Los avatares de la globalización y el triunfo de Trump

EL EMERGENTE DE UNA EPOCA

Eduardo Lucita* – La llegada de Donald Trump a la presidencia de EE.UU. es resultado de un mundo que estaba cambiando a paso acelerado. La globalización ya no será lo que fue y tampoco es posible un regreso al pasado.
Dos semanas después del triunfo de Donald Trump en las presidenciales estadounidenses la conmoción que provocara no ha desaparecido. Analistas de todo tipo arriesgan hipótesis, hacen pronósticos, elucubran posibilidades, todo en un mar de desconcierto e incertezas. No es que el electo presidente de los Estados Unidos vaya a cambiar el mundo sino que su ascenso es resultado de un mundo que ya estaba cambiando.

Mundo equivocado.
El título de aquel formidable cuento del recordado Roberto Fontanarrosa, “El mundo ha vivido equivocado”, pareciera ser útil para comprender la situación internacional actual. Porque esta situación forjada a lo largo de más de tres décadas en que se elogiaba y estimulaba la globalización neoliberal, es exactamente inversa a esa sociedad mundial “uniforme, armónica y cooperativa” que habían prometido los gurúes de la globalización y que en no pocos sectores despertara esperanzas.
Como respuesta a la crisis mundial de inicios de los setenta el capital emprendió a escala mundial un proceso de reestructuración de sus fuerzas productivas y comerciales, que incluyó la deslocalización de empresas hacia países y regiones sin mayor tradición obrera y sindical, lo que provocó una fuerte desindustrialización en los países centrales con las consecuencias sociales previsibles. El resultado más general ha sido exactamente lo contrario a lo prometido: una sociedad fragmentada y multiforme.
Mientras la tasa de rentabilidad del capital alcanzaba niveles desconocidos el promedio mundial de los salarios reales de los trabajadores caía -en Europa y EE.UU. se mantienen estancados desde los años noventa- y la desocupación global crecía. La riqueza se concentraba y en todos los países se consolidaban niveles de pobreza elevados, a la par que la xenofobia y el racismo recuperaban protagonismo. Las migraciones por hambre y por guerra, el terror fundamentalista, completan el cuadro.

Ascenso y declive.
Los debates conceptuales que darían origen al neoliberalismo comenzaron a enunciarse en los años cincuenta del siglo pasado como respuesta al ascenso del keynesianismo pero fue con la crisis mundial de inicios de los setenta -fin a la época dorada de la posguerra (1945-1975)- que se abrió un nuevo período. Fue a la vez una crisis clásica de caída de la tasa media de ganancia y una crisis de la gobernabilidad imperial que tuvo su máxima expresión en la derrota en Vietnam. Esta doble crisis permite comprender por qué fue tan fuerte la ofensiva neoliberal a partir de los años ochenta.
En 1979 la apertura de la economía china se considera como el inicio de la fase de la mundialización capitalista que llamamos globalización. En 1989-1991 la caída del Muro de Berlín y de la URSS puso fin al enfrentamiento este-oeste y dio un nuevo impulso a la fase globalizadora que se consolidó en 2001 con el ingreso de China a la Organización Mundial de Comercio (OMC). La caída de Lehman Brothers y el desenvolvimiento de la crisis mundial iniciada en 2007-2009 -rápidamente contagiada a Europa- constituyen un momento bisagra. Desde entonces la globalización inició su declive.
En 2015 el acuerdo entre el Consejo de Seguridad de la ONU e Irán y la apertura de las relaciones entre EE.UU. y Cuba buscaron abrir nuevos espacios de acumulación y de comercio que, junto con los grandes acuerdos de libre comercio, el transpacífico y el transatlántico, intentaban dar nuevos aires a la globalización. Sin embargo todos los indicadores, como lo he señalado en un artículo anterior: debilidad del crecimiento mundial, reducción persistente de los intercambios comerciales, fuerte caída de la tasa de inversiones, pérdida de espacio de los BRICS, ya daban muestra de que los pilares de la globalización: crecimiento de las multinacionales, libertad de comercio, libre flujo de capitales -contrapartida del debilitamiento de los Estados nacionales- estaba tocando sus límites.

Los perdedores.
Es en este contexto que debe comprenderse el triunfo de Donald Trump, como emergente de una época. Son los perdedores de la globalización que se expresan por derecha (trumpismo en EE.UU.; diversas tendencias xenófobas y racistas en Europa continental; partidarios de abandonar la Unión Europea en Inglaterra), o por izquierda (Occupy Wall Street en EE.UU.; el corbynismo en Inglaterra; 15M-Podemos en España, e incluso los orígenes de Syriza en Grecia) se expresan políticamente por fuera de los marcos de la política tradicional. Todos rechazan la globalización como resultado de la ausencia de esa sociedad futurista prometida. Son los que no ven otro futuro que no sea el agravamiento de las condiciones del presente.
A Trump lo votaron los trabajadores blancos desplazados por la relocalización de empresas y la tecnología, también capas medias del campo y la ciudad atravesados por la crisis, pero también un buen porcentaje de latinos, de afroamericanos y de mujeres, a pesar de su xenofobia, su racismo y su sexismo. Tal vez no han sido solo cuestiones económicas las que decidieron el voto sino también culturales, muy arraigadas históricamente, que muestran un corte generacional entre los jóvenes y las generaciones mayores -por lo general menos cultas y educadas- que reaccionan en defensa de valores tradicionales que ven peligrar por el ascenso del multiculturalismo, la igualdad de género, la diversidad… Esto también se percibe en Europa.

Del dicho al hecho.
La principal orientación de los planteos de Donald Trump tiene como objetivo reposicionar a los EE.UU. en el centro del poder mundial. Un regreso al sueño americano de posguerra, por eso el eje de su campaña ha sido “primero América”. Renegociar el Nafta y posponer los megatratados de libre comercio, replantear la discusión con China por fuera de la OMC, relanzar las inversiones con obras públicas generadoras de empleo y rehabilitar la producción carbonífera entre otras, una reforma impositiva que rebaje impuestos a los ricos y estimule a las multinacionales a ingresar al país la enorme masa de ganancias retenidas en el exterior.
Pero por ahora son todas hipótesis, lo único seguro es el avance reaccionario cultural y facistoide, así como el ataque a las minorías y a los trabajadores, aún los que lo votaron. Para el resto deberá lidiar con el capital financiero, con las corporaciones, con su propio partido y con la oposición. Su nacionalismo imperialista y su proteccionismo pueden alterar las relaciones internacionales y alentar disputas interimperialistas e incluso debilitar las alianzas en las que se asienta su dominación global.
La globalización ya no será lo que fue, tampoco es posible un regreso al pasado. Un régimen está terminando, en su reemplazo está la disputa por el futuro.
*Integrante del colectivo EDI (Economistas de Izquierda).

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