Lo que se temía

En los últimos días se supo que tres familiares directos de dos de los niños supuestamente abusados por cuatro docentes en el jardín de infantes de 25 de Mayo enfrentan procesos por gravísimos casos de abusos sexuales contra niños. La novedad puede sorprender a muchos desprevenidos, pero no a quienes siguieron de cerca las alternativas de la persecución judicial contra los docentes que, con fuerte presión política (tanta que el acusador estrella fue el defensor del entonces intendente y ahora premiado con un altísimo cargo judicial), terminó con la condena a prisión de los cuatro.
Desde el mismo inicio del caso había indicios más que suficientes para pensar que podía haber en los familiares que encabezaban la descabellada acusación, razones de encubrimiento de su propia familia en su insistente señalamiento a los maestros. Que las lesiones del niño que inició toda la investigación fueran de “vieja data” en el segundo mes de clase debió encender las luces de alerta en los investigadores judiciales de que dudosamente podrían haber sido realizado el abuso en el corto tiempo de clases, en una pileta a alejada del lugar y en jornadas de temperaturas bajas.
Más aún cuando luego los informes de ADN del auto que uno de los docentes supuestamente usaba para llevarlos dio negativo igual que la quinta donde decían los padres que se realizaban los abusos. Una a una, las “pruebas” fueron cayendo: los teléfonos de la “banda de pedófilos” no tenían ni llamadas ni mensajes entre ellos, las computadoras no registraban visitas a sitios de pedofilia, las cámaras de fotos no tenían ni rastros de las fotos que los padres decían que les sacaban, los perfiles sicológicos de las profesionales del Superior Tribunal no dieron ni cerca que se trataba de personas con tendencias sexuales perversas. Nada de lo que se armó previamente en la imaginación o la coartada de los padres de los niños apoyaba su teoría. Las cámaras Gesell tampoco. Pese a las inferencias tendenciosas que los abogados acusadores realizaron con ayuda de un “especialista” que trajeron de afuera (que contradecía la contundente conclusión de las profesionales pampeanas) no hubo ni una prueba que apoyara el relato que armaron para incriminar injustamente a los docentes. Llegaron al extremo de inventar una “testigo de identidad protegida” pero fue desmentida por la persona que alegó le había contado. Usaron entonces a otra “testigo”, vecina de la escuela, que dijo que había visto a uno de los docentes con niños en su camioneta el ¡año anterior!
Era evidente para quienes observaban con atención cómo se sucedía el proceso, que los cuatro docentes parecían estar condenados de antemano y que los fiscales y los abogados de los familiares solo buscaban la forma de forzar todo para que así fuera.
Los pedidos de la defensa para que se investigara el entorno de los niños cayeron en saco roto pese a que había indicios más que suficientes para sospechar más de ese entorno que de los docentes (y porque en 25 de Mayo no son pocos los que sospechas que fue allí donde se produjo el, o los, abusos).
Ahora, que un primo hermano de uno de los niños esté apuntado como abusador de una hermana menor de edad y que en esa misma familia, una niña de 11 años quedó embarazada, suma elementos para reafirmar esas sospecha. Más aún cuando otro de los niños supuestamente abusados tiene un tío que en estos días fue noticia cuando fue detenido por “grooming” contra una niña de corta edad.