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Lo que desnuda la pandemia

Los pampeanos nos habíamos acostumbrado a ver la pandemia por los diarios o la televisión. El sufrimiento provocado por este nuevo «azote de Dios» no era cosa nuestra. Nos hicimos la idea de que esta vez era cierto eso de que nuestra provincia es una «isla» y que estábamos inmunizados por obra de la providencia. Las escasas incursiones del virus en nuestro territorio habían sido rápidamente controladas; en el ranking de las provincias afectadas estábamos allá abajo y cómodos, muy lejos de los números de otras jurisdicciones que gimen ante el avance de una enfermedad tan contagiosa. Muchos se relajaron y empezaron a jugar con fuego; y terminamos quemados. El ministro de Salud apeló a una metáfora: «se incendió la casa del al lado y la mía tiene humo», dijo. Pero con el transcurrir de las horas también llegaron las llamas.
Es cierto que las voces más autorizadas para hablar de la epidemia habían advertido que tarde o temprano el Covid-19 iba a llegar con mayor fuerza. Lo que decepciona es cómo sucedió. La raya que en los mapas separa la provincia de Buenos Aires de la nuestra está cortada por rutas y caminos vecinales. Si bien el tránsito entre Catriló y Pellegrini no se interrumpió para actividades esenciales, la presencia del brote que se había desatado en la localidad bonaerense debería haber aumentado las precauciones entre los viajeros. No fue así. Se sabe que hubo contactos laborales pero también, increíblemente, familiares y sociales.
La investigación judicial no debería demorarse para establecer responsabilidades pues lo que está en juego es el bien social más preciado: la salud de la población. Pero también las cuantiosas inversiones que ha realizado el Estado; las actividades económicas que hoy vuelven a interrumpirse; los pequeños empresarios y trabajadores que regresan a un estado de incertidumbre.
Una cosa es que se contagie un profesional de la salud o una enfermera porque están en el frente poniendo el cuerpo ante el virus, un transportista porque debe cumplir con su trabajo irremplazable; pero otra muy distinta es que la propagación de la enfermedad tenga lugar por conductas negligentes o irresponsables. De no tener ni un caso se pasó a decenas de contagios en muy pocas horas. El brote no está limitado a Catriló pues se confirmaron casos en otros puntos y, además, dos centenares de contactos estrechos están bajo vigilancia epidemiológica en una decena de localidades.
Lo más grave es que, ya conocido este nuevo y masivo ingreso del coronavirus siguieron produciéndose reuniones sociales y familiares en esta capital y en muchas poblaciones del interior. Cuesta entender esta persistencia en el error, esta actitud indolente cuando se sabe muy bien -todos los medios de comunicación pampeanos le dieron un enorme despliegue a este nuevo brote con profusión de detalles- que está circulando el virus entre nosotros.
Otra vez es un período de excepción el que desnuda, con toda crudeza, lo mejor y lo peor de las conductas sociales. Y otra vez se confirma que es el Estado la construcción colectiva más eficaz para sacar las castañas del fuego.