue luego la revelación: lo que hace únicas («esenciales») a las cosas, y a las personas, es el tiempo que les dedicamos, el amor y el trabajo que ponemos en relacionarnos con ellas. Y esto se puede ver con el corazón, no con los ojos.
Asi que, ¿cómo encarar la pospandemia? Quizá sea buena idea reencontrarnos con aquella rosa que supimos cuidar, por creerla única. Porque en verdad lo es.

PETRONIO