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Los agoreros defraudados

Todo el espacio que los grandes medios porteños les dieron a los «economistas» del establishment para calumniar al ministro de Economía, se lo retacearon al resultado del canje de deuda acordado por el gobierno con los bonistas extranjeros. Los gurúes salieron a atacar al joven funcionario justo en medio de la ardua negociación con los poderosos fondos de inversión multinacionales, actuando como un verdadero frente enemigo interno. Pero todos los vaticinios catastrofistas se estrellaron contra la pared de un acuerdo por la deuda bajo legislación extranjera que permitió aliviar la carga de pagos de los próximos años, estirar los plazos y bajar los intereses. Si este resultado hubiera sido alcanzado por un economista militante de la derecha macrista, los aplausos nos hubieran aturdido durante semanas, o meses.
Ninguno de los muchos criticones ni los periodistas que juegan para el mismo bando recordó que casi toda la deuda renegociada fue generada durante los cuatro años de Macri, cuyo gobierno se endeudó con velocidad de vértigo a un promedio de 32.500 millones de dólares por año, el ritmo de endeudamiento más alto del mundo.
Otro de los puntos que tuvo una relevancia crucial en esta dura pelea con los capitalistas más poderosos del planeta fueron las cláusulas de acción colectiva (CAC), que fueron incorporadas en las negociaciones de deuda a nivel global por los organismos financieros luego de ser tratadas y aprobadas en la Asamblea General de la ONU. Eso ocurrió en 2014 a partir de que un grupo de países, entre ellos Argentina, las impulsara ante los foros internacionales. Solo seis países se opusieron: EEUU, Reino Unido, Japón, Alemania, Israel y Canadá; 41 se abstuvieron y 136 apoyaron la iniciativa. ¿Hubiera sido imaginable una acción como esta bajo el macrismo? La pregunta no es ociosa, y menos hoy, cuando el país se encuentra nuevamente embarcado en un agobiante proceso de renegociación de deuda como herencia de un típico gobierno neoliberal. Es el mismo calvario que hubo que transitar al terminar la última dictadura y, más tarde, la década de Menem y De la Rúa.
Gracias a las CAC, el porcentaje de adhesión al canje aumentó del 93 al 99 por ciento, lo cual significa cerrarle la puerta al accionar de los fondos buitre, expertos en comprar bonos en default y luego atacar a los países endeudados con demandas en tribunales norteamericanos o británicos. La frustrante experiencia argentina exime de mayores comentarios.
Ahora bien, que esta negociación encabezada por el ministro de Economía pueda considerarse positiva no implica que se terminó el vía crucis de la deuda «eterna». La cuestión de fondo sigue presente, y lo seguirá estando mientras una mayoría vote, cada tanto, gobiernos neoliberales que nos hunden en el pantano del endeudamiento. En el fondo no es un problema económico, sino político. Es un sistema perverso pergeñado para restarle autonomía soberana a los países subdesarrollados y tornarlos dependientes de los centros económico-financieros globales. Cada vez queda más claro, pero solo podrá superarse definitivamente cuando las mayorías adquieran conciencia de ello y se vuelvan inmunes a las trampas del marketing de la derecha neoliberal.