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Lo único que nos faltaba

Como si no hubiera suficiente desasosiego en la sociedad por la irrupción de la epidemia de coronavirus, se conocieron por estos días expresiones de un dirigente político pampeano oriundo de Guatraché reivindicando la última dictadura cívico-militar y de la peor manera: enarbolando en las redes sociales la imagen de un Ford Falcon y la leyenda «Feliz día de la patria»; y en otro posteo una bandera argentina mancillada con la frase: «Ni fueron 30.000 ni fueron inocentes». La reiteración de mensajes obliga a pensar que no se trató de un mero acto impulsivo; lo mismo indica el hecho de editar imágenes con textos sobreimpresos, tarea que demanda una dedicación que excede la espontaneidad del exabrupto.
A las pocas horas se conoció otro mensaje del mismo tenor, esta vez subido a internet por un estudiante de la Universidad pampeana, quien cuestionó el número de desaparecidos provocados por el golpe videlista y profundizó su ofensiva al señalar que «los torturados/asesinados no son todos inocentes, varios eran terroristas». La gravedad de semejantes expresiones no pudo ser mitigada por otra frase en donde el autor sostiene que no justifica la dictadura y que la repudia. El posterior pedido de disculpas atenúa solo en parte el agravio ya que pretende alegar en su defensa la ausencia de imágenes en el mensaje divulgado.
Que estas voces ominosas se den a conocer un 24 de marzo, aniversario del golpe de Estado que inauguró la dictadura, no hace más que acrecentar la iniquidad del acto cometido. Lo mismo la calidad de dirigente político y de candidato a concejal de Juntos por el Cambio del primero de los mencionados.
El fuerte repudio que cosecharon ambos es una muestra de que la mayoría de la sociedad está inmunizada contra estas ideas retrógradas que pretenden absolver de culpa al régimen dictatorial más sanguinario que haya conocido nuestro país y que pasó a la historia como el período más oscuro en materia de violación de los derechos humanos. Esto no es opinable. Hay pruebas irrefutables que lo confirman, hay juicios a los represores con condenas ejemplares, hay testimonios estremecedores de quienes lograron sobrevivir a la tortura en los campos de concentración. A esta altura, la contundencia de las pruebas sobre lo sucedido torna ocioso cualquier debate u opinión sobre su veracidad. En todo caso, la opinión debe reservarse a la hora de decidir de qué lado de la «grieta» se coloca cada quien: del lado de las víctimas o de los victimarios.
El gobernador pampeano y la Justicia federal reaccionaron de inmediato y, cada uno en su jurisdicción, ordenaron el inicio de actuaciones a fin de determinar si ambos casos se encuadran en las figuras penales de incitación a la violencia, apología del delito o instigación contra el orden constitucional. Es que, más allá del inevitable debate que estas aciagas manifestaciones públicas provocan,
la reivindicación de los regímenes dictatoriales -con expresa mención a su secuela de muertes, torturas y desapariciones- constituyen un claro ataque a la vida democrática, a las instituciones constitucionales y a los derechos humanos.