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Lo que la derecha criolla se niega a ver

EL GOBIERNO DE EEUU ARCHIVA LA RECETA DEL AJUSTE

Ni la prensa porteña ni el club de la ortodoxia económica dicen una palabra sobre las medidas «populistas» que está adoptando Joe Biden ante la crisis. Ojos que no ven…
JOSE ALBARRACIN
Para la llamada «ortodoxia» económica argentina, existe una única receta a aplicar en el país, consistente en una mezcla de gigantismo financiero, industricidio, apertura indiscriminada de exportaciones, achicamiento del Estado y bajos impuestos para los ricos. Pese a los resonantes fracasos que estas políticas han producido invariablemente, con la campaña electoral han vuelto a surgir, como hongos, sus viejos y nuevos propulsores, tratando de convencer a todos de que no existe otra forma de capitalismo. Lástima que los primeros seis meses de Joe Biden en la presidencia de los Estados Unidos hayan venido a desmentirlos por completo.

Deshonestos.
Es muy difícil este debate entre nosotros, porque no existe honestidad intelectual en estos personajes. Lo que proponen no es una forma de capitalismo -entre otras cosas, porque no favorece la acumulación de capital nacional, y de ahí la fuga de dólares- sino directamente una suerte de neocolonialismo financiero, en el cual la deuda externa que contrajeron cumple un rol instrumental.
Parte de esa deshonestidad incluye el hecho de que la «gran prensa» nacional, aliada estratégica de estos sectores, se dedica a censurar sistemáticamente cualquier información que contradiga estas recetas económicas. De ahí que las medidas económicas de la administración Biden hayan sido casi ignoradas como noticia, y suprimidas por completo del debate público.
Estos medios no tienen ningún interés en informar sobre lo que el diario inglés The Guardian calificó como «el mayor esfuerzo por combatir la pobreza en toda una generación», ni mucho menos, en que se sepa que todo gobierno puede y debe gastar en la promoción económica.

Rescate.
Acaso la medida más impactante de Biden -que milagrosamente pasó el filtro del Congreso- fue el Plan de Rescate, un paquete de medidas destinado a reactivar la economía tras la pandemia, con fuerte énfasis en la preservación del tejido social, y en la protección del medio ambiente. El costo total aprobado bordea los dos trillones de dólares (para nosotros, billones) e incluye entre sus medidas, una suerte de asignación universal por hijo.
No es un tema menor que todo este proyecto esté atravesado por la cuestión de la infraestructura, de la ecología y, en particular, el control de las emisiones de carbono. Resulta pasmoso comprobar el poco espacio que estos temas globales tienen en el debate argentino, donde ni siquiera se discute la necesidad de promover el uso de automotores eléctricos.
Lejos del sesgo corporativo de su antecesor, Biden ha puesto en jaque a los sectores concentrados de la economía. Además de impulsar una suba de impuestos a los ricos, ha dictado una «executive order» (análoga a nuestros decretos de necesidad y urgencia) destinada a promover la innovación y la competencia. Paralelamente está impulsando la imposición a nivel nacional de un salario mínimo de quince dólares por hora, y promoviendo la sindicalización de los trabajadores, aún cuando ello lo enfrente a gigantes económicos como Amazon.

New deal.
Como con el «new deal» de Franklyn Roosevelt -con el que se las compara frecuentemente- las políticas de Biden han representado una generosa reguera de subsidios entre las clases populares. Esto ha provocado la proliferación de lo que aquí se llama despectivamente «planeros», y la queja de las empresas porque no consiguen contratar empleados con los habituales salarios de hambre. La respuesta de Biden para ellos fue una vieja receta capitalista: cuando un bien (en este caso, el trabajo humano) es escaso, es hora de subirle el precio.
La performance del presidente demócrata ha sorprendido a propios y extraños, tanto por sus antecedentes moderados, como por la energía desplegada, que no delata su avanzada edad. No por nada su porcentaje de popularidad roza el 60 por ciento, lo cual se explica también por la actitud compasiva demostrada ante el sufrimiento de sus conciudadanos, un cambio bienvenido respecto de la brutalidad que caracterizaba al anterior presidente.
No es menor, tampoco, el esfuerzo puesto en la diversidad y en la pluralidad racial y de género, tanto en la constitución de su gabinete, como en sus nominaciones judiciales. Un gesto como el de esta semana, de pedirle la renuncia al poderoso gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, por haber sido formalmente acusado de múltiples cargos de acoso sexual, hubiera sido inimaginable en la gestión anterior.
Desde luego, el «progresismo» del Partido Demócrata norteamericano es harto discutible (aún pese a referentes como Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez), y no es esperable que estas medidas tengan ningún efecto de «derrame» sobre nuestros países del sur. Pero sí sirven como ejemplo de que, aún dentro del centro capitalista mundial, es posible una política basada en el humanismo, que cuide a las personas (o al recurso humano, como dicen los economistas), y sobre todas las cosas, que no caiga en la trampa suicida de la llamada austeridad fiscal. ¿Cuántas empresas, cuántos puestos de trabajo, cuántas personas hubieran perecido en esta pandemia si se hubiera aplicado esa supuesta austeridad?